lunes, 17 de agosto de 2015

Gracias

             A veces uno se olvida de agradecer, damos por supuesto que el otro sabe lo que uno quiere que sepa, que sabe lo que debe saber. Pero, en ocasiones, es lícito parar el carro y volver la vista atrás.
            Estos días han sido movilizadores, muchas fechas significando amenazadoramente algunos recuerdos. Muchos momentos de nostalgia y de esa morriña dulce que envuelve los tiempos viejos, los amigos queridos, los que estuvieron, los que están, los que se perdieron, los que se olvidaron, los viejos amores, los desengaños, las caídas, las tristezas, los errores... Cuántos errores que implicaron un quiebre en la vida.
            Hace un tiempo que tengo ganas de escribir sobre estos últimos años, para mí y para el que tenga ganas, porque cruzar la barrera de los treinta no es joda, reencontrarse con la adolescencia y sus sueños, asumir los fracasos, reconciliarse con los años y con la vida.
             Nunca fui una persona de grandes aspiraciones, pero sí de grandes sueños, es decir, no me importa mucho el esplendor, la fama  o el renombre. Sólo soñaba con ser escritora y tal vez buena,  con enamorarme y formar una familia, con ser buena y no perderme en el intento, con estar rodeada siempre de mi gente, de ese núcleo fundamental sin el que uno pierde las fuerzas. Pero uno se atolondra en el camino, y a veces elige mal, se pierde, se obsesiona y se equivoca.
              Ayer leía una carta de una piba, de 19 años, escribiéndole al padre de su hija un agradecimiento por hacerla madre y por borrarse a tiempo. Dura, emotiva, y franca. Y me puse a pensar en todas esas realidades que me dieron vuelta la vida, que me quebraron el alma pero que me hicieron ser lo que hoy soy. Hay que tener coraje, me pareció brillante y noble, hoy tengo ganas de hacer algo similar. Agradecer lo bueno y lo malo, lo triste y lo feliz. Siempre fui una mina sensible, no lo vamos a negar,  con los años fui aprendiendo a no mostar tanto la hilacha, eso si no lo voy a negar.
          Gracias a todos los que fueron parte de mi adolescencia, de tantos sueños, desvelos, amores y desamores, ilusiones, verdades, anhelos y búsquedas.  Fue un tiempo maravilloso, sin duda con errores y desaciertos, pero maravilloso e iluminador. 
          Gracias a esa gente que hace diez años atrás, sin saber quién era, ni qué sentía, ni qué buscaba, sin conocer qué dolía  me empujaron a volver la mirada hacia ese Dios que tanto me costaba encontrar. Gracias a mi querido Movimiento Peregrino, por tantos años, por tantas luchas, por tanta búsqueda de Cristo, por enseñarme a mirar más allá de mi ombligo y enseñarme que la vida del cristiano es la del que libremente elige amar. Aunque duela, aunque nos lastimen, aunque nos mientan. Gracias por enseñarme a mirar para arriba un rato.
           Hay una vieja canción de Serrat, que siempre me fascinó, recuerdo haberla utilizado en un retiro. Una estrofa sintetiza con belleza "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". Pero en ocasiones no es tan simple asumir la verdad, y uno se enrieda en las mentiras. Años atrás, me tocó asumir que había armado un sueño de vida con una persona deshonesta, oscura y profundamente mentirosa.  Luego de un caótico instante de revelación,  de desconcierto y de mentiras descubiertas, la cuestión acabo en medio de un día, planes de casamiento y vestida de novia de por medio. Sueños de niña y  de mujer profundamente heridos.   La mentira corroe, lastima, erosiona y deja un profundo silencio gris donde antes hubo risas. Despierta odio y rencor, y un profundo asco.  Fueron días de mucha oscuridad y dolor, de una ira irrefrenable corriendo por las venas, de mucho odio planeando crueldades, de una pena grande desarmando maldades, y de una profunda tristeza. Pero muchos me sostuvieron la mano, me prestaron su risa y  no me dejaron rendir.  Gracias, sería muy largo nombrarlos, cada uno sabe lo que fue en mi vida. Gracias. Tambien debo agradecerle a Dios que sacó de mi vida a una persona que estaba lastimando y corroyendome, no es este el lugar para hacerlo, pero no quiero dejar de obviarlo. Gracias porque lo hizo a tiempo. Y también, flaco, no me da ni para llamarte por el nombre, gracias por el dolor y la decepción. Por el asco y por las heridas. 
          ¿Por qué gracias?  Porque a veces algunos aprendemos a las trompadas,  y porque gracias a esa mierda pude reaprender, pude destruirme para volver a amarme. Porque gracias a eso, hoy doy gracias por el hombre bueno que tengo a mi lado, con quién el camino es maravilloso. Porque cuando me besa y me acaricia, hay verdad en su amor, porque me ama como soy, porque me ayuda a amarme, porque su risa ilumina mis días.  Porque a veces sólo en la oscuridad uno reconoce la maravilla de la luz. Eramos sólo piedras y tu luz nos convirtió en estrellas, dice una vieja canción de Pearl Jam que ahora no recuerdo, y que no googleo para no perder el hilo.  Gracias,  amor mío, porque con vos la vida es más linda, más feliz, más simple. Gracias por ayudarme a reír, estudiar, charlar, soñar, vivir y sentir. La vida a tu lado,no es un sueño, sino un camino que día a día recorró con felicidad.
          
          De pequeña fui amiguera, siempre me gustó compartir la vida y los sueños, pero al ir creciendo se van abriendo los caminos y los sueños, y las libertades y las verdades. Doy gracias a los que estuvieron, a los que se quedaron, a los que fueron leales, a los que me dejaron y fueron egoístas. Gracias a cada uno de ustedes crecí.  A mis hermanos de la vida, esos que  caminaron a mi lado en el tiempo en el que no tenía ganas de seguir, a los que me agarraron de la mano y en silencio lloraron conmigo, a los que me hiceron reír, me cocinaron, que respetaron el silencio y la apatía...A mis amigos, hombres y mujeres fuertes.  A los que rezaron conmigo y me ayudaron a levantar la mano, mostrandole a Dios que enojada y en silencio todavía estaba.  A los que a su forma me acompañaron. A los que se fueron, por hacerlo a tiempo, por no seguir mintiendo y no fingir.

          Gracias a los que me dieron ánimo y fuerzas para volver a estudiar. Gracias a los que me dan la posiblidad de aprender día a día, de ser mejor persona, de hacerme fuerte. Gracias a mis amigos por ser parte de mi vida, de mi día a día, porque sin sus luchas la vida no sería igual. Gracias a mis amigas madres, a las que parieron y las que no, porque sus pequeños fueron mi luz y mi fuerza. Gracias a los que están, pasen los años, pasen las luchas, pero siguen siendo parte de mi vida. Gracias a  todos mis compañeros de laburo,  por confiar en mí y hacerme feliz día a día, porque todos los días laburamos por otros.
         Gracias a mi amigo que me regaló su comunidad y sus catequistas para volver a las raíces. Gracias a mis amigos locos, a los soñadores, a los que abrazan y los que aman.
         Gracias a mi familia, a mis viejos, a los  amigos que son parte de mi familia. Ustedes me sostuvieron. Tengo un nudo en la garganta, sin duda querría decir algunas otras cosas, pero ya ha sido suficiente. Cada uno sabe. Es mi forma. Gracias.
        
     
        

       
      

    
        

sábado, 28 de febrero de 2015

Eternos

...mirarte a los ojos, y tal vez recordarte, 
que antes de rendirnos fuimos eternos... 
Ismael Serrano


                     Tal vez la frase sería correcta de otra forma, postular un nosotros es no sólo erróneo sino también injusto.  Porque fue hace demasiado tiempo, en aquel tiempo donde el contacto interpersonal era más puro, más errático y absolutamente limpio de esta era de comunicaciones y confusiones por las redes. 
                   Más de una década,en el tiempo en el que no había nada más que un teléfono, y esa esperanza ciega de verte y escucharte. Hubo una noche que sin embargo, pese a todo, fue eterna, una noche limpia de egoísmos, de maldades, dónde había simplemente una tierna imagen de dos personas sentadas mirando, conociéndose de a poco  con ese tierno lenguaje que poseíamos, queriendo quererse. Siendo honestos, porque todavía no conocían algunas mentiras.
                    Hay miradas, rostros, historias, fragancias, palabras, personas que salvan. Hay recuerdos que salvan. Porque hubo un tiempo donde todo fue más simple, donde querer no era una lucha sino una esperanza, donde la alegría no tenía tantos reparos, donde un instante se detenía en una sonrisa, en un beso.
                    Ese apretado y pequeño recuerdo fue la base de mi coraje, ese recuerdo, esa instancia.
                   Que difícil es, años mediante, asumir los errores y arrepentirse de algunas decisiones, que duro es soñar lo que hubiera sido, pero que gratificante es asumir la propia libertad ejercida.  Tal vez no fui lo que quise, sino lo que pude, pero una parte de mi se quedó en vos, y agradezco que ese recuerdo sea tuyo.
                   Siempre dude de las disculpas a destiempo, hasta que me tocó pedirlas, y llorarlas.  Pasaron varios años hasta que logré asumir  el coraje que había resignado y el dolor de lo que pudo haber sido. Pero aún en la distancia y en el tiempo, esa pequeña niña que fui, esa que temblaba de emoción al escucharte cantar se alegró por tu vida y tu esperanza.
                     No se si fuimos, pero yo fui eterna en ese tiempo. 

martes, 17 de febrero de 2015

Un par de medallitas


                            De vez en cuando, el caos de los cajones de chucherías me obliga a hacer una selección,  a imprimir cierto orden, y a atropellarme con los recuerdos. Un cajón suele tener muchas historias que contar y sonrisas que evocar, los recuerdos se desgranan de a poquito. No suelo fijarme en ellos, asumo que  son pocas las cosas que guardo, pues me parece que el día a día debe tener un presente limpio, y como buena sentimental sino  elimino me detengo irrevocablamente en los recuerdos. Pero hoy me topé con dos medallas, dos pavadas que, pese a serlo, los dispararon. Hacía tiempo que no me detenía a mirarla, a veces evocar es una  trampa, porque nos sumerge demasiado pronto en los sueños que tuvimos, en lo que quisimos, en los que fueron nuestros, en nuestros lugares y amores. Hoy decidí que era hora de dejar de jugar a las escondidas  y me deje chocar de lleno. Me permití un rato sumergirme en esa historia que es mía, en esa niña que era feliz, extremadamente feliz.
                         Siempre vuelvo a la infancia, aunque parezca increíble una de las medallas era de un torneo de voley que ganamos con el equipo del colegio. Y yo formé parte de ese equipo, incluso tuve el honor de ganar la medallita que atesoro. Una simple chapita que es mía, que gané y  significa muchos, muchos hechos. Recuerdo los nervios del partido, los pequeños detalles, los olores, la ansiedad. Recuerdo el temblo de mis manos cuando debía sacar. Cuando el mundo se medía en el día a día, cuando la felicidad era más simple y rotunda.  Cuando la yapa sabía mejor si te la regalaba tu madrina y te elegía los confites.  Cuando las monedas de oro eran el mimo del abuelo. 
                    Mis primos eran el centro de mi admiración, bellos, jóvenes, fuertes, bebiéndose la vida de un sólo tirón.  Uno de mis primos tocaba la guitarra, el día que lo vi por primera vez interpretar un tema, creo que era de Gieco, decidí que era el hombre más lindo el mundo, y que siempre iba a ser mi favorito.Palmira, Guaymallén, Godoy Cruz, La Libertad, San Martín, la familia inmensa y variopinta, sin límites, todos ruidosos y eternos
                     Rivadavia eran mis tías,los juegos, las uñas de pétalos de  malvón, el pasar una siesta entera lavando la camioneta de mi tío, el olor a levadura de la casa de mis tías, los cantos de mi tío festejando nuestra llegada, los gatos de mi tía, las risas de mis mayores, que eran fuertes, bellas y mías. Mi madrina, con sus chistes eternos, su desbordante forma de cocinar, de siempre querer alimentarnos, sus revistas de productos, el kiosco, su risa. Mis tías, mis hermosas tías, que hicieron de mi infancia un cuento, un eterno disfrutar.
                   Mi escuela, mi amiguita Angie, las tardes en su casa jugando al tetris, sus papás, la admiración por una familia feliz y buena. En el colegio no recuerdo si nos sentabamos juntas, pero todo se hacìa a la par, separarnos en séptimo fue uno de los primeros momentos donde supe que le había dado un pedacito de mi vida a alguien. El San Pedro Nolasco, la hermanita Encarnación  y el peluche que me tejió en mi internación, el patio del colegio, el miedo a la vicedirectora y a las matemáticas, el infierno de las tablas de multiplicar. Mi universo personal y feliz. Mi papá visitando mi grado y enseñándonos a lustrar nuestros zapatitos, yo estaba en primer grado y nunca estuve más orgullosa en mi vida. Mi vieja, siempre presente, en cada detalle, en cada momento, en todos los útiles, en cada acto donde hacía todo lo imposible porque fuéramos las más lindas. MI hermana, más grande y bonita, la mejor de todas.
                       Recordar mi infancia me lleva al este, no puedo evitar evocarlo. Una relación difícil que al día de hoy perdura, y que, pese a que intente eliminar, me llena la memoria de imágenes y momentos. El este tiene varios nombres, varios rostros, muchos olores, y sobre todo tiene a mis abuelos. El olor a colonia de mi abuelo que inundaba su negocio, que era  inmenso y  fascinante, donde él era el rey y yo lo admiraba. El pichón, que estaba justo frente a la heladería, el sueño cumplido. Mi abuelo riendo, jugando en la pileta, paseándome por su viñedo y explicándome dónde podía jugar en su bodega y dónde no, el olor dulzón del mosto.  El día que casí me caí al lagar, el estar con mis primos comiendo mosto de dónde fuera. El nombre de mi abuela pintado, reluciente, en el frente de la bodega. Mi abuelo, un petiso regordete y bonachón, me parecía el hombre más inmenso del mundo. Mi abuela tejiendo, sin descanso, con sus manos de pianista jugaba con las lanas, una muñeca de piel blanca y pelo negro, de rostro cansado, pero que cuando sonreía era la más linda del mundo. 
                     Todavía tengo el recuerdo del primer día que observé el camino a la bodega,  los árboles inmensos, frondosos dibujaban una imagen que yo desconocía, era el  otoño, y las calles de la finca eran un sueño. Ese día supe que nunca iba  a ver un paisaje que me conmoviera de ese modo. Acerté.
                     Dulce infancia, dichosa y afortunada infancia. 
                     La medalla que gane en mi adolescencia, creo que fue en 8º, en un concurso del colegio, del cual ni recuerdo como participe y menos como gane. Recuerdo que cuando me llamaron para entregarla, yo estaba despeinada, arrebatada de calor, porque habíamos estado jugando con mis compañeros al fútbol. Eramos niños tratando de entrar en la sintonía de una escuela secundaria. Mis amigos, la música, yo escuchaba cumbia y me creía rebelde, hasta que entendí que había algo que se llamaba rock y  que la rebeldía era un grito que todavía no entendía. Las salidas, los boliches, el primer beso, el primer amor, que uno creía eterno y absoluto. Los primeros llantos, los primeros sueños, el miedo a estudiar, el soñar la vida. Los amigos, los primeros hermanos, el desafío de saber que había que vivir por algo más superior a la mediocridad que habitaba mi mente. La primera discusión con un docente y yo tratando de entender qué era un comunista y porqué me llamaban tirabomba. El sentido de la justicia, mis profesores, mis clases, mis libros. 
                       Hace un par de días, a propósito de una despedida, le decía a un amigo que nosotros somos de los que nos despedimos. Siempre supe que mucho de lo que soy se lo debo a esos tiempos, a mis lugares, a mis familiares,  a la gracia que tuve de ser feliz, de tener qué y a quiénes despedir. Era muy chica cuando comencé a despedirme de la mayoría de ellos, durante mucho tiempo lo cuestioné, hoy con el peso de los años a cuestas, puedo comprender que Dios me enseñó a crecer cuando yo no tenía intenciones de hacerlo.  Que tengo mucho que agradecer. 
                        No puedo menos que dar gracias, por esa nostalgia que sacude la garganta, hace brotar lágrimas y enturbia la voz, porque esa nostalgia es la fuerza de tanta gente que amo y ame, de mi tierra,  de mi familia. Es mi base, es mi raíz. Por más que la historia y los enredos familiares han procurado ocultarla, la raíz perdura y está. 
                        La postal soñada de los caminos de San Martín en otoño, del sol inmenso y abrasador en los eneros mendocinos de Palmira, el olor a lluvia en las casas de mi gente, ese lugar feliz es mi infancia.  Fue cuando aprendí  y me animé a soñar, me soñe fuerte, buena, justa, bella, era una niña y me sabía desafiada... Y el tiempo me ha enseñado a aguzar la vista, y a entender que tal vez la vida no fue lo que esboce a los doce y soñé a los diecisiete pero si  ha sido un constante desafío a cumplir lo soñado y aún más.
                        Tener memoria nos hace resistir. Amar nuestros recuerdos, nuestras raíces, a pesar de todo, de los dolores y las traiciones es la garantía de sabernos amados. Dejarse ganar por un par de recuerdos, por dos chapitas, por varios segundos... evocar aquellos tiempos.