martes, 17 de febrero de 2015

Un par de medallitas


                            De vez en cuando, el caos de los cajones de chucherías me obliga a hacer una selección,  a imprimir cierto orden, y a atropellarme con los recuerdos. Un cajón suele tener muchas historias que contar y sonrisas que evocar, los recuerdos se desgranan de a poquito. No suelo fijarme en ellos, asumo que  son pocas las cosas que guardo, pues me parece que el día a día debe tener un presente limpio, y como buena sentimental sino  elimino me detengo irrevocablamente en los recuerdos. Pero hoy me topé con dos medallas, dos pavadas que, pese a serlo, los dispararon. Hacía tiempo que no me detenía a mirarla, a veces evocar es una  trampa, porque nos sumerge demasiado pronto en los sueños que tuvimos, en lo que quisimos, en los que fueron nuestros, en nuestros lugares y amores. Hoy decidí que era hora de dejar de jugar a las escondidas  y me deje chocar de lleno. Me permití un rato sumergirme en esa historia que es mía, en esa niña que era feliz, extremadamente feliz.
                         Siempre vuelvo a la infancia, aunque parezca increíble una de las medallas era de un torneo de voley que ganamos con el equipo del colegio. Y yo formé parte de ese equipo, incluso tuve el honor de ganar la medallita que atesoro. Una simple chapita que es mía, que gané y  significa muchos, muchos hechos. Recuerdo los nervios del partido, los pequeños detalles, los olores, la ansiedad. Recuerdo el temblo de mis manos cuando debía sacar. Cuando el mundo se medía en el día a día, cuando la felicidad era más simple y rotunda.  Cuando la yapa sabía mejor si te la regalaba tu madrina y te elegía los confites.  Cuando las monedas de oro eran el mimo del abuelo. 
                    Mis primos eran el centro de mi admiración, bellos, jóvenes, fuertes, bebiéndose la vida de un sólo tirón.  Uno de mis primos tocaba la guitarra, el día que lo vi por primera vez interpretar un tema, creo que era de Gieco, decidí que era el hombre más lindo el mundo, y que siempre iba a ser mi favorito.Palmira, Guaymallén, Godoy Cruz, La Libertad, San Martín, la familia inmensa y variopinta, sin límites, todos ruidosos y eternos
                     Rivadavia eran mis tías,los juegos, las uñas de pétalos de  malvón, el pasar una siesta entera lavando la camioneta de mi tío, el olor a levadura de la casa de mis tías, los cantos de mi tío festejando nuestra llegada, los gatos de mi tía, las risas de mis mayores, que eran fuertes, bellas y mías. Mi madrina, con sus chistes eternos, su desbordante forma de cocinar, de siempre querer alimentarnos, sus revistas de productos, el kiosco, su risa. Mis tías, mis hermosas tías, que hicieron de mi infancia un cuento, un eterno disfrutar.
                   Mi escuela, mi amiguita Angie, las tardes en su casa jugando al tetris, sus papás, la admiración por una familia feliz y buena. En el colegio no recuerdo si nos sentabamos juntas, pero todo se hacìa a la par, separarnos en séptimo fue uno de los primeros momentos donde supe que le había dado un pedacito de mi vida a alguien. El San Pedro Nolasco, la hermanita Encarnación  y el peluche que me tejió en mi internación, el patio del colegio, el miedo a la vicedirectora y a las matemáticas, el infierno de las tablas de multiplicar. Mi universo personal y feliz. Mi papá visitando mi grado y enseñándonos a lustrar nuestros zapatitos, yo estaba en primer grado y nunca estuve más orgullosa en mi vida. Mi vieja, siempre presente, en cada detalle, en cada momento, en todos los útiles, en cada acto donde hacía todo lo imposible porque fuéramos las más lindas. MI hermana, más grande y bonita, la mejor de todas.
                       Recordar mi infancia me lleva al este, no puedo evitar evocarlo. Una relación difícil que al día de hoy perdura, y que, pese a que intente eliminar, me llena la memoria de imágenes y momentos. El este tiene varios nombres, varios rostros, muchos olores, y sobre todo tiene a mis abuelos. El olor a colonia de mi abuelo que inundaba su negocio, que era  inmenso y  fascinante, donde él era el rey y yo lo admiraba. El pichón, que estaba justo frente a la heladería, el sueño cumplido. Mi abuelo riendo, jugando en la pileta, paseándome por su viñedo y explicándome dónde podía jugar en su bodega y dónde no, el olor dulzón del mosto.  El día que casí me caí al lagar, el estar con mis primos comiendo mosto de dónde fuera. El nombre de mi abuela pintado, reluciente, en el frente de la bodega. Mi abuelo, un petiso regordete y bonachón, me parecía el hombre más inmenso del mundo. Mi abuela tejiendo, sin descanso, con sus manos de pianista jugaba con las lanas, una muñeca de piel blanca y pelo negro, de rostro cansado, pero que cuando sonreía era la más linda del mundo. 
                     Todavía tengo el recuerdo del primer día que observé el camino a la bodega,  los árboles inmensos, frondosos dibujaban una imagen que yo desconocía, era el  otoño, y las calles de la finca eran un sueño. Ese día supe que nunca iba  a ver un paisaje que me conmoviera de ese modo. Acerté.
                     Dulce infancia, dichosa y afortunada infancia. 
                     La medalla que gane en mi adolescencia, creo que fue en 8º, en un concurso del colegio, del cual ni recuerdo como participe y menos como gane. Recuerdo que cuando me llamaron para entregarla, yo estaba despeinada, arrebatada de calor, porque habíamos estado jugando con mis compañeros al fútbol. Eramos niños tratando de entrar en la sintonía de una escuela secundaria. Mis amigos, la música, yo escuchaba cumbia y me creía rebelde, hasta que entendí que había algo que se llamaba rock y  que la rebeldía era un grito que todavía no entendía. Las salidas, los boliches, el primer beso, el primer amor, que uno creía eterno y absoluto. Los primeros llantos, los primeros sueños, el miedo a estudiar, el soñar la vida. Los amigos, los primeros hermanos, el desafío de saber que había que vivir por algo más superior a la mediocridad que habitaba mi mente. La primera discusión con un docente y yo tratando de entender qué era un comunista y porqué me llamaban tirabomba. El sentido de la justicia, mis profesores, mis clases, mis libros. 
                       Hace un par de días, a propósito de una despedida, le decía a un amigo que nosotros somos de los que nos despedimos. Siempre supe que mucho de lo que soy se lo debo a esos tiempos, a mis lugares, a mis familiares,  a la gracia que tuve de ser feliz, de tener qué y a quiénes despedir. Era muy chica cuando comencé a despedirme de la mayoría de ellos, durante mucho tiempo lo cuestioné, hoy con el peso de los años a cuestas, puedo comprender que Dios me enseñó a crecer cuando yo no tenía intenciones de hacerlo.  Que tengo mucho que agradecer. 
                        No puedo menos que dar gracias, por esa nostalgia que sacude la garganta, hace brotar lágrimas y enturbia la voz, porque esa nostalgia es la fuerza de tanta gente que amo y ame, de mi tierra,  de mi familia. Es mi base, es mi raíz. Por más que la historia y los enredos familiares han procurado ocultarla, la raíz perdura y está. 
                        La postal soñada de los caminos de San Martín en otoño, del sol inmenso y abrasador en los eneros mendocinos de Palmira, el olor a lluvia en las casas de mi gente, ese lugar feliz es mi infancia.  Fue cuando aprendí  y me animé a soñar, me soñe fuerte, buena, justa, bella, era una niña y me sabía desafiada... Y el tiempo me ha enseñado a aguzar la vista, y a entender que tal vez la vida no fue lo que esboce a los doce y soñé a los diecisiete pero si  ha sido un constante desafío a cumplir lo soñado y aún más.
                        Tener memoria nos hace resistir. Amar nuestros recuerdos, nuestras raíces, a pesar de todo, de los dolores y las traiciones es la garantía de sabernos amados. Dejarse ganar por un par de recuerdos, por dos chapitas, por varios segundos... evocar aquellos tiempos. 
                      
                       
                      

1 comentario:

  1. Hija!!! No dejo de emocionarme cada vez que te leo... Tu decir es tan directo, tan sensible... Demuestra todo eso que hay dentro tuyo y que como madre, tanto amo...

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