domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Por qué te duele tanto la injusticia?


Estoy despierta desde las seis de la mañana, he dormido el tiempo justo que me permiten las pastillas para el insomnio. Me desperté con esa pregunta clavada en medio del corazón y la mente, pregunta que mi psicóloga me realizó en la última sesión de terapia. Voy a intentar darle una respuesta, a modo de catarsis personal, de reflexión, de grito y de una incesante búsqueda de descubrir que tengo escondido y atragantado.

Durante mucho tiempo he callado esto porque no soy analista política, no tengo la formación suficiente para hacer un análisis sesudo y coherente, menos que menos objetivo.

Lo primero que debo reconocer, es que no me duela una injusticia, me duelen muchas, me duele la constante y e incesante lista de injusticias que vemos a nuestro alrededor. Tal vez podría enumerarlas, no creo que sea capaz de describir todas, pero por lo menos trataré.

Me duele mi país, me duele un país sumido en el odio, en la lucha encarnizada de ideologías vetustas y mentirosas, que hacen del pueblo un leit motiv de campaña que luego olvidan a la primera de cambio en miras de la economía, a costa de lo que sea, de cómo y de quién sea.

Me duele haber creído en un “cambio”, que iba a ser para todos y no sólo para algunos, me duele la ingenuidad con la que caemos algunos en las promesas de campaña y a las que apelamos por miedo a continuar con una política populista que hacía temer por el futuro del país, y no por convicción plena en el liberalismo. Me duele ese voto que fue opositor y que no debí haber dado. Me duele que nadie sea capaz de llamar a la concordia y al diálogo, que el ajuste se dirija a trabajadores, pensadores, jubilados, docentes, y a todo aquel que piense distinto.  Eso último no solo me duele, me aterroriza, construyeron durante décadas el odio al que piensa distinto, y la imposición de un  discurso hegemónico ha sido la novedad de todos los gobiernos mesiánicos que tuvimos y tenemos.

Me duele ir a la farmacia y ver abuelos preguntando el valor de su medicación y darme cuenta luego de que en verdad no tenían dinero para comprarlos, me duele ver abuelos trabajando por la calle, a una edad en la que deberían por lo menos descansar en paz. Eso, me duele eso, la paz que le robaron a este país, no solo la esperanza sino la paz.

Me duele que el odio y la persecución nos haga descreer de todo, que nos anule la objetividad de visualizar datos certeros, que no comprendamos que tenemos presidente, ex presidente, vicepresidente y ex presidente procesados, que ninguno es un santo, pero menos que menos mártir.

En este país cambian los colores políticos, cambian las banderas y las marcas de los gobiernos, pero en el fondo todos se olvidan del pueblo al que representan. Pueblo que tiene cara, rostro, historia y vidas personales, personas que pelean por un trabajo, una vida digna, una atención sanitaria digna. Hay situaciones que solo tienen solución mediante la mediatización que implica una suerte de fervor popular y ayuda concreta que nos hace sentir solidarios y anestesia la realidad que es evidente. Estamos mal, muy mal, el estado es corrupto sí, pero lo peor de todo es que es necio y no entiende al pueblo que lo puso en la banca, no lo quiere escuchar, lo oye y trata de silenciarlo pero no lo quiere escuchar.

Me aterroriza pensar en que el tratamiento de una ley haya terminado en la militarización del congreso, en la represión a jubilados, a periodistas, a gente común que solo quería demostrar su oposición a una ley que hasta donde entiendo es injusta. Barbaridad jurídica, una ley injusta. Vivimos sumidos en una violencia institucional atroz, soy empleada pública y lo veo desde hace tiempo, no quiero imaginarme en otros sitios de poder cual será el desprecio.

Me duele que cada mes tengo que agradecer tener el dinero suficiente para comprar mi medicación y afrontar mi enfermedad sabiendo que muchas personas no tuvieron mi suerte, no tienen un trabajo estable que les permita darse el lujo de afrontar una enfermedad crónica con cierta tranquilidad. Me duele saber que otros viven con dolor y resignación enfermedades que no tienen cura pero si tratamiento para frenar su avance y otorgar calidad de vida, sólo porque no tienen la posibilidad de pagar un tratamiento y el estado es mediocre para atenderlos, y mentiroso.

Me duele el PAMI, casi no es necesario describirlo.

Me duelen las marchas, porque siempre tengo miedo a la represión, y tengo miedo de que les pase algo a mis amigas. Me duele tener miedo y callar porque tanto odio y violencia me aturde. Me siento aturdida, soy parte de una generación que vivió en crisis desde que egresó de la secundaria, con el falso mito de que la educación iba a ser motivo suficiente para conseguir un nivel de vida estándar.

Me duele mi gente cercana y no tan cercana, profesionales, con sueldos miserables, formados durante años para cobrar una mierda de sueldo, comunicadores, psicólogos, ingenieros, profesores, etc. Profesores y maestros puestos en la escena pública como los demonios que les roban al estado con su ausencia, producto del estrés, de las malas condiciones de trabajo, de la bajada de línea, de la falta de apoyo, del trabajo que es casi un voluntariado que no les permite a veces siquiera solventarse. Pero que son demonizados y enjuiciados por una sociedad que no se detiene a pensar que lee y comprende porque alguien se les puso enfrente y se tomó el trabajo de enseñarles.

Me duelen los chicos que hice pasar de año por el simple hecho de que no tenían las condiciones de vida que les permitieran superar su nivel de aprendizaje, pero sabiendo que sino los “ayudamos” están condenados a vivir trabajando en negro, con sueldos de hambre. Me duele la falta de opción que tienen los pibes hoy, la falta absoluta de esperanza que está justificada en esa maldita falta de opciones. Hay generaciones enteras a las que se les has robado la opción de trabajar, llevarse comida a la boca, sustento a sus hogares.

Me duelen los pibes que sueñan con ser Messi, Maradona, o algún personaje de la farándula para ganarle a la pobreza. Me duele que todavía creamos que todos los pobres que son pobres porque quieren, que todas las mujeres pobres son prolíficas para cobrar la AUH. Me duele que no vean que eso es una curita ante un cáncer, porque la falta de trabajo es el cáncer más atroz de este país.

Me duelen los altos índices de drogadicción y criminalización de la sociedad. Me duele que queramos ahorcar al que nos roba, porque a veces, no siempre pero a veces no han tenido opción. Me duele porque me han robado, porque unos motochorros me pusieron un arma en la cabeza y solo pude pensar que por un celular de mierda no la contaba más. Me duele porque los policías que vinieron ante mi llamado eran dos bicipolicías que estaban vigilando en cuatro barrios, porque no tenían forma de hacer su trabajo. No todos los empleados públicos somos la imagen del empleado publico de Gasalla, o del milico corrupto, pero los que tratamos de hacer la diferencia (que no somos mártires por ello porque simplemente nos pagan por hacer eso) a veces terminamos sobrecargados y explotado aguantando los cuatro desayunos de los compañeros, la llega a cualquier hora, el calentar la silla, el no responder a la gente y la falta absoluta de sanción a los eternos e ineficientes parásitos públicos que se multiplican en miles de oficinas.

Me duele la justicia lenta, me duele la justicia injusta, me duele la justicia que no es independiente de la política. No es necesario aclarar más.

Me duele la xenofobia que a veces los argentinos demostramos, me duele que nos olvidamos que la mayoría somos descendientes de pueblos que llegaron a este suelo buscando libertad y un medio de vida, como hacen muchos otros pueblos ahora.

Me duele el arte despreciado, la investigación que no tiene recursos, la cultura vilipendiada, me duelen los gastos superfluos en ciudades ricas en sus capitales y la falta de abastecimiento de las salitas, comedores, y la falta de ayuda a los sectores realmente carenciados, me duele que la caridad de muchos tenga que suplir la tarea de un Estado Ausente, que no es capaz de establecer un orden de prioridades donde sus ciudadanos estén a la cabeza. Me duele esta democracia joven y arrebatada con todos los vicios, impetuosa, rabiosa, justiciera y sanguinaria.

Me duele un mundo, pensando globalmente, asediado por el hambre, las guerras, las enfermedades, me duele la locura y el poder unidos en una persona al mando de miles de otros. Me duele el odio religioso y la carencia de diálogo. Me duele la demonización de personas por su creencia y forma de pensar, me duele mucho la falta de respeto. Me duele la riqueza acumulada en un mínimo porcentaje y la pobreza distribuida en millones de otros.

En fin, podría seguir enumerando, pero la realidad es que me duelen dolores que son iguales con todos los colores políticos, que no cambian, que están enquistados en un sistema corrupto, deficiente, poderoso y que parece un animal rabioso que se vuelve contra sus amos. Porque el pueblo, señores gobernantes, ese es su soberano, y lo olvidan.

Me duele pensar tanto, a veces querría ignorar un poco más,   pero también esa idea es jodida. Me duele la injusticia porque lucho cada día para no naturalizarla y esa lucha es angustiante, ronca y a veces muda. Porque en ocasiones ante el odio uno sólo puede callar para no entrar en el circulo vicioso de la violencia.


Me duele la injusticia porque nos roban la esperanza, porque nos violentan, porque nos llenan de odio. Me duele la injusticia porque no sé cómo luchar contra ella, porque es un gigante que no puede combatirse en soledad, porque es determinante en algunos sectores.  Necesitamos advertirla. Me duele porque es y seguirá siendo.

martes, 17 de enero de 2017

Hola angustia

 A veces uno cree que ya habiendo traspasado tres décadas algunas cosas deberían ser más simples, más jodidamente sencillas. Pero resulta que no, que claramente eso es una falacia enorme. Hubo un tiempo donde dormir no era un problema, el humor negro era desconocido, las sonrisas eran naturales y frescas. Hubo un tiempo donde la pelota negra y enorme que se me atraganta al comenzar a pensar no era diaria, no era tan grande y se iba escuchando música.
 Hoy eso no pasa, hoy eso crece.
Tener 32 y estar empastillada como mamá Cora no es nada divertido, pero tampoco es gravísimo. Pero molesta, y a veces duele, a veces cansa más el cansancio crónico que el propio dolor.
Duele la propia vida que no alcanzó a ser lo que quería, duele la distancia, duelen los sueños que no salieron, las decisiones erradas, el tiempo perdido, la gente perdida. Duele ese Dios al que ya no sabemos hablarle. Duele este mundo enfermo de odio y mal, duelen esas personas cercanas que dañan. Duele la propia envidia creciendo brutalmente en uno y que a veces impide disfrutar las alegrías de los uqe amamos. Duelen esos besos que no podemos dar todos los días, duelen esos sueños que hay que aplazar por la puta economía y la madre que lo parió. Duele, jodidamente duele.  A veces no dan ganas de que todo duela tanto.
Sucede que hoy estoy angustiada, sola, menstruando, y quise probar la catarsis bloguera un rato, y me importa poco desnudarme un poco ante quién sea, pues la madre del asunto es que debería haber dejado de hacerlo hace rato. No creo que para nadie sea sorpresa que no soy fuerte como creía, pues la única que lo creía era yo.
Hablando de falacias, eso de que no llorar es de personas fuertes es la mayor estupidez que he sostenido en mi vida, al igual que cuando creía que no era una minita clásica. Soy una sensiblona atroz, no puedo parar de pensar, no puedo evitar conmoverme con todo, querer controlar todo, arreglar todo.  Soy casi el prototipo de minita que siempre defenestré.  Advertir eso en el caos del mundo, de mi vida y de este sobrevir cotidiano, no sólo angustia, también duele.
Acabo de subir una nota cursi, plagada de cariño por cuatro amigos que se casaron. Cuando uno está viendo todo negro un pequeño fosforito que se enciende es terriblemente luminoso. Esos momentos fueron mucho más que eso. A veces la felicidad también quema y duele, porque en el fondo la miseria propia y los propios demonios nos enrostran todo aquello que no pudimos, no supimos, no nos animamos a conseguir.  El juego es armarse y desarmarse, pero claro, no en ese orden porque primero toca estrellarse contra el piso, ya no contra la pared, poder llorar tantos años reprimidos, tantos dolores escondidos, asumirse frágil, dejarse enseñar, combatir la propia paranoia del control obsesivo y permitirse llorar.
Cuesta mucho vivir la propia vida, asumir el propio caos de sueños y deseos, afrontar lo inconcluso y  buscar el jodido camino a seguir. Así que hoy no me toca otra que tratar de escudriñar este tiempo, dejar de sentir vergüenza por lo que uno es y siente y decirte Hola angustia, dale, hablemos que ya me estoy cansando.

Menudo tema para una obsesiva el tema de asumir que para dialogar hay que aprender a escuchar, menudo tema aprender a escucharse.

Dale, vení, hablemos un rato, que tengo ganas de mandarte un rato al carajo y pedirte que dejes que me abracen, que me dejés decir todo y aprender a vivir en este mundo que a veces es jodidamente malo pero también puede ser luminoso.

Dale, cortemos este histeriqueo, que tengo mucha mucha gente que me ha soportado y no quiero perderla.

Ah, casi me olvido, dejame decirles gracias a todos esos que estuvieron, que están y que siguen.
 Dale nena, hablemos, no nos queda otra.

Su amor nos salva


Amigos, queridos de mi corazón, mis bellos y adorados compañeros de risas, sueños alegrías y llantos. La cursilería propia de este tiempo no ha sido suficiente, es tanta la emoción y la alegría de verlos caminar juntos, no sólo aquel día de su casamiento, sino tantos años  es estremecedora. Su casamiento es el fruto propio del sueño que se animaron a vivir, ese sueño que a veces cuesta pero que alcanzar es una decisión diaria de amarse.
 Soy una Susanita clásica, y en sus casamientos las lágrimas ganaron terreno, en ambas no pude menos que sucumbir ante la entrada de mis amigas, bellas, radiantes, sonrientes y tan ellas, lejos de la frivolidad que a veces gana terreno, la belleza era símbolo de la unión, no un simple acto superfluo. Bellas  más que nunca, con una sonrisa y un brillo en los ojos que jamás olvidaré, simples, emocionadas, enamoradas y decididas.
Perdón chicos, no es que ustedes no estuvieran hermosos, pero Disney me cagó un poco la mente, y la novia es la novia. Ger, tu sonrisa esperando a la Pau, el brillo de tus ojos, no tengo palabras. Siempre desee que fueran felices. Leo,  verte agarrar fuerte la mano de la Romi  para  entrar juntos,  ver tu mirada, saber que siempre vas a sostener así de fuerte su mano, y verte más lindo que nunca fue belo.
 Hay algo que resuena fuerte, y que ha sido parte de mis pensamientos desde que supe que se casaban. Su amor  salva,  da esperanza, nos  regala alegría, y no podemos menos que agradecer que Dios, el destino, la casualidad o el simple capricho hiciera que sus caminos se cruzaran. Personalmente creo que el amor es el mimo de Dios, creo que ustedes se aman y se conocen , se eligen día a día por elección, si, pero se aman porque Dios quiso mimarlos.
Gracias por hacer de su amor una fiesta, por dejarnos compartir un poquito sus vidas y su amor.
Ustedes cuatro tienen un lugar muy importante en mi corazón, no ha sido un año fácil y no soy simple para estas cosas, muchas cosas resuenan en el corazón y vivir esto con ustedes fue uno de los momentos más felices.
Deseo que siempre se miren, se deseen, se amen, se rían y se abracen, que se cocinen, que siempre un abrazo selle el final del día y que su amor crezca.
Merecen su felicidad amigo, los quiero entrañablemente.
Ya pasó un tiempito... pero gracias.

#noestamossolos
#queseadivertidosiempre