lunes, 4 de noviembre de 2013

La mirada del Padre


           A veces en la vida uno se desconoce en las propias reacciones. Creemos conocer cada atisbo de nuestro ser y de nuestra personalidad, pero no sabemos hasta donde somos capaces de ser y sentir.
           Siempre he sido una persona emocional, sensible pero fuerte. Estoy acostumbrada a seguir adelante, aunque el golpe sea fuerte, aunque no den ganas de seguir, aunque la pérdida quite el aliento y el sentido.
           Han sido meses duros, dejar partir a una persona, soltar un proyecto de vida, renunciar a un sueño, a un amor, no son cosas de todos los días. Pero Dios siempre nos pone amigos, pilares donde apoyarse para seguir, trabajo para continuar.
           No me permití dolerme mucho tiempo, porque tengo la certeza de la sinceridad de mis acciones, porque pude salir de una realidad muy triste y oscura, porque no tenía sentido. Porque yo puedo, porque no me permito flaquear. Porque soy fuerte, porque he laburado para serlo, esa es toda mi argumentación. Una falacia enorme pero que me ha permitido sostenerme mucho tiempo.
           En este tiempo, si bien tenía la certeza de que Dios estaba en mi caminar, nunca había podido detenerme a su lado, porque estaba muy dolida. Porque tengo el corazón lleno de esa tristeza muda que te impide llorar, porque si yo lloro y me detengo muchos caen a mi lado, porque aprendí a ser así, y porque es lo que me sale.
           Sin embargo, cuando el dolor se agolpa en la garganta, oprime en el pecho, no deja dormir, no deja soñar, evita el disfrute uno va perdiendo de a poco... Las sonrisas se gastan, los sueños se alejan, la ironía y el cinismo cobran mayor vigor. El dolor oprime, y los días pasan lento, las horas caminan lento y la soledad es sombría, pesada, agobiante.
           Uno camina, por rutina, por costumbre, pero las ganas ya no están. Porque cuando el lugar donde has caminado tanto tiempo desaparece es muy triste volver a emprender siquiera un paso.
            Pero mientras caminamos, aún sin ganas, nos sentimos como niños, que buscan la mano de un padre, de una madre, de alguien que nos guíe, necesitamos que nos tiendan la mano, que nos acunen, que no nos juzgue, que se calle el ruido de tantos juicios. Porque la maldad duele.
           En estos tiempos uno se aferra a lo que cree, a lo que tiene, a los que ama. 
           Ayer fui a misa por convicción, porque sabía que debía ir a dejarme abrazar, a estar. 
           Ayer, después de mucho tiempo, me desmoroné, me deja caer, no pude hacer más que estar allí frente a Él, y llorar, bajo la mirada del Padre que ve a un hijo sufrir. No podía más que llorar, las lágrimas brotaban rápidas y calmas, serenas. Por fin pude saberme débil, absolutamente lastimada, y saber que podía entregar mi dolor sin ser una carga para nadie, podía sentir mi dolor y pedir su auxilio.
          Me sentí una niña, llorando, esperando que me vinieran a levantar porque me había caído,  que podía llorar, tranquila, porque me estaban cuidando. Descubrí que podía rezar estando allí, simplemente estando y llorando, dejando ver mi dolor y no escondiéndolo.
         Luego de mucho tiempo pude descubrir el amor de una mirada, la mirada amante y silenciosa. 

lunes, 21 de octubre de 2013



PIDO SILENCIO



"Pero porque pido silencio 

no crean que voy a morirme:

me pasa todo lo contrario:

sucede que voy a vivirme.
Sucede que soy y que sigo."

Pablo Neruda

La poesía tiene esa particularidad de la palabra viva, significa y se resignifica con los años. Siempre me llamó la atención este poema de Neruda, del cual robo unos versos. Es jodido pedir silencio, más aún cuando una es de esas eternas habladoras.

Estuve inmersa durante mucho tiempo en un silencio extraño, ensordecedor, que me lastimo allí donde uno cree que ya no puede ser dañada. Estuve inmersa en un lugar que creía luminoso, entregué todo mi amor y todo mi ser, pero al salir advertí que  lo que yo creí luz era una profunda oscuridad  impregnada de odio y mentira.

¿Cómo hace uno para olvidar? ¿Cómo dejar atrás tantos años? ¿Cómo caminar luego de tantos sueños? No es cuestión de desandar caminos. Es sólo cuestión de seguir caminando, no detenerse, no importa dónde pero seguir. Es cuestión de vivirse, con el dolor a cuestas, pero firme y de pie.

Cuándo el dolor es tan inmenso que la piel se siente herida, el escarnio está presente en ella, hay momentos que son eternos, lugares que lastiman y una parte nuestra muere con el adiós. Como dice Neruda, uno es y sigue. Aunque duela, aunque no haya ganas. Aunque el dolor sea tan grande que nada se siente, aunque el dolor negro ya no merezca lágrimas.

Pido silencio, con todo mi corazón  Estoy muy cansada de palabras sin sentido, de mentiras, de exageraciones. Agradezco la honestidad de mi gente, sin ellos hubiera sido muy duro volver a estar de pie.

Pido silencio, y también me lo pido.