domingo, 4 de septiembre de 2011

Sofía

Quería compartir algo viejo y someterlo al criterio de algunos, es algo espantoso el temor al publicarlo. Es un texto torpe, crudo y con miles de carencias, fue fruto de la escritura forzada y se nota, pero acá igualmente lo dejo.

Sofía
Suena el timbre, la profesora no se inmuta y termina de explicar las fórmulas. Ella sabe que si termina en ese momento la clase, los chicos no van a alcanzar a comprender la fórmula del interés francés adecuadamente. Se apresura en la explicación y los chicos anotan apurados, no les interesa la materia, pero si les importa no tener que rendirla en diciembre. La profesora se baja de la tarima y pregunta si entendieron. Todos asienten que sí, aunque sabe que es mentira, gritan y comienzan a salir desordenadamente al recreo, menos Sofía. La profesora suspira largamente, la mira a Sofía y le pregunta con  desganada tranquilidad que está leyendo. El retrato de Dorian Gray responde Sofía con una soberbia tranquila y no dice nada más.
La profesora detiene su mirada en ella, observa esos ojitos ansiosos devorando líneas. Recuerda cuando tenía esa edad, le agradaba leer, pero también charlar con sus amigas, estar al sol, hablar sin importar con quién, tantas cosas que creía ya no podía hacer. A la edad de Sofía no había fuerza posible que la separara de sus amigos, que la obligará a estar sentada por horas para simplemente leer un libro. Adoraba charlar durante  horas  sintiendo que el mundo solo les pertenecía a ellas, ilusión efímera pero que le dio las fuerzas suficientes para comprender que la vida es la búsqueda de la concreción de un sueño, y que si nos atrevemos nuestra vida es un sueño.
 Sofía la inquieta, como le pasa a todo el mundo. Pero no puede dejar de reconocer que todo lo que explica, ella lo comprende. No sabe como lo hace, pero siempre aprueba y responde correctamente cualquier pregunta. Participa de la clase, pero siempre indiferente como si no la escuchara, con la mirada perdida o mirándola con la soberbia del que sabe y se complace en demostrarlo. Cuando tienen alguna ejercitación, Sofía la realiza rápido y luego comienza a leer alguno de sus  libros. Tiene una inteligencia muy perturbadora, y lo inquietante es que no lo demuestra, simplemente  parece uno de esos chicos raros, esos que muchos tildarían de problemáticos antes de tratar de conocerlos..
 Sofía... ¿me podés mirar?. Pasan algunos segundos y Sofi levanta su cabeza, la mira, cansada de ser interrumpida-.Escuchame Sofía, es hermoso que valores tanto la literatura pero sería importante que pudieras compartir con tus compañeros, vivir tu edad. Esto te lo deben haber dicho antes. ¿Por qué no salís al recreo?.
                Sofía la mira  y sonríe, y responde como si fuera una obviedad:
- Porque no quiero interrumpir la vida de Dorian. Usted no comprende profesora, cuando yo leo le doy vida a los personajes, si yo me detengo es como si los matara lentamente. Aparte, prefiero esta vida.
                La profesora se inquieta terriblemente ante la respuesta de Sofía..."prefiero esta vida". Pero se da por vencida, no tiene razones, ni el interés suficiente  para responder, por otro lado su marido la espera a la salida del colegio. La mira con desgano y se va con una sonrisa cínica en los labios, creyendo comprender lo que no alcanza siquiera a vislumbrar.
Sofía se cansa, y sin dejar de leer se para de su banco y sale al recreo. Pasan los minutos del recreo y está sentada en un cantero donde el sol se vuelca iluminando todo. Sus largos dedos blancos se deslizan por las páginas como acariciándolas, su rostro es inmutable. Lo único variable son sus negros ojos, con los cuales lee, con los cuales vive, según sus palabras. Sus ojos viven, ríen, se conmueven. El  flequillo cae desordenadamente sobre su frente, y Sofi lo acomoda con un gesto rápido de fastidio.
                Se acerca la preceptora. Chicos la profesora de francés no va a asistir a clases hoy, se pueden retirar. ¡Ordenadamente! ¡Martínez, si no suelta  a su compañero en este momento tiene amonestaciones, no se lo repito! ¡Martínez!
                Sofía escucha y ríe. Cuando mira a sus compañeros, en algunos momentos en que suspende su lectura, no puede dejar de verlos como animalitos, tan alejados de esas bellas historias de los libros. Tan inmaduros, le molesta que no puedan entender que hay cosas que ya no deben hacer como si fueran niños. Sofía está confundida, no recuerda al personaje leído, que cree ver personificado en el tal Martínez. Ha leído tanto que todo en su cabecita se confunde. Sus compañeros se retiran, pero no se mueve hasta que termina de leer su libro. En diez minutos termina las veinte páginas que le restaban para finalizar el libro. Cierra el libro con nostalgia, nunca logra comprender bien ese sentimiento mezcla de plenitud por conocer la totalidad de la historia, y tristeza, porque, a su vez, conocerla implica haber perdido ese estado inicial de ansiedad, de esperanza, de incertidumbre. Eterna incertidumbre, motor real de la vida, cuando nos animamos. Esa incertidumbre que Sofi no soporta, por eso lee, porque sabe que leyendo siempre tendrá respuestas, o por lo menos cree que tendrá respuestas.
                Se para, camina hacia el curso, guarda sus cosas en su morral y sale del colegio. Camina rápidamente hacia su casa, donde sabe que la espera un libro nuevo, no se detiene por más que sus compañeros la llaman, se van a tomar una coca al parquecito. Mientras camina, recuerda lo que ha pensado desde hace tiempo, y toma la decisión. Llega a su casa, su padre está terminando de pintar el cuadro que le encargaron. Triste vida la de papá, piensa Sofía, pintando por encargo de algunos que creen que debatiendo su obra, son bohemios, creen que son de clase porque creen entender, la ironía es que nunca van a entender. ¡Pobres! no comprenden que el arte no se interpreta, se vive. Sofía se interrumpe al ver el libro que le prestaron, un libro de Cela. Se lo dio su compañero Pedro, con el único que interactúa un poco, se intercambian libros. Sofi  cree que conociendo lo que los demás leen puede conocer lo que otros son, dulce y triste ironía.
                Sofía lee y se sumerge en esa realidad creada, y se aterra con eso que parece un mal sueño. La familia de Pascual Duarte, premio con el que Cela se gano el premio Nobel, lee en la contratapa del libro. No comprende como un libro tan tremendo, tan cruel haya podido ganar ese premio. Pasadas dos horas, se escucha el ruido del cerrojo de la puerta al abrirse. Sofía levanta su mirada, y su rostro se ilumina al ver a su madre. Llega siempre tan cansada, piensa Sofía, pero ya no va a seguir sucediendo, termino la secundaria y me voy a Buenos Aires,  al laburo que me consiguió Pedro. No entiendo mucho a Pedro, pero es linda su actitud de fijarse si podía ayudarme, cuando le comenté que quería vivir  y trabajar en una gran librería.
                Sofía se levanta y prende una hornalla a fin de calentar agua para cebarle unos mates a su madre tiernamente le habla. Mamita, tengo una linda noticia, apenas termine la secundaria viajo a Buenos Aires, Pedro me consiguió, no se por qué contacto, un trabajo en una librería de Buenos Aires. ¿Podés creerlo mamita? Es una de esas librerías viejas, familiares, y como el dueño está muy viejito necesitan un encargado, voy a tener un buen sueldo. Ya no vas a tener que trabajar tanto. Porque de lo que yo gane, que no se cuanto será, te voy a mandar plata para que vos hagas lo que quieras
                El padre de Sofía se ríe con tristeza. Sofía lo mira como espiando el sentido de su risa, interrogándolo con la mirada. Su padre tose y se explica. No te enojes hija mía, vos no entendés que nosotros trabajamos para que vos no lo hagas y estudies lo que desees. Sofía no contesta, sólo vuelve a sumergirse en la lectura, tiene esa actitud indiferente que lastima tanto. Su padre la mira, no recuerda cuando su hija dejó de hablar con ellos, de contarle sus sueños. Tampoco sabe en que momento el gusto por leer se convirtió en la obsesión de leer todo el día, en todos los momentos posibles, y en los imposibles también.
                Pasan los días, pasa la fiesta de egresados. Es un cinco de enero, la terminal parece un hormiguero a punto de explotar con tanta gente. Sofía está sola sentada en un banco, leyendo. Llega su ómnibus y lo toma. Fue sola a la terminal, no quiso que su madre sufriera al verla partir, por ello acordaron que Sofi partiera sola. Tampoco su padre quiso  ir, es de esas personas que nunca comprenden que decir adiós es una parte de la vida, y que viven las despedidas con la amargura de la separación definitiva.
                Son las ocho de la mañana de un martes lluvioso. Sofi abre los ojos, han pasado ya cinco meses de su llegada a Buenos Aires. Se levanta de la cama, se para y comienza lentamente su rutina, ordenando lo que hoy es  su casa. Desayuna rápidamente su café y parte, ella es la encargada de abrir la librería. Está ansiosa, hoy llegan los nuevos libros de España, una editorial independiente reedita autores poco conocidos. Tal vez encuentre  algo interesante, desde hace varios días, ninguna lectura la apasiona realmente, no comprende por qué. Sofía está sentada leyendo,  mejor dicho hojeando  un libro de algún francés. La mañana ha sido tranquila no entra nadie. La lluvia golpea fuertemente las ventanas, tan fuerte que Sofía interrumpe su lectura, y observa. Decide cerrar la librería antes que la lluvia se convierta en aguacero como suele suceder en Buenos Aires.
                Llega empapada a su casa, fue cerrar la puerta de calle de la librería y el diluvio cayó sobre ella. Está en el baño tomando una ducha bien caliente. Disfruta el agua corriendo por su cuerpo frío. Pero al mismo tiempo no puede dejar de sentirse intranquila, algo en su interior le dice que algo no anda bien. Nunca fui de sentir estas cosas, debo estar cansada, piensa. Será acaso que su mente inquieta desea ocuparse, piensa como hacer para no pensar lo que no quiere.
                Ya vestida, se acerca a la cocina y prepara un café, su eterno compañero de noches de insomnio y lectura. Suena el teléfono, al atender, la voz de su madre le advierte que viendo los avisos meteorológicos se enteró de un fuerte temporal que iba a "azotar" a Buenos Aires. Sofía escucha despreocupada, mientras lee un libro de Casona. Se enternece con la entonación preocupada de su madre cuando le explica que dijeron "azotar". No te preocupes mamita, acá llueve un poco, pero estoy bien, estoy segura, cualquier cosa te llamo ¿si?.
                Prohibido suicidarse en primavera. Me gustaría entender que entiende Casona por la primavera, o bien, mejor dicho gustaría entender cual es la idea que yo tengo, a veces creo que no se si soy lo que vivo  o lo que leo. Si mi vida es una ficción leída, o una ficción que yo escribo, o tal vez la vida sea sólo una hoja en blanco en la cual escribo. Pero no puedo dejar de preguntarme, si esa hoja está realmente en blanco o ya la estoy llenando de líneas ajenas. Sofía está bastante preocupada ante estos pensamientos que nunca había tenido tan claramente. Si bien su vida cambió al llegar a Buenos Aires, y leer no volvió a ser lo que siempre había sido para ella, un refugio; si bien se cuestionó el porque de ello, nunca había tenido tan claro lo que pensaba. Tengo miedo, admite para si Sofi.
                Un fuerte trueno resuena en la noche fría y lluviosa, se sobresalta. La lluvia se está convirtiendo en una tormenta amenazadora, y por primera vez ella añora esa vida de hija que dejo atrás para asumir una vida independiente. Cómo querría estar tomando unos mates con la vieja, piensa conmovida.
                Prende el televisor, buscando noticias. Se inquieta al escuchar en el noticiero que la ciudad está en alerta meteorológica. Le parece imposible, pero todos los noticieros hablan de lo mismo, un fuerte temporal va a azotar a Buenos Aires, se esperan alrededor de cinco días de temporal. Recomienda, un señor alto y flaquito por el noticiero, que las personas que viven en edificios tomen recaudos, porque pueden quedar incomunicadas, lo más seguro es que se corte la luz, y no es aconsejable salir. Mientras observa calladamente el noticiero vuelve a sonar el teléfono. Mamá no te preocupes, responde Sofía, te prometo no salir hasta que todo este en orden, si mamá, no te preocupes ayer fui al super y tengo de todo cómo para sobrevivir unos días. Bueno hijita, cuidate mucho, responde preocupadamente la madre.
                Sofía se ríe al cortar el teléfono, mamá siempre tan mamá. Se recuesta en el sillón, tratando de terminar de leer su libro, pero el sueño es mayor, la vence y la duerme profundamente. Sueña inquieta, pues el ruido de la tormenta es terrible, parece que el mundo estuviera llorando a los gritos, sueña pensando o piensa soñando Sofi. Se despierta con un ruido tremendo, seco, estruendoso. Sobresaltada mira por la ventana, un árbol ha caído sobre un auto en la calle. Observa el panorama y es atroz, sale al pasillo y charla con algunos vecinos, los que la tranquilizan diciéndo que más de algunas cosas rotas, unos días sin luz, y el encierro, no hay nada de que preocuparse.
                Sofía se aterra, hace menos de un mes que se mudó de departamento, donde vive ahora le queda a dos pasos de su trabajo, el tema es que dado los apuros de la mudanza todo a su alrededor tiene un lugar temporario. No ha terminado de traer todos sus libros, los cuales dejó provisoriamente en la librería, hasta que tuviese tiempo de sentarse a ordenar. Es terrible,  no tengo más de doce libros en casa ahora, y el tema es que los he leído todos, y encima que ya no estoy tan segura en ellos, no me van a tranquilizar como antes.
                Entra en pánico, hace años que no puede pasarse unos días sin leer, es una actitud que raya en el delirio pero si no lee su día no está tranquilo, si no lee... ya no sabe que puede pasar si no lee. Pero no quiere pensarlo, tal vez lo que no quiere es pensar que sería de su vida sin los libros. Sofía recoge un libro caído del suelo y lo hojea, pero no es nada nuevo para ella, ya lo ha leído muchas veces. Decide organizarse, después de todo, todavía no se corta la luz, y si alcanza puede bajarse algunos libros de internet, dado que salir de la casa es imposible, peligroso y  por otro lado se lo prometió a su mamá.
                Pensá pensá ¡¡pensá!!, musita Sofía. En sus veinte años, no ha pasado un sólo día sin leer, y la sola posibilidad de hacerlo la llena de temor, de inquietud, siente en ella despertar la amenaza de la incertidumbre. Incertidumbre que sólo sabe vivir si se trata de los libros.
                Está por encender la computadora, que compró con tanto esfuerzo, y se cortá la luz. La oscuridad invade todo, en una casa que todavía no está acostumbrada a su presencia. Sofía tiene miedo, pero no miedo a la tormenta, tiene miedo a pensar en algo que no sea ficticio, a enfrentarse con eso que la ficción trata inútilmente de perpetuar.
                Suena el teléfono, otra vez mamá, piensa Sofía esperanzada, pero la voz que responde no es de su madre, es una voz masculina que no escucha desde hace meses. Después de unos segundos, ella lo reconoce diciendo por fin simplemente su nombre: Pedro. Sofía, tal vez te sorprenda mi llamado, nunca te dije pero a los dos días que viniste a Buenos Aires, yo también vine, estoy estudiando literatura en la UBA, y vi el noticiero cuando llegué hoy al departamento que alquilo, y me sentí solo. Es muy manifiesta  soledad de la ciudad jaja estamos rodeados de soledad  mientras ella está atestada de gente. Pensé que daría lo que fuese por tener un rostro amigo al lado, y en cinco meses, no conseguí encontrar ninguno. Sofía escucha sorprendida, y en ese instante responde atenta Nosotros nunca fuimos amigos. El no se deja vencer, Tal vez nosotros no, pero nuestro libros si, y eso es algo que nos une después de todo. No seas  cerrada, se que nunca compartimos más de palabras sobre algunos libros que a vos te interesaban, pero ,Sofía, vos estás sola al igual que yo. Y no podés negarme que te sentís sola, lo único que te propongo es que nos juntemos a tomar unos mates, café lo que quieras y nos saquemos esta mufa gris que invade cada centímetro de Buenos Aires. Sofía se deja convencer, pero piensa rápido. Pedro, en parte tenés razón, pero si has visto el noticiero, has visto que estamos en alerta meteorológica aconsejan  no salir, no se en donde vivís, pero que salgas de tu casa es un riesgo.  Y te aseguro que yo no pienso salir de acá. Entonces es suficiente con lo que tengo ahora como para encima sentirme responsable de vos, responde esquiva Sofi. Pedro comienza a reír, fuerte y claro, con esa risa sana que empieza en uno y termina en el otro. Hace mucho que no escucho una risa así, piensa nostálgicamente Sofía. Sofi, te aclaro algo, en realidad es bastante irónico si lo pensás bien, pero yo vivo exactamente dos pisos arriba de tu departamento. Y cuelga el teléfono. Sofí no comprende si es un chiste, de muy mal gusto por cierto,  o si realmente el está allí, piensa  y ríe recordando que siempre le gusto escuchar esa risa fresca. Está tratando de prender una vela cuando golpean su puerta.
                Lentamente se acerca, y antes de abrir acaricia la puerta, como tratando de sentir esa presencia amiga antes de verla. Pedro se impaciente y llama débilmente ¡Sofi! estoy acá, traje un poco de café como soborno! agrega riendo. Sofi escucha esa risa, y advierte que la ha extrañado. Abre la puerta, Sofi y  Pedro, se observan como tratando de reconocerse, no por el tiempo sino por las distintas experiencias que los marcaron. Sofi no sabe que decir, desde que llegó no sabe lo que es tener una presencia querida, su timidez y su vida huraña le impidieron permitir la entrada en su vida de todos aquellos que se le acercaron. Pedro se da cuenta que Sofi sigue siendo la misma chica tímida, y sin esperar respuesta la abraza, la envuelve en esos brazos, que a Sofi de repente le parecen tan familiares.
                Luego de algunos minutos los vemos sentados, charlando de sus distintas llegadas, de cómo lograron instalarse, de tantas cosas distintas en esa gran vorágine que es Buenos Aires, ciudad del mundo, tierra de las no personas.
                Yo la verdad que me he sentido solo, admite Pedro, nunca fui muy familiero. Pero esos domingos en los que salía para tratar de olvidarme de mi  nostalgia, rodeado de tanta gente, te juro que me di cuenta de cuan necesario son los ojos de mi viejo, los abrazos de mi mamá, incluso las peleas con el pendejo, mi hermanito.
                Sofí escucha atenta, todo lo que Pedro le cuenta, escucha esa confesión que nunca espero, y que realmente no tiene ganas de escuchar, aparte nunca tuvieron la confianza suficiente. Se da cuenta, que no hay nada que hermane más como la distancia y el olvido en que nos sumimos.
                ¿Y vos?  No te sabría decir, responde Sofi, yo no me he sentido tan solo hasta hoy, tampoco me sentí mal, no te podría decir que bien. No se, supongo que el no saber que decirte, supone que estoy  tranquila. ¿Pero qué has hecho en este tiempo? pregunta inquieto Pedro. Sofi ríe, y responde como hizo desde chica Leer, ¿que más? Y comienza a detallarle cada uno de los libros que leyó, cada uno de los movimientos que estudió, cada uno de los libros que la conmovieron, todos esos personajes de los cuales se enamoró y todos los que no pudo mas que odiar, enumera uno  a uno todos las bellas metáforas y pensamientos que la conmovieron, aquellas que la extrañaron y todos aquellos que fueron un viaje.
                Pedro la escucha embobado, Sofi se ha metido tanto en si misma, que habla casi sin verlo, contando, narrando, exaltando todo aquello que leyó e internalizó como propio. Pedro advierte para sí, incómodo, que admira a Sofi por conocer todo lo que el, como estudiante de letras debería y desearía conocer todo lo que cómo persona debería cuestionarse. Pero algo más lo perturba, y con el mismo extraño sentimiento que siempre Sofía despertó en él. Ya no soporta escucharla hablar de todo lo que leyó en tantos días sin atreverse a vivir tan sólo uno. Toca su mano, para interrumpirla, y le habla, como siempre quiso hacer. Sofi, te voy a preguntar algo, y por favor no quiero que te enojes conmigo, hace solo unas horas que nos reencontramos, pero veo que sos la misma. Y no puedo dejar de decirte algo. Siempre creí que leías porque te pasaba lo mismo que a mí, que amabas ver como la vida tenía diferentes miradas, diferentes lecturas, que podías ver como cada persona enriquecía tu vida con un verso, con una novela, o tan sólo con alguna frase suelta, de esas que encontrás en libros que no te conmueven y que tan sólo en unas líneas valoras de nuevo. Que amabas leer, por el placer de encontrar que con unas cuantas letras podías expresar lo que tu alma te estaba gritando, que no hay una forma más bella de conocer al hombre. Pero no Sofí, vos no hacés eso, vos lees para evadirte, lees porque  te parece demasiado dura una vida real, y para no vivir esas amargura lees lo que querrías vivir, te quedaste, te inmortalizas, sos sólo capaz de sentir por medio de unas cuantas líneas lo que no te atreves a sentir por una persona real. Amás porque lees y solo porque lees no sos capaz de amar. No sos capaz de encontrar un punto medio.
                No sabés lo que decís ¡callate! Vos no tenés idea de lo que yo siento. Grita casi sin sentirlo Sofi, grita como tratando de imponerle fuerza a sus palabras que ella sabe son erróneas. Grita para no escuchar la verdad de Pedro. Pero el siempre la quisó, siempre deseó conocerla y estar a su lado, siempre quiso verla bien, y por más que ella no quiera volver a hablarle no va a desperdiciar esta oportunidad.
                Sofi... ¡no! yo si sé lo que sentís porque día a día te vi sufrir, llorar, reír y enamorarte por medio de los libros. Toda la secundaria deseé poder ser algún personaje para poder encontrarte en los libros. Y llegué a detestarte por no poder darme esa oportunidad  de conocerte. ¡Vos no sabés! Muchas veces siento que cualquiera puede conocerte más que vos misma,¡vos no te animas a vivir! ¡Sos demasiado cobarde! Has leído tanto que te olvidaste que la vida no es leer sino escribir, la vida es maravillosa, y dolorosa a la vez. Y en los dolores no das la fuerza para salir adelante. Te olvidaste quela vida es el color que vos decidas, vos sos la única capaz de ser feliz. Sos la única que puede provocar que tu vida sea un reflejo de tus sueños. Pero no entendés que vos sos la que tiene que soñar! ¿A que le tenés tanto miedo?
                Sofi llora, calladamente las lágrimas se deslizan en su cara, y siente que su cuerpo esta por explotar de tantos sentimientos acumulados que se están desbordando explotando en esas lágrimas. Pedro se enoja, comienza a creer que nada de lo que dice tiene alguna acción en ella. Pedro también siente que está a punto de que su pecho se quiebre en dos, pero no renuncia.
                Sofi, perdoname por ser yo el que te diga todo esto, no tengo ningún derecho, pero a veces el querer nos da derechos, ¿sabías? Vos sos hermosa, sos inteligente, cada día de la secundaría los profesores lo decían, vos no, porque nunca te animaste a demostrarlo. Y ese es el punto Sofi, en la vida no tenés que demostrar, en la vida tenés que vivir. No tenés que tener miedo, tenés que tener coraje de aprender. No tenés que tener miedo de sufrir, tenés que temer no amar. ¡No podés seguir permitiendo que la vida se te deslice en instantes que no significan más. No podes permitirte conmoverte con un verso y olvidar la sonrisa de los niños! No podés, porque estas simplificando la vida. Leer es bello, pero es bello porque habla de la vida, del amor, de la esperanza, del eterno buscar un cambio, de todo aquello que los hombres han querido decir, al leer perpetuarnos el arte de expresarnos. Porque la vida sólo vale cuando la vivimos, cuando la cambiamos, cuando la amamos.
                Sofí no soporta más, y simplemente, dice lo que no desea, pero lo que siempre fue su refugio. Andate Pedro, no tengo ganas de escuchar tus  juicios de buena persona, yo no te pedí  ni ayuda ni opinión. El se levanta, furioso, desesperado y vencido. ¡Andate! El se levanta tristemente, la abraza como pidiéndole perdón, mientras ella lo aparta con un empujón. El trata de  besar su frente y ella se escurre No entendés nada ¿no? ¡Andate!.
                Sofí, llora, enciende la hornalla y trata de hacer un café, desiste y se acerca a su cama llorando, se refugia entre las sábanas y deja pasar el tiempo durmiendo. Pasan dos días y se distrae con las mismas lecturas, fumando comiendo y durmiendo.
             Se termina la lluvia y vuelve la rutina, Sofi, se sumerge nuevamente en ella, pero algo cambió, ahora tiene una verdad que va horadando sus días, quietecita la perturba.
Han pasado algunos días, sigue trabajando en la librería, de vez en cuando se cruza con Pedro, ahora que se saben vecinos se rehuyen con intención pero se buscan con descuido. No ha dejado de pensar en Pedro, en su verdad de mierda, en su voz gruesa, en su risa fresca y en su compañía, dulce y fuerte. Estuvo bueno verlo de nuevo, pero no se quien se cree que es, venir a moralizarme a mí, que se quede con su teoría literaria en la Uba, pero a mi que no me juegue con la interpretación. Siempre fue un pendejo, yo vivo en Buenos Aires, si, él me ayudo, pero no le debo más que el contacto. Puede ser que algo me haya refugiado en la secundaria...pero también que querían? Yo leía a Shakespeare y ellos eran unos pendejos que de pedo sabían quién era. Bastante pelotudos fueron todos, Pedro no, pero igual,¿se aparece de imprevisto y uno tiene qué concederle la moralina barata con aire de ciencia sólo porque calló justo en los días que hasta el clima se complotó en contra de mi sensibilidad? No, no tengo por qué pensarlo. Y sigue, uno tras otros sus pensamientos atropellados se suceden, pero por más que lo intenta no deja de pensar en los dichos de Pedro, en sus palabras y en él mismo.
          Se harta de si misma, y con bronca por pensar lo que no debe pensar, porque no tiene por qué pensarlo se arrima a la improvisada cocina para prepararse un café. NO voy a pensar más, ya me tiene cansada, encima se instalan las palabras ¿ por qué uno siempre se acuerda de lo que quiere olvidar? Basta che, basta. Igual, Pedro no me lo dijo por ánimo de sentenciarme, siempre fue un sol conmigo. Algo de razón debo admitir que tiene. Este café es una reverenda porquería... por rata me pasa. En fin, café es café, y es así, yo que soy una insulsa compro café insulso y esa soy yo, una insulsa que busca libros para tener un  poco de gusto y aroma, sabor.... Sofi comienza a reírse, no se porqué me enoje con Pedro, me dijo lo mismo que ahora yo estoy pensando, que soy una sustancia débil, incolora, insulsa... y sin motivocomienza llorar, desesperadamente, con dolor, sintiendo que la vida se le está escapando. Y de pronto advierte que todavía tiene pocos años, y se ríe de si misma comenzar a comprender con una taza de café lo que Pedro le dijo, por media hora. Tal vez algo de razón tiene.. El día se pasa y Sofi sigue rumiando los mismos pensamientos. 

                 Llega al departamento agotada, y todavía confundida, su cabeza le pesa, se acuesta en la cama. Se duerme aferrada a la almohada, recordando el regazo de su madre, cuando ella recostada en él le contaba todos sus sueños para cuando creciera. Sofía duerme soñando lo que quiso ser, Sofi duerme soñando lo que vivirá.
                Amanece y el sol se escurre demostrándose en un brillante día. La terminal está atestada de gente. Sofi no está leyendo está escribiendo. Lo que escribe es corto, es algo que debe dejar antes de partir a su pueblo, para abrazar a su madre. Sofía  abraza a su jefe, ese viejito adorable que está descubriendo, ese ser especial que cuando ella pidió permiso para ir a ver a su madre, él sólo le respondió preguntándole si tenía cómo ir a la terminal. Sonríe y le entrega esa carta. Pasan algunos minutos se abrazan y el ómnibus parte. El viejito sube lentamente las escaleras, y cuando llegá al piso indicado, se agacha y simplemente tira el sobre por debajo de la puerta


                 Pedro llega a su casa encuentra una cartita e intrigado la abre. En una hoja de color verde, Sofi escribió: Perdón, alguna vez leí que las personas son un cruce de camino, que cada una nos lleva a cambiar la ruta, vos me mostraste una nueva dirección. Ahora estoy camino a los brazos de mi mamá, espero  que  los tuyos me esperen a mi regreso.

Pedro lee y sonríe, y de pronto una fuerte carcajada nace de los más profundo. Ríe largamente, con esa risa sana que empieza en uno y termina en el otro. Con esa risa que terminó en Sofí para nacer en ella. Pedro ríe y espera.

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