lunes, 12 de septiembre de 2011

Sin título

Esto si es terrible, producto de una mente  de niña (tengan en cuenta que leía a Louise May Alcott y vi muchas pelis de Disney), lo releía y corregía muchos errores de tipeo, de puntuación, faltaban muchísimos acentos, una cosa fea realmente. Tuve la tentación de recortar, reescribir, pero le debo esto a algunos amigos.

Se llamaba Iván había nacido una noche de crudo invierno en Moscú,  donde el aire gélido se filtraba por aquel carromato ya algo desvencijado, que nunca  dejaba de acompañarlos por sus giras.
            Sus padres estaban trabajando en el circo de los Espectaculares Rosinsky. Aquella  noche su madre, Marie, sintió que llegaba el  momento de traerlo a este  mundo. Las fuertes punzadas de las contracciones no lo dejaban respirar, pero se las ingenió para pararse al lado del lecho improvisado. Cerró los ojos y respirando profundamente trató de serenarse. Miró  la silueta de su marido que dormía serenamente,  miró su bello rostro y recordó. Recordó aquel momento en el que decidió quedarse a su lado  más allá de sus  propios  temores.
            Cuatro años atrás, ella tenía una vida calma en su Toulouse natal.  Pero tanta tranquilidad no hacía otra cosa que agobiarla. Ella sentía su cuerpo vibrar de energía, que no encontraba forma de agotar, sentía una ansias locas de correr de viajar de conocer. En un intento de lograrlo pasaba su día imaginando como sería una vida distinta, en aquellos sitios de los cuales no conocía más que  un nombre recóndito  de algún mapa . Su sangre bullía por ser libre.
            Siendo chica, en una feria de pueblo, había visto una hermosísima  mujer  que cantaba unas delicadas y tiernas melodías, totalmente desconocidas en esos lugares. No pudo más que quedarse mirándola como si cada nota  la elevara un poco  más, la felicidad que transmitían sus ojos era increíble, su cuerpo  parecía  volar al ritmo de aquella dulce música. Marie con sus cortos siete años se asombró tanto que su madre no sabía  cómo arrancarla del lugar. Desde ese día ansió hacer lo  mismo,  poseer, transmitir tanta magia. Allí comenzó su gran secreto, ese era su escape cuando la rutina de la casa, de esas labores tediosas y obligaciones sin sentido las presionaban tanto que se llegaba a sentir como  un  simple engranaje de una gran maquinaria, un ser alienado. Corría lejos y ya donde no alcanzaba a ver su diminuta casa blanca, que se transformaba apenas en  un punto, comenzaba a cantar lo poco que recordaba y la mayoría de las veces terminaba improvisando. Riendo se  daba cuenta  que recordaba  un poco las  melodías pero no  las letras, entonces comenzaba  a inventar. Trataba de hacer algo nuevo, de sentir que era capaz de hacer algo más  que cumplir su destino de casarse  y tener  hijos.
            No podía de compartir con nadie su secreto y sus inquietudes, sabía  que  no era algo que  iban a comprender, y de lo único que serviría era para que la tacharan de excéntrica cuando no de  loca, como hacía  con todos aquellos que  buscaban algo más  de  la vida  que  no fuera la correcto y lo debido, Sabía que si contaba lo que hacía  en sus ratos libres, la tremenda  pasión que se despertaba en su  cuerpo cuando podía  liberar  su  voz tratando a la vez de hacer lo  mismo con su alma, sabía bien que   hasta sus propias amigas le dirían que era algo sin sentido, sin utilidad.
            En  una ocasión le sugirió a su padre que  ya habiendo cumplido  los veinte años podía viajar a la ciudad en  busca de  alguna tienda donde emplearse.  Marie anhelaba, soñaba con esa independencia que la  haría libre. La respuesta de aquel fue tajante:
-Marie, tú eres  mi niña, tu lugar es aquí con tus  padres, en tu casa... solo nos dejarás el día que decidas irte  para formar tu  propia familia. No vas a salir de aquí para  ir a trabajar como si no tuvieras una familia que te sostenga y cuide de vos.
            Marie no se atrevió a contradecirlo sabiendo que de nada serviría, la última palabra de su   padre era algo indiscutible. Pero Marie en su corazón tenía la certeza de que  no iba a cumplirse lo que su padre dijera. Ella sabía que  no  iba a encadenarse a otro destino que el de su ansiada libertad. Ella amaba profundamente a sus padres, sus hermanos,   pero  necesitaba sentirse independiente, volar,  conocer todo aquello que  ellos  jamás verían.
            La vida de su familia se reducía a los límites del pueblo, de ese pueblo calmo, donde el acontecimiento más importante era el tañir de las campanas invitando a la misa dominical, misa inevitable que marcaba el ritmo de todas las vidas, misa que marcaba la  monotonía del pueblo.
            El día que el circo llegó a su pueblo, ella argumentó de todas las formas  posibles para  lograr un rato de asueto, su madre creía que era una  pérdida total de tiempo, Marie le pidió tranquilamente, no podía encontrar un motivo concreto  para lograr el    permiso, pero casi con un ruego en los labios le dijo a su  madre
-Mamá, solo quiero conocer un circo de verdad, solo es un rato, podría llevar a alguno de los niños, no  salen mucho...deberían divertirse un poco más.
Pocas eran las  ocasiones en que los circos llegaban a su pueblo, y si bien Marie había visto en ocasiones espectáculos aislados, nunca en su  pueblo se había  presentando un circo tan grandioso como avizoraban los anuncios.
            Por fin su madre, una  mujer de campo, severa, curtida  por las labores,  la  miró con sus profundos ojos azules que casi eran transparentes, y le dijo con esa voz  que siempre sonó  cansada:
- Si alcanzas a sacudir antes todas las mantas  puedes ir...pero lleva a Françoise, tal vez lo  disfrute, después de todo no es más que un niño.
  Su madre  la miró con amor y una inexplicable tristeza se traslucía en sus ojos   mientras le hablaba, como si  presagiara el destino tan distinto que su hija viviría. Destino diferente de lo que ella siempre soñó para Marie. Ella era tan distinta a todas  las chicas del  pueblo, siempre parecía estar esperando algo, algo rotundo. Cuando miraba a su hija tenía la sensación de ver un caballo acorralado que busca correr por las praderas, pero sacudiendo esos pensamientos de su cabeza siguió amasando el pastel con el que esperaba a su marido, que regresaba de los cultivos. Esperaba que su  hija terminara resignándose al destino, como  hacían todas, como hizo ella  misma,  de dedicarse a los que las familias hacían desde siempre en aquel pueblo. Aunque  cada día temía que eso no fuera así, en los ojos de Marie había una  gran determinación, fuerza, furia contenida con la que trataba de demostrar en la quietud que  más allá de sus temores estaba viva. La rutina ya era una costumbre para esa madre que deja sus sueños para formar la debida familia.
            No podía  dejar de ver en Marie su propia juventud con los mismos deseos y los mismos anhelos. Lo único que marcaba la diferencia entre ellos, era que esa madre  supo resignarse, no quiso pero debió hacerlo. En cambio Marie llevaba en su sangre rebeldía, quería vivir según sus deseos, Quería gritarle al  mundo que era dueña de su vida, que su libertad  no era gobernable. En  lo más profundo de su alma, sabía que su hija iba a cumplir lo  que ella no se animo a concretar. Como madre sufría el dolor de saber que algún día su hija partiría de su lado, pero esto  también la llenaba de orgullo, la pasión de Marie hacía que su madre a veces se molestara, porque eso la llevaba a ser terriblemente indómita, pero en su interior amaba a su  hija por ser tan valiente.
            Marie en ese instante, sin perder el tiempo corrió a realizar sus tareas. Apenas hubo terminado corrió a peinarse, a  ponerse algo mas abrigado y a las apuradas arregló a  su hermanito, aunque con mucha dulzura ya que gracias a él  podía cumplir su deseo de ver el gran circo el de los Espectaculares Rosinsky. Françoise  no  entendía porque su  hermana estaba tan contenta, pero no dijo nada, solo la siguió, siempre se divertía con ella, contaba las  historias más fantásticas que jamás escuchó. En sus cortos ocho años no  podía comprender que era   solo la frondosa imaginación de su hermana, y también sus más profundo secretos.
            Marie recorrió con su mirada desbordante de dulzura a su esposo que dormitaba a su lado, recordó con ternura aquel primer día que lo vio. Aquella tarde entró al circo,  inhibida por la atmósfera de fiesta que había en aquella carpa. Se sentó con Françoise, lo más cerca  posible de la pista a fin de no perder el más mínimo detalle. Una música que al principio era suave comenzó a cobrar mayor fuerza e invadió el lugar, a partir de allí comenzó la seguidilla de los distintos números. Quedaron maravillados ante aquél gran espectáculo, era increíble la magia que desplegaron tan solo en unos segundos.
            El  presentador advirtió que se prepararan para el gran número, aquel tan espectacular, el más grande de todos los tiempos. Expectantes todos miraron hacia el trapecio. Sin embargo Marie no les prestó atención, simplemente volvió su mirada hacia la dirección contraria. Y simplemente lo vio,  no era el gran trapecista a quien todos  miraban azorados. Era un clown que estaba preparándose para su número. Una  gran ternura la embargo al  notar la  gran atención con  las que realizaba  los  preparativos, Nunca  había visto un rostro tan  hermoso, su piel era blanquísima y en su rostro  resaltaban sus ojos negros inmensos. Marie quedó maravillada, tan mágico fue  en el momento que se olvidó de disimular. No  podía  apartar su mirada de aquella figura, él, acostumbrado a las  miradas de  las  personas cuando realizaba  un número, sintió un atención distinta, se dio vuelta y encontró esos otros ojos. Marie sin saber  que hacer agachó  tímidamente  su cara,  pensó que se actitud había sido descarada, pero a  pesar de ello no sintió vergüenza. Él notando el rubor repentino de sus mejillas, se acercó hacía ella y simplemente le dijo:
-Me llamó Andrea ¿Vos?
Marie levantó su cara al escuchar esa voz extraña, si bien entendía lo que decía notó  un tono extraño. Por suerte si bien el era italiano hablaba el francés lo suficiente como para que pudieran entenderse perfectamente.  Hablaron cosas sin importancia aparente, el atropellando el silencio le contó su historia, quería deslumbrarla. Así ella se enteró que  él había nacido en Silicia. , su madre había  muerto siendo el todavía un  niño. Padre no había tenido, aquel había sido un hijo de buena familia que no  quiso saber  nada de reconocer al fruto de una simple noche con una campesina .Solo le acercó dinero a su madre como para alivianar su conciencia ante el  problema. Cuando su madre murió , su   tío se encargó un tiempo de él, pero finalmente lo entregó al circo. Prácticamente toda su familia era el circo.
            Él la  miraba y no  podía pensar lo que decía, inundó el aire con detalles de su vida que nadie pedía… y solo pensaba en ella tan bella.   Por primera vez no hizo  su número,  simplemente se quedaron juntos, hablaron sin darse cuenta de lo que ocurría. Como si el tiempo estuviese detenido mágicamente, todo parecía un sueño, sueño del cual  no querían despertar por miedo a volver a perderse en la vorágine de un mundo sin tiempos ni esperanzas.  Mientras hablaban sus ojos se descubrían. Andrea supo que mirando los ojos de esa joven mujer estaba viendo el rostro de  la única mujer que iba a amar en su vida. Trataba de descubrir cuál era el encanto que tenía en sus ojos cuando advirtió la sinceridad con que ella lo miraba. Fue un amor profundo sin temores vergüenza o vacilaciones, se amaron descubriendo que toda la vida se habían estado buscando. Admirados de tanta  felicidad sintieron la fuerza del amor real.
            Cuando terminó  la  función, Françoise, tiró de la manga del saco de Marie,  y volvió a la realidad. Marie atontada advirtió que si no se iban en ese  momento  llegarían demasiado tarde a  la casa. Ella no sabía cómo decirle que quería volver a verlo. Andre supo adivinar lo que sus ojos  querían y le   pidió verla. Era mágico como desde ese  primer momento supieron entenderse con miradas, casi sin hablar, no había distancias entre ellos. Marie se levantó del asiento, tomó de la mano a Françoise mientras le decía a Andrea:
-Hasta mañana-
y con un gesto  precipitado acercó  su cara a Andrea y  besó suavemente la  mejilla. Él se asombro ante el contacto imprevisto  y  no pudo dejar de experimentar una terrible sensación de necesidad de aproximarse a ella. No lo pudo controlar, y se enojó consigo mismo por tanta imprudencia. Pero esa noche no dejo de   pensar en lo último que escucho de la boca de Marie "mañana", esa  palabra fue su esperanza. Por primera vez su alma sintió la urgencia del amor real.
            Al día siguiente por la tarde,  mientras él practicaba sus acrobacias, las que aprendía con Iván, casi un padre  para él, Marie entró a la carpa. Se quedaron  mirándose como si se conocieran de toda una vida, ella estaba estática, sin saber que decir, toda la  mañana había estado pensando qué hacer, sabía que era una imprudencia, algo impropio eso es lo que diría su padre. Pero no pudo evitar ir a buscarlo, se preguntaba porque sentía tanta atracción. Varios fueron los que trataron de seducir a Marie, y uno a uno ella los descartaba porque ninguno le agradaba, no despertaban en ella el más mínimo interés. En cambio ahora todo era distinto, sentía ganas de seguir conociéndolo, de sentir su voz, escuchar sus historias, de verlo. Andrea se acercó a al verla y le dijo:
- No esperaba verte, realmente no creí que fueras a venir-  y casi en un susurro agregó- pensé que no te interesaba.
A Marie le sorprendieron estas palabras, también un poco le molestaron, pero simplemente lo  miro a los ojos y le dijo:
- Yo no miento, nunca  lo hago, y no tengo interés en comenzar a hacerlo ahora con vos... Yo no te voy a mentir Andrea.
            Y tratando de dar crédito a sus palabras, se acercó a él y lo besó tímidamente. Andrea no pudo dejar de conmoverse por tanta seriedad y sencillez. Se quedo mirándola, tratando de adivinar  como tenía que actuar. Pensó que si ella, que  lo  había visto tan solo una vez, volvía a buscarlo era  por algo,  y ese algo era muy distinto a lo que todas las chicas buscaban en él. Ninguna antes se animó a conocerlo como ella quería ahora, nadie lo miró como ella,con tanta humildad , y seguridad. Nunca nadie se había animado a amarlo como ella, por el miedo a perderlo. Pero Marie no pensaba en eso. Miró a Marie y  mientras la abrazaba simplemente le dijo
- Volviste tal cual me dijiste-
Marie se aproximo aún más a él, perdiéndose en sus  brazos. El sonrió mientras ella le acariciaba su largo pelo, que le caía desordenadamente por la frente. Mientras buscaba sus manos ella se sincero mientras lo miraba limpiamente a esos ojos que la cautivaron desde el primer momento.
- Si volví, por vos, porque deseaba mucho verte-
El jugueteando con sus manos le contestó:
- Marie, todo lo que soy lo podes ver acá, yo voy a ser sincero con vos, no voy lastimarte. Yo no quiero  jugar. Solo busco un poco de amor.
Ella se sobresaltó un poco antes esta rápida revelación, pero no se molestó, su corazón comenzó a agitarse de admiración y cariño por aquel joven que le desnudaba su alma. Se quedo estática mirándolo sin saber que contestar. Él creyó haber hablado demasiado y le soltó las manos:
- Esta bien, entiendo que no  busques lo mismo, solo debes saber lo que a mí me pasa. Marie no tengo ánimos de jugar con vos, tampoco deseo estar con alguien que no quiera jugársela por lo que sueña. Ya sufrí demasiado regalándome en esas relaciones vacías. No quiero... no quiero de vuelta lo mismo. Por eso te digo estas cosas. No sirve de nada perder el tiempo...
Marie miraba como él había cambiado su actitud. No quería dejar que él pensara tan solo un minuto que ella quería jugar con él. Trato de pensar cómo explicarle toda esa angustia que sentía en ese momento, como demostrarle en palabras ese terrible ahogo que sentía, tanto miedo y tanta felicidad a la vez. Entonces decidió, tomó su cara entres sus manos y lo beso largamente. El se perdió en los labios de ella, aquella que desde el principio supo lo que le correspondía.
Esa tarde pareció eterna. Mágicamente todo estaba detenido a su favor, para que pudieran compartir la frescura del conocerse. Toda esa tarde estuvieron juntos, compartiéndose, revelándose, y disfrutando el encantamiento del amor, enredándose en caricias besos y más revelaciones.
A partir de ese día comenzaron a verse todas las tardes, luego que terminaban las funciones, él la buscaba en el bosque cercano a  la casa de Marie, aprovechando que ella salía a pasear con su hermanito. Francoise el hermano menor de Marie era tan activo, tan lleno de vida, que su madre decidió que todas las noches debía agotarse a fin de descansar como es debido. El destino parecía totalmente digitado a favor de ellos, era casi mágico. Era poco lo que podían hablar, si se demoraba más de lo acostumbrado su madre dudaría. Marie sabía que su madre ya había descubierto el brillo de sus ojos y la felicidad en su voz.
Marie era hermosa, las chicas del pueblo envidiaban el color cielos de sus ojos, heredado de su madre, su pelo negro caía en bucles, tenía un rostro precioso, casi parecía un ángel. En sus veintitrés años, nunca se había visto así, nunca se había enamorado de nadie, su madre ya temía que se quedase soltera. Marie sabía que su felicidad era notoria.
Ellos esperaban todo el día con ansias de verse, Andrea se descuido tanto en los ensayos que su familia del circo comenzó a sospechar. En el circo todos formaban una inmensa y unida familia. En las noches se reunían, formaban grandes círculos y compartían historias y recuerdos. Era la tradición, la historia y vida del circo que se transmitía de esa forma. Esa noche volvieron a hacerlo, habían pasado ya dos largos mese y todos sabían que llegaba el momento de volver a partir, buscando un nuevo pueblo. Esa noche ya nadie dudó de lo que le sucedía a Andrea. Iván, era un padre para Andrea, él había  lo tomado bajo su cuidado apenas llegó al circo. El sentimiento que tenían era tan fuete que no hacían falta palabras que explicaran, había llegado el momento.  Iván conocía ese dolor, acercándose a Andrea lo miro a los ojos, apenas lo hizo vio en sus ojos aquello que siempre quiso evitar. Esa mezcla infame de amor con la certidumbre del sueño imposible, ese deseo ardiente, ese anhelo sumido en la más dura resignación.
Andrea tenía en ese entonces veintiséis años, había conocido muchas chicas... Ivan solía bromear diciéndole que había conocido demasiadas. Pero no se había enamorado de ninguna. Muchas habían tratado de seducirlo, de amarrarlo a su puerto, él quiso a todas, pero no se enamoró de ninguna. Iván sabía que Andrea mantenía una prudente distancia del amor, como una defensa  para no sufrirlo. Solo que con Marie de nada le sirvieron sus mecanismos, ella había quebrantado todos sus límites. Él sabía que podía vivir sin ella, desde chico había aprendido a convivir con el vacío. Sólo que Marie había logrado que él deseara dejar atrás su soledad. Sabía que podía vivir sin ella pero no quería.
Ivan con una compresión infinita  le tocó el hombro mientras se sentaba a su lado. Andrea no dijo nada, tenía la mirada perdida en sus sueños ahora desvanecidos. Ivan rompió el silencio, diciendo lo que ya sabían pero que de todas formas era necesario decir:
-Hijo, llegó el momento de partir, debemos prepararnos para seguir...
-Ya lo se...  -dijo Andrea y como queriendo convencerse gritó con furia- ¡Ya lo sé! Sé que debemos partir, solo que esta vez es distinto. Ahora no voy a partir en paz. Ni siquiera tengo expectativas de conocer el próximo pueblo. Ahora tengo que partir dejando atrás a la única persona que me dio esperanzas. A la única que ame y que voy a seguir amando... que amo... - y no siguió hablando, sentía que  su voz flaqueaba.
-¡Andrea! Sabés como nuestro destino, sabés que la  vida que llevamos no tiene raíces, nada nos ata y esa es la clave que nos permite seguir viviendo libres, mostrando lo que amamos hacer, volando libres... Vivimos así y amamos hacerlo. Pero Marie es distinta... y debes entenderlo y respetarlo.
Andrea lo miro fijamente: -¡¿Acaso crees que no lo sé padre?! ¿Por qué crees que siento que no voy a poder seguir? No puedo pedirle nada porque no puedo ofrecerle lo que ella merece.No tengo nada que ofrecerle... Ella nació  y vivió ¡aquí! Con su familia! Aquí... y yo... yo no  puedo... -
Y no pudo seguir hablando, porque, finalmente la angustia  le dio lugar a que las lagrimas rodaran por sus mejillas como queriendo enjuagar el dolor que había en su corazón.
-Andrea, hijo, no estás solo, todos vamos a acompañarte como siempre hicimos, como la familia que somos. Pero, hijo, tienes que aprender que en la vida también debemos aprender a decir adiós.
Cuando escuchó estas palabras enfureció, se levantó precipitadamente y casi gritando dijo: - ¿Acaso no lo hago siempre? ¿Acaso vos que me criaste no sabés que jamás logre sentir por nadie lo que amo a Marie? ¡No podés decirme eso a mí, no tenés derecho, yo siempre controlo todo para no sentir esto! Para no tener que decir ese adiós del que ahora me hablas ¡cómo si fuera una novedad!
Andrea se enfrentaba a Iván como queriendo lograr entender la vorágine de emociones que no lo dejaban razonar. Iván trataba de serenarlo.
- Hijo, no te enojes conmigo, sabés desde siempre cuál es tu destino, y también sabés ,aunque no lo quieras admitir, que ella no tiene lugar en ese destino.
- Si, ya sé, solo que yo tampoco voy a poder seguir... no voy a poder- y ya no podía hablar, ya era demasiado el dolor que trataba de escaparse en sus lágrimas.
Iván lo miraba con dolor, sabiendo que esa herida abierta, él ya no podía curarla, sabiendo que ya no tenía a su niño enfrente, sino a un hombre que se enfrentaba con sus propios sueños  y riegos. Iván abrazó a Andrea como queriendo de esa forma contenerlo mientras le decía.
- Siempre voy a estar con vos hijo mío, y aunque me duela decirlo y verte así, sabés bien lo que tenés que hacer..
- Si lo sé y lo voy  a hacer, no te preocupes, pero sabe algo, este amor y este dolor no van a cesar nunca, ¿entendés? Yo sé que a pesar de irme de acá, jamás voy a irme realmente, porque ella va a estar acá
Luego de decir eso ya no puedo más, su corazón se quebró por tanta angustia, lloró con un desconsuelo enorme. Ya no pudo seguir hablando, solo lloró, por tanto dolor, tantos sueños rotos, por tener que aceptar que más allá del amor que se tenían sus vidas eran incompatibles. Lloró por no tener el derecho de llevarse e a Marie. Simplemente lloró. Iván se quedó toda la noche con él, como cuando era niño y  enfermaba. Pero sabiendo que ahora ya no podía ayudarlos, solo acompañarlo.
Hasta que llegó el día del adiós, ese día no pudieron mirarse a los ojos. Solo caminaron en silencio, hasta que Andrea se animó a hablar:
-Ésta es mi vida Marie, tengo que partir mañana, no tengo más que ofrecer que las risas que pude provocar, la alegría que puedo regalar- y no seguir, tal vez porque no había más que decir. No quiso mirarla para que ella no adivinara porque tenía los ojos brillantes. Le soltó la mano para irse.
Marie estaba desencajada, todo era una revolución de sentimientos, no sabía que decir que hacer, solo tenía la certeza que no podía dejarlo partir, no podía perder a esa persona que le había demostrado lo que era amar. No podía perderlo sabiendo que si lo hacía jamás iba a perdonárselo. No iba a dejarlo ir. Con él había sentido deseos de formar una familia, de darle hijos, de envejecer a su lado compartiendo el ocaso de sus días. Marie tenía miedo, miedo de no poder seguir adelante sin él, de perder la alegría, de no poder soñar sin él. Tenía más miedo a perderlo que a ninguna otra cosa, entonces supocuálera su destino, tomó entre sus manos el rostro de Andrea y mirándolo con una ternura infinita le dijo:
- Andrea, no puedo, no quiero ahora volver a vivir como antes. Ya nada es lo mismo, cuando llegaste no sólo abriste una verdad que me colmó el corazón. Me has dado tanto amor tanta felicidad que me has cambiado la vida. Y yo no quiero seguir viviendo como antes sin vos, ¿de que me sirve tanta tranquilidad, tanta corrección, tanta rutina si no voy  a estar a tu lado? Si vos te vas, si tenés que hacerlo, los dos nos vamos a ir. Mi vida está al lado de la tuya...
Él no podía creerlo, en algún momento pensó que Marie iba a querer irse con él. Pero también lo dudo, esto era mucho más de lo que había soñado, ella tenía tanta determinación. Tanto amor lo deslumbró, ella le dio lo que él sentía que no podía pedir. Esa noche se despidieron con un beso, que fue el más profundo, fue el sabor de una esperanza hecha realidad.
Cuando Marie llegó a su casa estaba temblando, de ansiedad y felicidad. Pero también había un dejo de tristeza, no era fácil dejar atrás a su familia, su vida y su lugar. Por más que siempre deseo con todo su corazón un cambio, sufría al ver toda esa realidad que pasaría a ser tan solo  un recuerdo. Esperó a que todos durmieran, juntó un poco de ropa, y tratando de cobrar coraje beso a su hermanito y salió de su casa. Murmuró un leve perdón para sus padres, sabía que no tenía sentido despertarlos, en ese caso la confrontación y el dolor hubiera sido mayor. No era cobardía, tampoco deseos de huir, simplemente creyó que era mejor de esa forma. Prefirió irse en silencio, solo dejo una carta diciendo que los amaba, pero que se iba para comenzar una vida que sin  Andrea no hubiera tenido jamás. Admitiendo que luego de haberlo conocido, no podía ser feliz si no era a su lado, y suplicando tratarán de entender y respetar su decisión. Parada en la puerta de su casa miró por última vez hacia lo que fue su hogar, y en esa última mirada, en esa lágrima que cayó  silenciosa por su mejilla, en ese delicado entornar la puerta, allí comprendió su adiós.
Marie cerró los ojos, mientras las lágrimas rodaban por su cara, se permitió llorar porque solo ella podía comprender, solo ella podía entender el dolor que causaría en sus padres. Mientras caminaba hacia el lugar que había acordado con Andrea, sentía emocionada que después de ese momento ya no tenía retorno. Sabía que  sus padres jamás perdonarían tal traición, pues esa era la forma en que él lo sentiría. Su madre si lo haría pero nunca dejaría de sentir la ausencia de su princesa.
Sin darse cuenta de que la distancia había concluido, encontró a Andrea. Cuando lo vio echó sus brazos al cuello y lloró amargamente. Él trató de serenarla mientras ella le decía nerviosamente:
- Ya se me va a pasar, solo dame un poco de tiempo, es muy duro para mi dejarlos atrás- y sollozando agregó- solo unos minutos-
Al escuchar esto, él reaccionó: - No, no creo que se te pase nunca, no podemos hacer esto así - y mirándola fijamente a los ojos le dijo- No podemos hacer esto de esta forma, no tiene sentido huir.
Ella lo interrumpió nerviosamente: - ¿Qué es lo que no tiene sentido? ¿Acaso no tiene sentido que yo me vaya con vos? ¿no es eso lo que queremos?
Andrea trató de esperar a que ella se calmara un poco antes de contestarle, simplemente la miraba. Hasta que ella comenzó a serenarse y a dejar de llorar. Entonces habló:
- Marie, escucha bien lo que voy a decirte, trata de entender bien lo que digo. Lo que digo es que no tiene sentido huir, si nos vamos así no voy a poder enfrentarme a tu padres. No merecemos huir como si estuviéramos haciendo algo terrible. Creo que debemos hablar con tu familia.
- ¿Estás seguro  de eso? Realmente yo no sé si eso es lo mejor, no creo que papá acepte esto.
- Esto va más allá de eso. Marie, él va a tener que entenderlo, aceptarlo, como quiera decirlo. Pero yo no me voy a ir escapando como si fuera un ladrón. Creo que los dos sabemos bien que no podemos empezar si antes no nos enfrentamos a nuestro temores. Después de todo, por lo menos hablando con tu padre, no sé si voy a lograr su aprobación pero si su respeto.
Marie lo escuchaba y sentía cada vez más seguridad, se daba cuenta en ese momento de la magnitud de su respeto. Marie no dijo nada, solo lo abrazó pero ya no llorando sino con una sonrisa en su cara. El la miraba tiernamente. Como hizo siempre, con ese amor inacabable, ese encanto increíble del primer y único amor.
-Está bien mi amor, mañana vamos a hablar con papá. Pero esta noche no mi amor, esta noche somos solo los dos-
Andrea la tomó entres sus brazos como tratando de protegerla del futuro incierto, no quería que nada dañase ese momento. Pero necesitaba hacerle una última pregunta, no podía quedarse con ninguna duda. La apartó suavemente mientras preguntaba:
- ¿Estás segura de querer hacer esto Marie? No podrá soportar perderte... Pero si dudas de algo decilo ahora, aunque me duela, te voy a entender.
Ella  lo miró tratando de demostrarle toda la fe y esperanza que tenía en él, quiso que el viera certeza y seguridad. Y supo que ya no tenía forma de demostrarle con palabras aquello que su cuerpo le demostraba temblando cada vez que lo veía.  Simplemente lo abrazó y lo beso perdiéndose en sus labios. Se amaron con la seguridad de haberse encontrado, después de haberse buscado toda la vida. Durmieron abrazados, bien juntos, disfrutándose.
Al día siguiente cuando Marie despertó notó que Andrea no estaba a su lado. Lo buscó y no lo halló en ningún lado. Nerviosamente resolvió esperarlo. Se vistió y ya demasiado ansiosa salió a buscarlo. Intranquila, buscó a Iván, por lo menos él sabría en donde se había metido Andrea. No le costó mucho encontrarlo, apenas salió del carromato lo vio sentado, la estaba esperando:
- Buenos días hija.  Es lindo día el que empieza.
- Si. ¿Iván donde está Andrea? Salió y no dijo nada,  hoy íbamos a ir a hablar con mis padres.
Iván la miró tratando de no revelarle lo que ella sospechaba, pero notando la ansiedad y temor de sus ojos no pudo más que decirle
- Él fue a buscar a tu padre, Marie, creyó que le correspondía ir solo, y la verdad es que yo también creí que era lo mejor- admitió Iván algo confuso por la inquietud de Marie.
Ella sintió miedo, conocía a su padre, y sabía que perdía el control cuando se enfurecía. Pensando en eso se desesperó, no podía creer que se hubiera ido  de esa forma. Comenzó a correr hacía su casa, creía que podría llegar antes de que pelearan. Estaba llegando a la puerta de su casa y se detuvo. Trato de escuchar y se asombró de la calma que s escuchaba. Entró despacio, buscando con la mirada a Andrea. Pero solo se encontró con los ojos húmedos de su madre. Al verla su madre se acercó hacía ella y tomándole las manos le dijo lo que ella no se animó a preguntarle pero que en sus ojos se veía:
- No te preocupes hija, están en el patio hablando pero no han discutido. Esta mañana vimos tu carta hija- su madre la miró profundamente pero no había reproche en su mirada- Tu papá la encontró, solo se sentó a leerla y luego lloró mucho...mucho hija.-le decía mientras sollozaba- esto duele hija, duele ver que nos dejas. Pero tu padre ha decidido respetarte, le duele mucho todo esto, hija, pero sé que, aunque le va a costar, algún día va a perdonarte.
Marie no dijo nada, no tenía sentido discutir nada, solo abrazó a su madre y espero que terminara de alguna forma de comprenderla. Esa fue una de las únicas veces que se sentó con su madre a esperar en silencio, no hablaron nada, parecía que no tenía sentido,  ya todo estaba dicho y sino no era así tampoco hacía falta decirlo.
La espera fue eterna, cuando al fin su padre regresó, todo fue distinto a lo que ella supuso. Esperaba ver llegar a su padre enfurecido y a Andrea desalentado. Su padre estaba totalmente abatido, con la mirada vencida, pero conservando su  dignidad su entereza. Miró a Marie tratando de descubrir en que momento su niña se había convertido en una mujer  dispuesta  incluso a desafiarlo.. Emocionado  y como pidiéndole perdón por demostrarle su debilidad, la abrazo fuertemente, mientras las lágrimas lo vencían, hasta calmarse. La separó y le dijo:
- Ve con Dios hija  , este es un buen muchacho, no lo que hubiera deseado yo para vos, pero lo elegiste...Ve con Dios hija, yo te doy mi bendición y mi paz.
Mientras terminaba de decir esto, estrechó la mano de Andrea y se fue. Volvió a su campo a terminar sus labores, a desahogarse en su trabajo.
Marie nunca olvido ese día, nunca quiso preguntarle a Andrea que era lo que había hablado con su padre .Pero sabía que ese día había sido un principio y un adiós.
         Volvió de sus recuerdos por el dolor inmenso de las contracciones. Despertó suavemente a Andrea tocándole en el hombro. El despertó  sobresaltado. Se incorporó de un salto,  diciéndole nerviosamente:
- No te preocupes Marie no te preocupes voy a buscar una partera del circo... dame un minuto y quedate tranquila- mientras decía todo esto temblaba como una hoja.
A Marie no dejó de causarle gracia la prisa atropellada con la que le dijo- No tardo nada en regresar.
 Al volver hizo todo lo que la partera le dijo, mientras Andrea sentado atrás suyo la abrazaba y sostenía  mientras el bebe nacía. Todos salió bien, Iván llegó rápido y sin complicaciones.
Andrea  no   podía creer lo milagroso de ver nacer a su hijo. Cuando estuvo ya limpio de sangre, lo alzo y se lo entregó a Marie. Estuvieron juntos, simplemente haciéndole caricias, y disfrutando ese primer momentos. Hasta que luego de un buen rato , Marie se había quedó adormilada, extenuada. El se acostó lentamente a su lado, tratando de no despertarla. Andrea estaba feliz, su corazón desbordaba de amor. Acunando a Iván, totalmente conmovido comenzó a cantarle una vieja canción de cuna,  tratando de dormirlo. Hasta que por fin se tranquilizó un poco. Andrea con amor le beso tiernamente la cabecita y luego susurro:
-Vos y tu mama me dieron mi razón de vivir- y quebrándosele la voz agregó- me diste la vida hijo, vos y tu mamá son los que más amó.
Y con una felicidad que jamás pensó tener, se quedo cuidando a su  familia, que siempre deseo pero que nunca espero tener. Allí comenzó la época  más feliz de su vida. Allí donde encontró su amor

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