martes, 17 de enero de 2017

Hola angustia

 A veces uno cree que ya habiendo traspasado tres décadas algunas cosas deberían ser más simples, más jodidamente sencillas. Pero resulta que no, que claramente eso es una falacia enorme. Hubo un tiempo donde dormir no era un problema, el humor negro era desconocido, las sonrisas eran naturales y frescas. Hubo un tiempo donde la pelota negra y enorme que se me atraganta al comenzar a pensar no era diaria, no era tan grande y se iba escuchando música.
 Hoy eso no pasa, hoy eso crece.
Tener 32 y estar empastillada como mamá Cora no es nada divertido, pero tampoco es gravísimo. Pero molesta, y a veces duele, a veces cansa más el cansancio crónico que el propio dolor.
Duele la propia vida que no alcanzó a ser lo que quería, duele la distancia, duelen los sueños que no salieron, las decisiones erradas, el tiempo perdido, la gente perdida. Duele ese Dios al que ya no sabemos hablarle. Duele este mundo enfermo de odio y mal, duelen esas personas cercanas que dañan. Duele la propia envidia creciendo brutalmente en uno y que a veces impide disfrutar las alegrías de los uqe amamos. Duelen esos besos que no podemos dar todos los días, duelen esos sueños que hay que aplazar por la puta economía y la madre que lo parió. Duele, jodidamente duele.  A veces no dan ganas de que todo duela tanto.
Sucede que hoy estoy angustiada, sola, menstruando, y quise probar la catarsis bloguera un rato, y me importa poco desnudarme un poco ante quién sea, pues la madre del asunto es que debería haber dejado de hacerlo hace rato. No creo que para nadie sea sorpresa que no soy fuerte como creía, pues la única que lo creía era yo.
Hablando de falacias, eso de que no llorar es de personas fuertes es la mayor estupidez que he sostenido en mi vida, al igual que cuando creía que no era una minita clásica. Soy una sensiblona atroz, no puedo parar de pensar, no puedo evitar conmoverme con todo, querer controlar todo, arreglar todo.  Soy casi el prototipo de minita que siempre defenestre.  Advertir eso en el caos del mundo, de mi vida y de este sobrevir cotidiano, no sólo angustia, también duele.
Acabo de subir una nota cursi, plagada de cariño por cuatro amigos que se casaron. Cuando uno está viendo todo negro un pequeño fosforito que se enciende es terriblemente luminoso. Esos momentos fueron mucho más que eso- A veces la felicidad también quema y duele, porque en el fondo la miseria propia y los propios demonios nos enrostran todo aquello que no pudimos, no supimos, no nos animamos a conseguir.  El juego es armarse y desarmarse, pero claro no en ese orden porque primero toca estrellarse contra el piso, ya no contra la pared, poder llorar tantos años reprimidos, tantos dolores escondidos, asumirse frágil, dejarse enseñar, combatir la propia paranoia del control obsesivo y permitirse llorar.
Cuesta mucho vivir la propia vida, asumir el propio caos de sueños y deseos, afrontar lo inconcluso y  buscar el jodido camino a seguir. Así que hoy no me toca otra que tratar de escudriñar este tiempo, dejar de sentir vergüenza por lo que uno es y siente y decirte Hola angustia, dale, hablemos que ya me estoy cansando.

Menudo tema para una obsesiva el tema de asumir que para dialogar hay que aprender a escuchar, menudo tema aprender a escucharse.

Dale, vení, hablemos un rato, que tengo ganas de mandarte un rato al carajo y pedirte que dejes que me abracen, que me dejés decir todo y aprender a vivir en este mundo que a veces es jodidamente malo pero también puede ser luminoso.

Dale, cortemos este histeriqueo, que tengo mucha mucha gente que me ha soportado y no quiero perderla.

Ah, casi me olvido, dejame decirles gracias a todos esos que estuvieron, que están y que siguen.
 Dale nena, hablemos, no nos queda otra.

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