miércoles, 21 de septiembre de 2011

Hallazgo estudiantil

Estoy preparando un final para rendir, y durante el el extenuante y largo proceso de rendir las últimas materias  decidí enfrentar las carpetas, los apuntes y animarme. En mi carpeta de Didáctica de la Literatura hallé un escrito que realicé para cumplir un trabajo de proceso. 
Me he reído releyendo, ojalá ustedes también lo hagan.


           Sentada en la cama, con sus pelos sobre la cara y el rostro convulsionado por el llanto, Alicia lloraba a lágrima vivía el desconsuelo de la propia noticia.Ricardo, de pie, la miraba y sonreía mientras le decía dulcemente:
- Gordita, no te preocupés, acordate de lo que hablamos de los nombres.
           Alicia lo miró con el odio pintado en la cara y sin perder el tiempo le gritó, estampándole cada letra en la cara.
- ¡¡Yo no nací para ser madre!!
           Los sollozos se le agolpaban en las manos mientras Ricardo de tragaba la risa ante el desengaño infantil que le provocaban las furias de su novia.   
           Tal cual pasan los días se suceden las emociones, y así fue como en enero de 1965, luego de tres años de matrimionio, Alicia conoció el rostro rosado de su primer hijo: Gabriel. El llano inicial, lógicamente, tiene una razón, estaba comenzando entonces sus estudios "clandestinos" de declamación. No había tenido otra opción, si bien al casarse con Ricardo había adquirido las gracias de la independencias, el peso y la prosapia de su  apellido no permitían ciertas inclinaciones. Hay que recordarlo,ella era la hija de Don Alejandro, un viejo comerciante de la Galicia para el cual el mayor bien que podía adquirir su hija era un buen esposo.
          Sigamos, no vale la pena detener el cuento, el dicho dice que los hijos vienen con un pan bajo el brazo, y Gabriel con su encanto principesco de primogénito y para deleite de sus padres, cumplió dicha sentencia. A los dos meses de su nacimiento, Alicia se encontraba trabajando para una casa de "buena familia" enseñando a las niñas casaderas el primor candoroso de la declamación. Alicia disfrutaba ampliamente su trabajo, luego de varios años de esfuerzo veía frutos y se podía dar el lujo de "perder" el tiempo leyendo innumerables poesías que le llenaban el pecho de sentido y los bolsillos de un dinero no tan poético.
        Así como florecía su vida profesional, su matrimonio  era un caminar amoroso. Con Ricardo habían logrado  construir una familia digna de las novelas de L. M. Alcott. Claro está que él tenía el encanto de la mocedad y el ímpetu de ser un hombre de familia, porque la cierta verdad es que al igual que su suegro veía innecesaria la profesión de su mujer. Pero como hasta el momento no había inconvenientes todo iba desarrollándose con la tierna cocción de un  dulce de damasco.
      Tanto pidió Gabriel un hermanito que sus padres se esforzaron y cumplieron el capricho fraterno. En junio de 1972 nació el tan deseado Lucas. Obviamente que cuando Gabriel advirtió los peligros de la sucesión del cariño materno la novedad pasó a ser un estorbo y el cariño comenzó a albergar un cierto fastidio indiferente. Pero lo pequeñito siempre termina ganando y la ternura de Lucas siempre conseguí destronar los celos del primogénito.
     El problema real no eran los hermanos, sino los jóvenes padres que comenzaron a ver como el dinero se escurría desde el banco hacía otro vecino del mismo rubro.
     Alicia decidió abandonar sus amadas clases y comenzar a desempeñarse como moza en un café, que  influido por atisbos de modernidad jugaba a competir con aquellos cafés de películas norteamericanas. No podía concebir como había concluida su vida en un intento frustrado de moza  envuelta en rosado uniforme. Entonces su sonrisa de trocó en mueca, su cariño en fastidio y su alegría en recuerdo. Ricardo no ayudaba, y no hacía más que concatenar una larga salmodia de reclamos. 
     Aires de cambio comenzaron a soplar en el café de la calle 9 de julio, aires del interior en un bar porteño, aires e comenzaron a inquietar a la rosada Alicia. Al mes de atener semanalmente al cliente que proveía del aire,  estaba indefectiblemente enamorada de otro Ricardo. Pasó otro mes y la duda tuvo sentido, no había otra salida, tenía que pedirle a Ricardo I el divorcio. Su gran problema siempre fue el impulso, ante la gravedad de los hechos Ricardo I no tuvo otra salida que darle una solución legal al bochorno. El real desvergonzado, el destructor de familias se evaporó. En tres meses, Alicia se encontró sola, con dos hijos y un sólo sueldo. Era demasiada carga para una pobre mujer que todavía soñaba con sus versos. Pero el tiempo no siempre es tirano y se encanta de jóvenes apasionados. El que siempre es pícaro es el encanto del amor, que se encegueció por mostrarle a Alicia que el nombre no encerraba ningún maleficio. 
    Ocurrió de día, en una tarde de calor húmedo, que dibujaba surcos de sudor en el rostro de Alicia, mientras llevaba a sus dos niños, ya no pequeños al circo. La playa circense no tenía más encanto que el de una granja, pero el trapecista le pintó los ojos de esperanza. Lo verdaderamente interesante es que nuestro Ricardo III se perdió entrañablemente en la figura de Alicia. tanto fue el embeleso que el salto fue tardío y la caída un sólo estrépito. Ella había advertido, turbada, la mirada, por lo cual no pudo menos que interesarse por este nuevo Ricardo. Tanta fue la atención prodigada que el amor no tardó en salir a flote y luego de algunos meses el casamiento era más un deseo que una solución.
     Alicia pasó a ser el centro de la vida de Ricardo II, el circo ganó una nueva atracción y los hijos un nuevo padre. Hubo un cierto conflicto de identidades padre- hijo, pero prontamente los niños aprendieron el oficio circense.  Recuperaron la risa y alegría de una madre que desplegaba alas de libertad gracias al oficio de poetisa y al descubrimiento de un amor recurrente ubicado luego de un largo recorrido dinástico.
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lunes, 12 de septiembre de 2011

Sin título

Esto si es terrible, producto de una mente  de niña (tengan en cuenta que leía a Louise May Alcott y vi muchas pelis de Disney), lo releía y corregía muchos errores de tipeo, de puntuación, faltaban muchísimos acentos, una cosa fea realmente. Tuve la tentación de recortar, reescribir, pero le debo esto a algunos amigos.

Se llamaba Iván había nacido una noche de crudo invierno en Moscú,  donde el aire gélido se filtraba por aquel carromato ya algo desvencijado, que nunca  dejaba de acompañarlos por sus giras.
            Sus padres estaban trabajando en el circo de los Espectaculares Rosinsky. Aquella  noche su madre, Marie, sintió que llegaba el  momento de traerlo a este  mundo. Las fuertes punzadas de las contracciones no lo dejaban respirar, pero se las ingenió para pararse al lado del lecho improvisado. Cerró los ojos y respirando profundamente trató de serenarse. Miró  la silueta de su marido que dormía serenamente,  miró su bello rostro y recordó. Recordó aquel momento en el que decidió quedarse a su lado  más allá de sus  propios  temores.
            Cuatro años atrás, ella tenía una vida calma en su Toulouse natal.  Pero tanta tranquilidad no hacía otra cosa que agobiarla. Ella sentía su cuerpo vibrar de energía, que no encontraba forma de agotar, sentía una ansias locas de correr de viajar de conocer. En un intento de lograrlo pasaba su día imaginando como sería una vida distinta, en aquellos sitios de los cuales no conocía más que  un nombre recóndito  de algún mapa . Su sangre bullía por ser libre.
            Siendo chica, en una feria de pueblo, había visto una hermosísima  mujer  que cantaba unas delicadas y tiernas melodías, totalmente desconocidas en esos lugares. No pudo más que quedarse mirándola como si cada nota  la elevara un poco  más, la felicidad que transmitían sus ojos era increíble, su cuerpo  parecía  volar al ritmo de aquella dulce música. Marie con sus cortos siete años se asombró tanto que su madre no sabía  cómo arrancarla del lugar. Desde ese día ansió hacer lo  mismo,  poseer, transmitir tanta magia. Allí comenzó su gran secreto, ese era su escape cuando la rutina de la casa, de esas labores tediosas y obligaciones sin sentido las presionaban tanto que se llegaba a sentir como  un  simple engranaje de una gran maquinaria, un ser alienado. Corría lejos y ya donde no alcanzaba a ver su diminuta casa blanca, que se transformaba apenas en  un punto, comenzaba a cantar lo poco que recordaba y la mayoría de las veces terminaba improvisando. Riendo se  daba cuenta  que recordaba  un poco las  melodías pero no  las letras, entonces comenzaba  a inventar. Trataba de hacer algo nuevo, de sentir que era capaz de hacer algo más  que cumplir su destino de casarse  y tener  hijos.
            No podía de compartir con nadie su secreto y sus inquietudes, sabía  que  no era algo que  iban a comprender, y de lo único que serviría era para que la tacharan de excéntrica cuando no de  loca, como hacía  con todos aquellos que  buscaban algo más  de  la vida  que  no fuera la correcto y lo debido, Sabía que si contaba lo que hacía  en sus ratos libres, la tremenda  pasión que se despertaba en su  cuerpo cuando podía  liberar  su  voz tratando a la vez de hacer lo  mismo con su alma, sabía bien que   hasta sus propias amigas le dirían que era algo sin sentido, sin utilidad.
            En  una ocasión le sugirió a su padre que  ya habiendo cumplido  los veinte años podía viajar a la ciudad en  busca de  alguna tienda donde emplearse.  Marie anhelaba, soñaba con esa independencia que la  haría libre. La respuesta de aquel fue tajante:
-Marie, tú eres  mi niña, tu lugar es aquí con tus  padres, en tu casa... solo nos dejarás el día que decidas irte  para formar tu  propia familia. No vas a salir de aquí para  ir a trabajar como si no tuvieras una familia que te sostenga y cuide de vos.
            Marie no se atrevió a contradecirlo sabiendo que de nada serviría, la última palabra de su   padre era algo indiscutible. Pero Marie en su corazón tenía la certeza de que  no iba a cumplirse lo que su padre dijera. Ella sabía que  no  iba a encadenarse a otro destino que el de su ansiada libertad. Ella amaba profundamente a sus padres, sus hermanos,   pero  necesitaba sentirse independiente, volar,  conocer todo aquello que  ellos  jamás verían.
            La vida de su familia se reducía a los límites del pueblo, de ese pueblo calmo, donde el acontecimiento más importante era el tañir de las campanas invitando a la misa dominical, misa inevitable que marcaba el ritmo de todas las vidas, misa que marcaba la  monotonía del pueblo.
            El día que el circo llegó a su pueblo, ella argumentó de todas las formas  posibles para  lograr un rato de asueto, su madre creía que era una  pérdida total de tiempo, Marie le pidió tranquilamente, no podía encontrar un motivo concreto  para lograr el    permiso, pero casi con un ruego en los labios le dijo a su  madre
-Mamá, solo quiero conocer un circo de verdad, solo es un rato, podría llevar a alguno de los niños, no  salen mucho...deberían divertirse un poco más.
Pocas eran las  ocasiones en que los circos llegaban a su pueblo, y si bien Marie había visto en ocasiones espectáculos aislados, nunca en su  pueblo se había  presentando un circo tan grandioso como avizoraban los anuncios.
            Por fin su madre, una  mujer de campo, severa, curtida  por las labores,  la  miró con sus profundos ojos azules que casi eran transparentes, y le dijo con esa voz  que siempre sonó  cansada:
- Si alcanzas a sacudir antes todas las mantas  puedes ir...pero lleva a Françoise, tal vez lo  disfrute, después de todo no es más que un niño.
  Su madre  la miró con amor y una inexplicable tristeza se traslucía en sus ojos   mientras le hablaba, como si  presagiara el destino tan distinto que su hija viviría. Destino diferente de lo que ella siempre soñó para Marie. Ella era tan distinta a todas  las chicas del  pueblo, siempre parecía estar esperando algo, algo rotundo. Cuando miraba a su hija tenía la sensación de ver un caballo acorralado que busca correr por las praderas, pero sacudiendo esos pensamientos de su cabeza siguió amasando el pastel con el que esperaba a su marido, que regresaba de los cultivos. Esperaba que su  hija terminara resignándose al destino, como  hacían todas, como hizo ella  misma,  de dedicarse a los que las familias hacían desde siempre en aquel pueblo. Aunque  cada día temía que eso no fuera así, en los ojos de Marie había una  gran determinación, fuerza, furia contenida con la que trataba de demostrar en la quietud que  más allá de sus temores estaba viva. La rutina ya era una costumbre para esa madre que deja sus sueños para formar la debida familia.
            No podía  dejar de ver en Marie su propia juventud con los mismos deseos y los mismos anhelos. Lo único que marcaba la diferencia entre ellos, era que esa madre  supo resignarse, no quiso pero debió hacerlo. En cambio Marie llevaba en su sangre rebeldía, quería vivir según sus deseos, Quería gritarle al  mundo que era dueña de su vida, que su libertad  no era gobernable. En  lo más profundo de su alma, sabía que su hija iba a cumplir lo  que ella no se animo a concretar. Como madre sufría el dolor de saber que algún día su hija partiría de su lado, pero esto  también la llenaba de orgullo, la pasión de Marie hacía que su madre a veces se molestara, porque eso la llevaba a ser terriblemente indómita, pero en su interior amaba a su  hija por ser tan valiente.
            Marie en ese instante, sin perder el tiempo corrió a realizar sus tareas. Apenas hubo terminado corrió a peinarse, a  ponerse algo mas abrigado y a las apuradas arregló a  su hermanito, aunque con mucha dulzura ya que gracias a él  podía cumplir su deseo de ver el gran circo el de los Espectaculares Rosinsky. Françoise  no  entendía porque su  hermana estaba tan contenta, pero no dijo nada, solo la siguió, siempre se divertía con ella, contaba las  historias más fantásticas que jamás escuchó. En sus cortos ocho años no  podía comprender que era   solo la frondosa imaginación de su hermana, y también sus más profundo secretos.
            Marie recorrió con su mirada desbordante de dulzura a su esposo que dormitaba a su lado, recordó con ternura aquel primer día que lo vio. Aquella tarde entró al circo,  inhibida por la atmósfera de fiesta que había en aquella carpa. Se sentó con Françoise, lo más cerca  posible de la pista a fin de no perder el más mínimo detalle. Una música que al principio era suave comenzó a cobrar mayor fuerza e invadió el lugar, a partir de allí comenzó la seguidilla de los distintos números. Quedaron maravillados ante aquél gran espectáculo, era increíble la magia que desplegaron tan solo en unos segundos.
            El  presentador advirtió que se prepararan para el gran número, aquel tan espectacular, el más grande de todos los tiempos. Expectantes todos miraron hacia el trapecio. Sin embargo Marie no les prestó atención, simplemente volvió su mirada hacia la dirección contraria. Y simplemente lo vio,  no era el gran trapecista a quien todos  miraban azorados. Era un clown que estaba preparándose para su número. Una  gran ternura la embargo al  notar la  gran atención con  las que realizaba  los  preparativos, Nunca  había visto un rostro tan  hermoso, su piel era blanquísima y en su rostro  resaltaban sus ojos negros inmensos. Marie quedó maravillada, tan mágico fue  en el momento que se olvidó de disimular. No  podía  apartar su mirada de aquella figura, él, acostumbrado a las  miradas de  las  personas cuando realizaba  un número, sintió un atención distinta, se dio vuelta y encontró esos otros ojos. Marie sin saber  que hacer agachó  tímidamente  su cara,  pensó que se actitud había sido descarada, pero a  pesar de ello no sintió vergüenza. Él notando el rubor repentino de sus mejillas, se acercó hacía ella y simplemente le dijo:
-Me llamó Andrea ¿Vos?
Marie levantó su cara al escuchar esa voz extraña, si bien entendía lo que decía notó  un tono extraño. Por suerte si bien el era italiano hablaba el francés lo suficiente como para que pudieran entenderse perfectamente.  Hablaron cosas sin importancia aparente, el atropellando el silencio le contó su historia, quería deslumbrarla. Así ella se enteró que  él había nacido en Silicia. , su madre había  muerto siendo el todavía un  niño. Padre no había tenido, aquel había sido un hijo de buena familia que no  quiso saber  nada de reconocer al fruto de una simple noche con una campesina .Solo le acercó dinero a su madre como para alivianar su conciencia ante el  problema. Cuando su madre murió , su   tío se encargó un tiempo de él, pero finalmente lo entregó al circo. Prácticamente toda su familia era el circo.
            Él la  miraba y no  podía pensar lo que decía, inundó el aire con detalles de su vida que nadie pedía… y solo pensaba en ella tan bella.   Por primera vez no hizo  su número,  simplemente se quedaron juntos, hablaron sin darse cuenta de lo que ocurría. Como si el tiempo estuviese detenido mágicamente, todo parecía un sueño, sueño del cual  no querían despertar por miedo a volver a perderse en la vorágine de un mundo sin tiempos ni esperanzas.  Mientras hablaban sus ojos se descubrían. Andrea supo que mirando los ojos de esa joven mujer estaba viendo el rostro de  la única mujer que iba a amar en su vida. Trataba de descubrir cuál era el encanto que tenía en sus ojos cuando advirtió la sinceridad con que ella lo miraba. Fue un amor profundo sin temores vergüenza o vacilaciones, se amaron descubriendo que toda la vida se habían estado buscando. Admirados de tanta  felicidad sintieron la fuerza del amor real.
            Cuando terminó  la  función, Françoise, tiró de la manga del saco de Marie,  y volvió a la realidad. Marie atontada advirtió que si no se iban en ese  momento  llegarían demasiado tarde a  la casa. Ella no sabía cómo decirle que quería volver a verlo. Andre supo adivinar lo que sus ojos  querían y le   pidió verla. Era mágico como desde ese  primer momento supieron entenderse con miradas, casi sin hablar, no había distancias entre ellos. Marie se levantó del asiento, tomó de la mano a Françoise mientras le decía a Andrea:
-Hasta mañana-
y con un gesto  precipitado acercó  su cara a Andrea y  besó suavemente la  mejilla. Él se asombro ante el contacto imprevisto  y  no pudo dejar de experimentar una terrible sensación de necesidad de aproximarse a ella. No lo pudo controlar, y se enojó consigo mismo por tanta imprudencia. Pero esa noche no dejo de   pensar en lo último que escucho de la boca de Marie "mañana", esa  palabra fue su esperanza. Por primera vez su alma sintió la urgencia del amor real.
            Al día siguiente por la tarde,  mientras él practicaba sus acrobacias, las que aprendía con Iván, casi un padre  para él, Marie entró a la carpa. Se quedaron  mirándose como si se conocieran de toda una vida, ella estaba estática, sin saber que decir, toda la  mañana había estado pensando qué hacer, sabía que era una imprudencia, algo impropio eso es lo que diría su padre. Pero no pudo evitar ir a buscarlo, se preguntaba porque sentía tanta atracción. Varios fueron los que trataron de seducir a Marie, y uno a uno ella los descartaba porque ninguno le agradaba, no despertaban en ella el más mínimo interés. En cambio ahora todo era distinto, sentía ganas de seguir conociéndolo, de sentir su voz, escuchar sus historias, de verlo. Andrea se acercó a al verla y le dijo:
- No esperaba verte, realmente no creí que fueras a venir-  y casi en un susurro agregó- pensé que no te interesaba.
A Marie le sorprendieron estas palabras, también un poco le molestaron, pero simplemente lo  miro a los ojos y le dijo:
- Yo no miento, nunca  lo hago, y no tengo interés en comenzar a hacerlo ahora con vos... Yo no te voy a mentir Andrea.
            Y tratando de dar crédito a sus palabras, se acercó a él y lo besó tímidamente. Andrea no pudo dejar de conmoverse por tanta seriedad y sencillez. Se quedo mirándola, tratando de adivinar  como tenía que actuar. Pensó que si ella, que  lo  había visto tan solo una vez, volvía a buscarlo era  por algo,  y ese algo era muy distinto a lo que todas las chicas buscaban en él. Ninguna antes se animó a conocerlo como ella quería ahora, nadie lo miró como ella,con tanta humildad , y seguridad. Nunca nadie se había animado a amarlo como ella, por el miedo a perderlo. Pero Marie no pensaba en eso. Miró a Marie y  mientras la abrazaba simplemente le dijo
- Volviste tal cual me dijiste-
Marie se aproximo aún más a él, perdiéndose en sus  brazos. El sonrió mientras ella le acariciaba su largo pelo, que le caía desordenadamente por la frente. Mientras buscaba sus manos ella se sincero mientras lo miraba limpiamente a esos ojos que la cautivaron desde el primer momento.
- Si volví, por vos, porque deseaba mucho verte-
El jugueteando con sus manos le contestó:
- Marie, todo lo que soy lo podes ver acá, yo voy a ser sincero con vos, no voy lastimarte. Yo no quiero  jugar. Solo busco un poco de amor.
Ella se sobresaltó un poco antes esta rápida revelación, pero no se molestó, su corazón comenzó a agitarse de admiración y cariño por aquel joven que le desnudaba su alma. Se quedo estática mirándolo sin saber que contestar. Él creyó haber hablado demasiado y le soltó las manos:
- Esta bien, entiendo que no  busques lo mismo, solo debes saber lo que a mí me pasa. Marie no tengo ánimos de jugar con vos, tampoco deseo estar con alguien que no quiera jugársela por lo que sueña. Ya sufrí demasiado regalándome en esas relaciones vacías. No quiero... no quiero de vuelta lo mismo. Por eso te digo estas cosas. No sirve de nada perder el tiempo...
Marie miraba como él había cambiado su actitud. No quería dejar que él pensara tan solo un minuto que ella quería jugar con él. Trato de pensar cómo explicarle toda esa angustia que sentía en ese momento, como demostrarle en palabras ese terrible ahogo que sentía, tanto miedo y tanta felicidad a la vez. Entonces decidió, tomó su cara entres sus manos y lo beso largamente. El se perdió en los labios de ella, aquella que desde el principio supo lo que le correspondía.
Esa tarde pareció eterna. Mágicamente todo estaba detenido a su favor, para que pudieran compartir la frescura del conocerse. Toda esa tarde estuvieron juntos, compartiéndose, revelándose, y disfrutando el encantamiento del amor, enredándose en caricias besos y más revelaciones.
A partir de ese día comenzaron a verse todas las tardes, luego que terminaban las funciones, él la buscaba en el bosque cercano a  la casa de Marie, aprovechando que ella salía a pasear con su hermanito. Francoise el hermano menor de Marie era tan activo, tan lleno de vida, que su madre decidió que todas las noches debía agotarse a fin de descansar como es debido. El destino parecía totalmente digitado a favor de ellos, era casi mágico. Era poco lo que podían hablar, si se demoraba más de lo acostumbrado su madre dudaría. Marie sabía que su madre ya había descubierto el brillo de sus ojos y la felicidad en su voz.
Marie era hermosa, las chicas del pueblo envidiaban el color cielos de sus ojos, heredado de su madre, su pelo negro caía en bucles, tenía un rostro precioso, casi parecía un ángel. En sus veintitrés años, nunca se había visto así, nunca se había enamorado de nadie, su madre ya temía que se quedase soltera. Marie sabía que su felicidad era notoria.
Ellos esperaban todo el día con ansias de verse, Andrea se descuido tanto en los ensayos que su familia del circo comenzó a sospechar. En el circo todos formaban una inmensa y unida familia. En las noches se reunían, formaban grandes círculos y compartían historias y recuerdos. Era la tradición, la historia y vida del circo que se transmitía de esa forma. Esa noche volvieron a hacerlo, habían pasado ya dos largos mese y todos sabían que llegaba el momento de volver a partir, buscando un nuevo pueblo. Esa noche ya nadie dudó de lo que le sucedía a Andrea. Iván, era un padre para Andrea, él había  lo tomado bajo su cuidado apenas llegó al circo. El sentimiento que tenían era tan fuete que no hacían falta palabras que explicaran, había llegado el momento.  Iván conocía ese dolor, acercándose a Andrea lo miro a los ojos, apenas lo hizo vio en sus ojos aquello que siempre quiso evitar. Esa mezcla infame de amor con la certidumbre del sueño imposible, ese deseo ardiente, ese anhelo sumido en la más dura resignación.
Andrea tenía en ese entonces veintiséis años, había conocido muchas chicas... Ivan solía bromear diciéndole que había conocido demasiadas. Pero no se había enamorado de ninguna. Muchas habían tratado de seducirlo, de amarrarlo a su puerto, él quiso a todas, pero no se enamoró de ninguna. Iván sabía que Andrea mantenía una prudente distancia del amor, como una defensa  para no sufrirlo. Solo que con Marie de nada le sirvieron sus mecanismos, ella había quebrantado todos sus límites. Él sabía que podía vivir sin ella, desde chico había aprendido a convivir con el vacío. Sólo que Marie había logrado que él deseara dejar atrás su soledad. Sabía que podía vivir sin ella pero no quería.
Ivan con una compresión infinita  le tocó el hombro mientras se sentaba a su lado. Andrea no dijo nada, tenía la mirada perdida en sus sueños ahora desvanecidos. Ivan rompió el silencio, diciendo lo que ya sabían pero que de todas formas era necesario decir:
-Hijo, llegó el momento de partir, debemos prepararnos para seguir...
-Ya lo se...  -dijo Andrea y como queriendo convencerse gritó con furia- ¡Ya lo sé! Sé que debemos partir, solo que esta vez es distinto. Ahora no voy a partir en paz. Ni siquiera tengo expectativas de conocer el próximo pueblo. Ahora tengo que partir dejando atrás a la única persona que me dio esperanzas. A la única que ame y que voy a seguir amando... que amo... - y no siguió hablando, sentía que  su voz flaqueaba.
-¡Andrea! Sabés como nuestro destino, sabés que la  vida que llevamos no tiene raíces, nada nos ata y esa es la clave que nos permite seguir viviendo libres, mostrando lo que amamos hacer, volando libres... Vivimos así y amamos hacerlo. Pero Marie es distinta... y debes entenderlo y respetarlo.
Andrea lo miro fijamente: -¡¿Acaso crees que no lo sé padre?! ¿Por qué crees que siento que no voy a poder seguir? No puedo pedirle nada porque no puedo ofrecerle lo que ella merece.No tengo nada que ofrecerle... Ella nació  y vivió ¡aquí! Con su familia! Aquí... y yo... yo no  puedo... -
Y no pudo seguir hablando, porque, finalmente la angustia  le dio lugar a que las lagrimas rodaran por sus mejillas como queriendo enjuagar el dolor que había en su corazón.
-Andrea, hijo, no estás solo, todos vamos a acompañarte como siempre hicimos, como la familia que somos. Pero, hijo, tienes que aprender que en la vida también debemos aprender a decir adiós.
Cuando escuchó estas palabras enfureció, se levantó precipitadamente y casi gritando dijo: - ¿Acaso no lo hago siempre? ¿Acaso vos que me criaste no sabés que jamás logre sentir por nadie lo que amo a Marie? ¡No podés decirme eso a mí, no tenés derecho, yo siempre controlo todo para no sentir esto! Para no tener que decir ese adiós del que ahora me hablas ¡cómo si fuera una novedad!
Andrea se enfrentaba a Iván como queriendo lograr entender la vorágine de emociones que no lo dejaban razonar. Iván trataba de serenarlo.
- Hijo, no te enojes conmigo, sabés desde siempre cuál es tu destino, y también sabés ,aunque no lo quieras admitir, que ella no tiene lugar en ese destino.
- Si, ya sé, solo que yo tampoco voy a poder seguir... no voy a poder- y ya no podía hablar, ya era demasiado el dolor que trataba de escaparse en sus lágrimas.
Iván lo miraba con dolor, sabiendo que esa herida abierta, él ya no podía curarla, sabiendo que ya no tenía a su niño enfrente, sino a un hombre que se enfrentaba con sus propios sueños  y riegos. Iván abrazó a Andrea como queriendo de esa forma contenerlo mientras le decía.
- Siempre voy a estar con vos hijo mío, y aunque me duela decirlo y verte así, sabés bien lo que tenés que hacer..
- Si lo sé y lo voy  a hacer, no te preocupes, pero sabe algo, este amor y este dolor no van a cesar nunca, ¿entendés? Yo sé que a pesar de irme de acá, jamás voy a irme realmente, porque ella va a estar acá
Luego de decir eso ya no puedo más, su corazón se quebró por tanta angustia, lloró con un desconsuelo enorme. Ya no pudo seguir hablando, solo lloró, por tanto dolor, tantos sueños rotos, por tener que aceptar que más allá del amor que se tenían sus vidas eran incompatibles. Lloró por no tener el derecho de llevarse e a Marie. Simplemente lloró. Iván se quedó toda la noche con él, como cuando era niño y  enfermaba. Pero sabiendo que ahora ya no podía ayudarlos, solo acompañarlo.
Hasta que llegó el día del adiós, ese día no pudieron mirarse a los ojos. Solo caminaron en silencio, hasta que Andrea se animó a hablar:
-Ésta es mi vida Marie, tengo que partir mañana, no tengo más que ofrecer que las risas que pude provocar, la alegría que puedo regalar- y no seguir, tal vez porque no había más que decir. No quiso mirarla para que ella no adivinara porque tenía los ojos brillantes. Le soltó la mano para irse.
Marie estaba desencajada, todo era una revolución de sentimientos, no sabía que decir que hacer, solo tenía la certeza que no podía dejarlo partir, no podía perder a esa persona que le había demostrado lo que era amar. No podía perderlo sabiendo que si lo hacía jamás iba a perdonárselo. No iba a dejarlo ir. Con él había sentido deseos de formar una familia, de darle hijos, de envejecer a su lado compartiendo el ocaso de sus días. Marie tenía miedo, miedo de no poder seguir adelante sin él, de perder la alegría, de no poder soñar sin él. Tenía más miedo a perderlo que a ninguna otra cosa, entonces supocuálera su destino, tomó entre sus manos el rostro de Andrea y mirándolo con una ternura infinita le dijo:
- Andrea, no puedo, no quiero ahora volver a vivir como antes. Ya nada es lo mismo, cuando llegaste no sólo abriste una verdad que me colmó el corazón. Me has dado tanto amor tanta felicidad que me has cambiado la vida. Y yo no quiero seguir viviendo como antes sin vos, ¿de que me sirve tanta tranquilidad, tanta corrección, tanta rutina si no voy  a estar a tu lado? Si vos te vas, si tenés que hacerlo, los dos nos vamos a ir. Mi vida está al lado de la tuya...
Él no podía creerlo, en algún momento pensó que Marie iba a querer irse con él. Pero también lo dudo, esto era mucho más de lo que había soñado, ella tenía tanta determinación. Tanto amor lo deslumbró, ella le dio lo que él sentía que no podía pedir. Esa noche se despidieron con un beso, que fue el más profundo, fue el sabor de una esperanza hecha realidad.
Cuando Marie llegó a su casa estaba temblando, de ansiedad y felicidad. Pero también había un dejo de tristeza, no era fácil dejar atrás a su familia, su vida y su lugar. Por más que siempre deseo con todo su corazón un cambio, sufría al ver toda esa realidad que pasaría a ser tan solo  un recuerdo. Esperó a que todos durmieran, juntó un poco de ropa, y tratando de cobrar coraje beso a su hermanito y salió de su casa. Murmuró un leve perdón para sus padres, sabía que no tenía sentido despertarlos, en ese caso la confrontación y el dolor hubiera sido mayor. No era cobardía, tampoco deseos de huir, simplemente creyó que era mejor de esa forma. Prefirió irse en silencio, solo dejo una carta diciendo que los amaba, pero que se iba para comenzar una vida que sin  Andrea no hubiera tenido jamás. Admitiendo que luego de haberlo conocido, no podía ser feliz si no era a su lado, y suplicando tratarán de entender y respetar su decisión. Parada en la puerta de su casa miró por última vez hacia lo que fue su hogar, y en esa última mirada, en esa lágrima que cayó  silenciosa por su mejilla, en ese delicado entornar la puerta, allí comprendió su adiós.
Marie cerró los ojos, mientras las lágrimas rodaban por su cara, se permitió llorar porque solo ella podía comprender, solo ella podía entender el dolor que causaría en sus padres. Mientras caminaba hacia el lugar que había acordado con Andrea, sentía emocionada que después de ese momento ya no tenía retorno. Sabía que  sus padres jamás perdonarían tal traición, pues esa era la forma en que él lo sentiría. Su madre si lo haría pero nunca dejaría de sentir la ausencia de su princesa.
Sin darse cuenta de que la distancia había concluido, encontró a Andrea. Cuando lo vio echó sus brazos al cuello y lloró amargamente. Él trató de serenarla mientras ella le decía nerviosamente:
- Ya se me va a pasar, solo dame un poco de tiempo, es muy duro para mi dejarlos atrás- y sollozando agregó- solo unos minutos-
Al escuchar esto, él reaccionó: - No, no creo que se te pase nunca, no podemos hacer esto así - y mirándola fijamente a los ojos le dijo- No podemos hacer esto de esta forma, no tiene sentido huir.
Ella lo interrumpió nerviosamente: - ¿Qué es lo que no tiene sentido? ¿Acaso no tiene sentido que yo me vaya con vos? ¿no es eso lo que queremos?
Andrea trató de esperar a que ella se calmara un poco antes de contestarle, simplemente la miraba. Hasta que ella comenzó a serenarse y a dejar de llorar. Entonces habló:
- Marie, escucha bien lo que voy a decirte, trata de entender bien lo que digo. Lo que digo es que no tiene sentido huir, si nos vamos así no voy a poder enfrentarme a tu padres. No merecemos huir como si estuviéramos haciendo algo terrible. Creo que debemos hablar con tu familia.
- ¿Estás seguro  de eso? Realmente yo no sé si eso es lo mejor, no creo que papá acepte esto.
- Esto va más allá de eso. Marie, él va a tener que entenderlo, aceptarlo, como quiera decirlo. Pero yo no me voy a ir escapando como si fuera un ladrón. Creo que los dos sabemos bien que no podemos empezar si antes no nos enfrentamos a nuestro temores. Después de todo, por lo menos hablando con tu padre, no sé si voy a lograr su aprobación pero si su respeto.
Marie lo escuchaba y sentía cada vez más seguridad, se daba cuenta en ese momento de la magnitud de su respeto. Marie no dijo nada, solo lo abrazó pero ya no llorando sino con una sonrisa en su cara. El la miraba tiernamente. Como hizo siempre, con ese amor inacabable, ese encanto increíble del primer y único amor.
-Está bien mi amor, mañana vamos a hablar con papá. Pero esta noche no mi amor, esta noche somos solo los dos-
Andrea la tomó entres sus brazos como tratando de protegerla del futuro incierto, no quería que nada dañase ese momento. Pero necesitaba hacerle una última pregunta, no podía quedarse con ninguna duda. La apartó suavemente mientras preguntaba:
- ¿Estás segura de querer hacer esto Marie? No podrá soportar perderte... Pero si dudas de algo decilo ahora, aunque me duela, te voy a entender.
Ella  lo miró tratando de demostrarle toda la fe y esperanza que tenía en él, quiso que el viera certeza y seguridad. Y supo que ya no tenía forma de demostrarle con palabras aquello que su cuerpo le demostraba temblando cada vez que lo veía.  Simplemente lo abrazó y lo beso perdiéndose en sus labios. Se amaron con la seguridad de haberse encontrado, después de haberse buscado toda la vida. Durmieron abrazados, bien juntos, disfrutándose.
Al día siguiente cuando Marie despertó notó que Andrea no estaba a su lado. Lo buscó y no lo halló en ningún lado. Nerviosamente resolvió esperarlo. Se vistió y ya demasiado ansiosa salió a buscarlo. Intranquila, buscó a Iván, por lo menos él sabría en donde se había metido Andrea. No le costó mucho encontrarlo, apenas salió del carromato lo vio sentado, la estaba esperando:
- Buenos días hija.  Es lindo día el que empieza.
- Si. ¿Iván donde está Andrea? Salió y no dijo nada,  hoy íbamos a ir a hablar con mis padres.
Iván la miró tratando de no revelarle lo que ella sospechaba, pero notando la ansiedad y temor de sus ojos no pudo más que decirle
- Él fue a buscar a tu padre, Marie, creyó que le correspondía ir solo, y la verdad es que yo también creí que era lo mejor- admitió Iván algo confuso por la inquietud de Marie.
Ella sintió miedo, conocía a su padre, y sabía que perdía el control cuando se enfurecía. Pensando en eso se desesperó, no podía creer que se hubiera ido  de esa forma. Comenzó a correr hacía su casa, creía que podría llegar antes de que pelearan. Estaba llegando a la puerta de su casa y se detuvo. Trato de escuchar y se asombró de la calma que s escuchaba. Entró despacio, buscando con la mirada a Andrea. Pero solo se encontró con los ojos húmedos de su madre. Al verla su madre se acercó hacía ella y tomándole las manos le dijo lo que ella no se animó a preguntarle pero que en sus ojos se veía:
- No te preocupes hija, están en el patio hablando pero no han discutido. Esta mañana vimos tu carta hija- su madre la miró profundamente pero no había reproche en su mirada- Tu papá la encontró, solo se sentó a leerla y luego lloró mucho...mucho hija.-le decía mientras sollozaba- esto duele hija, duele ver que nos dejas. Pero tu padre ha decidido respetarte, le duele mucho todo esto, hija, pero sé que, aunque le va a costar, algún día va a perdonarte.
Marie no dijo nada, no tenía sentido discutir nada, solo abrazó a su madre y espero que terminara de alguna forma de comprenderla. Esa fue una de las únicas veces que se sentó con su madre a esperar en silencio, no hablaron nada, parecía que no tenía sentido,  ya todo estaba dicho y sino no era así tampoco hacía falta decirlo.
La espera fue eterna, cuando al fin su padre regresó, todo fue distinto a lo que ella supuso. Esperaba ver llegar a su padre enfurecido y a Andrea desalentado. Su padre estaba totalmente abatido, con la mirada vencida, pero conservando su  dignidad su entereza. Miró a Marie tratando de descubrir en que momento su niña se había convertido en una mujer  dispuesta  incluso a desafiarlo.. Emocionado  y como pidiéndole perdón por demostrarle su debilidad, la abrazo fuertemente, mientras las lágrimas lo vencían, hasta calmarse. La separó y le dijo:
- Ve con Dios hija  , este es un buen muchacho, no lo que hubiera deseado yo para vos, pero lo elegiste...Ve con Dios hija, yo te doy mi bendición y mi paz.
Mientras terminaba de decir esto, estrechó la mano de Andrea y se fue. Volvió a su campo a terminar sus labores, a desahogarse en su trabajo.
Marie nunca olvido ese día, nunca quiso preguntarle a Andrea que era lo que había hablado con su padre .Pero sabía que ese día había sido un principio y un adiós.
         Volvió de sus recuerdos por el dolor inmenso de las contracciones. Despertó suavemente a Andrea tocándole en el hombro. El despertó  sobresaltado. Se incorporó de un salto,  diciéndole nerviosamente:
- No te preocupes Marie no te preocupes voy a buscar una partera del circo... dame un minuto y quedate tranquila- mientras decía todo esto temblaba como una hoja.
A Marie no dejó de causarle gracia la prisa atropellada con la que le dijo- No tardo nada en regresar.
 Al volver hizo todo lo que la partera le dijo, mientras Andrea sentado atrás suyo la abrazaba y sostenía  mientras el bebe nacía. Todos salió bien, Iván llegó rápido y sin complicaciones.
Andrea  no   podía creer lo milagroso de ver nacer a su hijo. Cuando estuvo ya limpio de sangre, lo alzo y se lo entregó a Marie. Estuvieron juntos, simplemente haciéndole caricias, y disfrutando ese primer momentos. Hasta que luego de un buen rato , Marie se había quedó adormilada, extenuada. El se acostó lentamente a su lado, tratando de no despertarla. Andrea estaba feliz, su corazón desbordaba de amor. Acunando a Iván, totalmente conmovido comenzó a cantarle una vieja canción de cuna,  tratando de dormirlo. Hasta que por fin se tranquilizó un poco. Andrea con amor le beso tiernamente la cabecita y luego susurro:
-Vos y tu mama me dieron mi razón de vivir- y quebrándosele la voz agregó- me diste la vida hijo, vos y tu mamá son los que más amó.
Y con una felicidad que jamás pensó tener, se quedo cuidando a su  familia, que siempre deseo pero que nunca espero tener. Allí comenzó la época  más feliz de su vida. Allí donde encontró su amor

domingo, 4 de septiembre de 2011

Sofía

Quería compartir algo viejo y someterlo al criterio de algunos, es algo espantoso el temor al publicarlo. Es un texto torpe, crudo y con miles de carencias, fue fruto de la escritura forzada y se nota, pero acá igualmente lo dejo.

Sofía
Suena el timbre, la profesora no se inmuta y termina de explicar las fórmulas. Ella sabe que si termina en ese momento la clase, los chicos no van a alcanzar a comprender la fórmula del interés francés adecuadamente. Se apresura en la explicación y los chicos anotan apurados, no les interesa la materia, pero si les importa no tener que rendirla en diciembre. La profesora se baja de la tarima y pregunta si entendieron. Todos asienten que sí, aunque sabe que es mentira, gritan y comienzan a salir desordenadamente al recreo, menos Sofía. La profesora suspira largamente, la mira a Sofía y le pregunta con  desganada tranquilidad que está leyendo. El retrato de Dorian Gray responde Sofía con una soberbia tranquila y no dice nada más.
La profesora detiene su mirada en ella, observa esos ojitos ansiosos devorando líneas. Recuerda cuando tenía esa edad, le agradaba leer, pero también charlar con sus amigas, estar al sol, hablar sin importar con quién, tantas cosas que creía ya no podía hacer. A la edad de Sofía no había fuerza posible que la separara de sus amigos, que la obligará a estar sentada por horas para simplemente leer un libro. Adoraba charlar durante  horas  sintiendo que el mundo solo les pertenecía a ellas, ilusión efímera pero que le dio las fuerzas suficientes para comprender que la vida es la búsqueda de la concreción de un sueño, y que si nos atrevemos nuestra vida es un sueño.
 Sofía la inquieta, como le pasa a todo el mundo. Pero no puede dejar de reconocer que todo lo que explica, ella lo comprende. No sabe como lo hace, pero siempre aprueba y responde correctamente cualquier pregunta. Participa de la clase, pero siempre indiferente como si no la escuchara, con la mirada perdida o mirándola con la soberbia del que sabe y se complace en demostrarlo. Cuando tienen alguna ejercitación, Sofía la realiza rápido y luego comienza a leer alguno de sus  libros. Tiene una inteligencia muy perturbadora, y lo inquietante es que no lo demuestra, simplemente  parece uno de esos chicos raros, esos que muchos tildarían de problemáticos antes de tratar de conocerlos..
 Sofía... ¿me podés mirar?. Pasan algunos segundos y Sofi levanta su cabeza, la mira, cansada de ser interrumpida-.Escuchame Sofía, es hermoso que valores tanto la literatura pero sería importante que pudieras compartir con tus compañeros, vivir tu edad. Esto te lo deben haber dicho antes. ¿Por qué no salís al recreo?.
                Sofía la mira  y sonríe, y responde como si fuera una obviedad:
- Porque no quiero interrumpir la vida de Dorian. Usted no comprende profesora, cuando yo leo le doy vida a los personajes, si yo me detengo es como si los matara lentamente. Aparte, prefiero esta vida.
                La profesora se inquieta terriblemente ante la respuesta de Sofía..."prefiero esta vida". Pero se da por vencida, no tiene razones, ni el interés suficiente  para responder, por otro lado su marido la espera a la salida del colegio. La mira con desgano y se va con una sonrisa cínica en los labios, creyendo comprender lo que no alcanza siquiera a vislumbrar.
Sofía se cansa, y sin dejar de leer se para de su banco y sale al recreo. Pasan los minutos del recreo y está sentada en un cantero donde el sol se vuelca iluminando todo. Sus largos dedos blancos se deslizan por las páginas como acariciándolas, su rostro es inmutable. Lo único variable son sus negros ojos, con los cuales lee, con los cuales vive, según sus palabras. Sus ojos viven, ríen, se conmueven. El  flequillo cae desordenadamente sobre su frente, y Sofi lo acomoda con un gesto rápido de fastidio.
                Se acerca la preceptora. Chicos la profesora de francés no va a asistir a clases hoy, se pueden retirar. ¡Ordenadamente! ¡Martínez, si no suelta  a su compañero en este momento tiene amonestaciones, no se lo repito! ¡Martínez!
                Sofía escucha y ríe. Cuando mira a sus compañeros, en algunos momentos en que suspende su lectura, no puede dejar de verlos como animalitos, tan alejados de esas bellas historias de los libros. Tan inmaduros, le molesta que no puedan entender que hay cosas que ya no deben hacer como si fueran niños. Sofía está confundida, no recuerda al personaje leído, que cree ver personificado en el tal Martínez. Ha leído tanto que todo en su cabecita se confunde. Sus compañeros se retiran, pero no se mueve hasta que termina de leer su libro. En diez minutos termina las veinte páginas que le restaban para finalizar el libro. Cierra el libro con nostalgia, nunca logra comprender bien ese sentimiento mezcla de plenitud por conocer la totalidad de la historia, y tristeza, porque, a su vez, conocerla implica haber perdido ese estado inicial de ansiedad, de esperanza, de incertidumbre. Eterna incertidumbre, motor real de la vida, cuando nos animamos. Esa incertidumbre que Sofi no soporta, por eso lee, porque sabe que leyendo siempre tendrá respuestas, o por lo menos cree que tendrá respuestas.
                Se para, camina hacia el curso, guarda sus cosas en su morral y sale del colegio. Camina rápidamente hacia su casa, donde sabe que la espera un libro nuevo, no se detiene por más que sus compañeros la llaman, se van a tomar una coca al parquecito. Mientras camina, recuerda lo que ha pensado desde hace tiempo, y toma la decisión. Llega a su casa, su padre está terminando de pintar el cuadro que le encargaron. Triste vida la de papá, piensa Sofía, pintando por encargo de algunos que creen que debatiendo su obra, son bohemios, creen que son de clase porque creen entender, la ironía es que nunca van a entender. ¡Pobres! no comprenden que el arte no se interpreta, se vive. Sofía se interrumpe al ver el libro que le prestaron, un libro de Cela. Se lo dio su compañero Pedro, con el único que interactúa un poco, se intercambian libros. Sofi  cree que conociendo lo que los demás leen puede conocer lo que otros son, dulce y triste ironía.
                Sofía lee y se sumerge en esa realidad creada, y se aterra con eso que parece un mal sueño. La familia de Pascual Duarte, premio con el que Cela se gano el premio Nobel, lee en la contratapa del libro. No comprende como un libro tan tremendo, tan cruel haya podido ganar ese premio. Pasadas dos horas, se escucha el ruido del cerrojo de la puerta al abrirse. Sofía levanta su mirada, y su rostro se ilumina al ver a su madre. Llega siempre tan cansada, piensa Sofía, pero ya no va a seguir sucediendo, termino la secundaria y me voy a Buenos Aires,  al laburo que me consiguió Pedro. No entiendo mucho a Pedro, pero es linda su actitud de fijarse si podía ayudarme, cuando le comenté que quería vivir  y trabajar en una gran librería.
                Sofía se levanta y prende una hornalla a fin de calentar agua para cebarle unos mates a su madre tiernamente le habla. Mamita, tengo una linda noticia, apenas termine la secundaria viajo a Buenos Aires, Pedro me consiguió, no se por qué contacto, un trabajo en una librería de Buenos Aires. ¿Podés creerlo mamita? Es una de esas librerías viejas, familiares, y como el dueño está muy viejito necesitan un encargado, voy a tener un buen sueldo. Ya no vas a tener que trabajar tanto. Porque de lo que yo gane, que no se cuanto será, te voy a mandar plata para que vos hagas lo que quieras
                El padre de Sofía se ríe con tristeza. Sofía lo mira como espiando el sentido de su risa, interrogándolo con la mirada. Su padre tose y se explica. No te enojes hija mía, vos no entendés que nosotros trabajamos para que vos no lo hagas y estudies lo que desees. Sofía no contesta, sólo vuelve a sumergirse en la lectura, tiene esa actitud indiferente que lastima tanto. Su padre la mira, no recuerda cuando su hija dejó de hablar con ellos, de contarle sus sueños. Tampoco sabe en que momento el gusto por leer se convirtió en la obsesión de leer todo el día, en todos los momentos posibles, y en los imposibles también.
                Pasan los días, pasa la fiesta de egresados. Es un cinco de enero, la terminal parece un hormiguero a punto de explotar con tanta gente. Sofía está sola sentada en un banco, leyendo. Llega su ómnibus y lo toma. Fue sola a la terminal, no quiso que su madre sufriera al verla partir, por ello acordaron que Sofi partiera sola. Tampoco su padre quiso  ir, es de esas personas que nunca comprenden que decir adiós es una parte de la vida, y que viven las despedidas con la amargura de la separación definitiva.
                Son las ocho de la mañana de un martes lluvioso. Sofi abre los ojos, han pasado ya cinco meses de su llegada a Buenos Aires. Se levanta de la cama, se para y comienza lentamente su rutina, ordenando lo que hoy es  su casa. Desayuna rápidamente su café y parte, ella es la encargada de abrir la librería. Está ansiosa, hoy llegan los nuevos libros de España, una editorial independiente reedita autores poco conocidos. Tal vez encuentre  algo interesante, desde hace varios días, ninguna lectura la apasiona realmente, no comprende por qué. Sofía está sentada leyendo,  mejor dicho hojeando  un libro de algún francés. La mañana ha sido tranquila no entra nadie. La lluvia golpea fuertemente las ventanas, tan fuerte que Sofía interrumpe su lectura, y observa. Decide cerrar la librería antes que la lluvia se convierta en aguacero como suele suceder en Buenos Aires.
                Llega empapada a su casa, fue cerrar la puerta de calle de la librería y el diluvio cayó sobre ella. Está en el baño tomando una ducha bien caliente. Disfruta el agua corriendo por su cuerpo frío. Pero al mismo tiempo no puede dejar de sentirse intranquila, algo en su interior le dice que algo no anda bien. Nunca fui de sentir estas cosas, debo estar cansada, piensa. Será acaso que su mente inquieta desea ocuparse, piensa como hacer para no pensar lo que no quiere.
                Ya vestida, se acerca a la cocina y prepara un café, su eterno compañero de noches de insomnio y lectura. Suena el teléfono, al atender, la voz de su madre le advierte que viendo los avisos meteorológicos se enteró de un fuerte temporal que iba a "azotar" a Buenos Aires. Sofía escucha despreocupada, mientras lee un libro de Casona. Se enternece con la entonación preocupada de su madre cuando le explica que dijeron "azotar". No te preocupes mamita, acá llueve un poco, pero estoy bien, estoy segura, cualquier cosa te llamo ¿si?.
                Prohibido suicidarse en primavera. Me gustaría entender que entiende Casona por la primavera, o bien, mejor dicho gustaría entender cual es la idea que yo tengo, a veces creo que no se si soy lo que vivo  o lo que leo. Si mi vida es una ficción leída, o una ficción que yo escribo, o tal vez la vida sea sólo una hoja en blanco en la cual escribo. Pero no puedo dejar de preguntarme, si esa hoja está realmente en blanco o ya la estoy llenando de líneas ajenas. Sofía está bastante preocupada ante estos pensamientos que nunca había tenido tan claramente. Si bien su vida cambió al llegar a Buenos Aires, y leer no volvió a ser lo que siempre había sido para ella, un refugio; si bien se cuestionó el porque de ello, nunca había tenido tan claro lo que pensaba. Tengo miedo, admite para si Sofi.
                Un fuerte trueno resuena en la noche fría y lluviosa, se sobresalta. La lluvia se está convirtiendo en una tormenta amenazadora, y por primera vez ella añora esa vida de hija que dejo atrás para asumir una vida independiente. Cómo querría estar tomando unos mates con la vieja, piensa conmovida.
                Prende el televisor, buscando noticias. Se inquieta al escuchar en el noticiero que la ciudad está en alerta meteorológica. Le parece imposible, pero todos los noticieros hablan de lo mismo, un fuerte temporal va a azotar a Buenos Aires, se esperan alrededor de cinco días de temporal. Recomienda, un señor alto y flaquito por el noticiero, que las personas que viven en edificios tomen recaudos, porque pueden quedar incomunicadas, lo más seguro es que se corte la luz, y no es aconsejable salir. Mientras observa calladamente el noticiero vuelve a sonar el teléfono. Mamá no te preocupes, responde Sofía, te prometo no salir hasta que todo este en orden, si mamá, no te preocupes ayer fui al super y tengo de todo cómo para sobrevivir unos días. Bueno hijita, cuidate mucho, responde preocupadamente la madre.
                Sofía se ríe al cortar el teléfono, mamá siempre tan mamá. Se recuesta en el sillón, tratando de terminar de leer su libro, pero el sueño es mayor, la vence y la duerme profundamente. Sueña inquieta, pues el ruido de la tormenta es terrible, parece que el mundo estuviera llorando a los gritos, sueña pensando o piensa soñando Sofi. Se despierta con un ruido tremendo, seco, estruendoso. Sobresaltada mira por la ventana, un árbol ha caído sobre un auto en la calle. Observa el panorama y es atroz, sale al pasillo y charla con algunos vecinos, los que la tranquilizan diciéndo que más de algunas cosas rotas, unos días sin luz, y el encierro, no hay nada de que preocuparse.
                Sofía se aterra, hace menos de un mes que se mudó de departamento, donde vive ahora le queda a dos pasos de su trabajo, el tema es que dado los apuros de la mudanza todo a su alrededor tiene un lugar temporario. No ha terminado de traer todos sus libros, los cuales dejó provisoriamente en la librería, hasta que tuviese tiempo de sentarse a ordenar. Es terrible,  no tengo más de doce libros en casa ahora, y el tema es que los he leído todos, y encima que ya no estoy tan segura en ellos, no me van a tranquilizar como antes.
                Entra en pánico, hace años que no puede pasarse unos días sin leer, es una actitud que raya en el delirio pero si no lee su día no está tranquilo, si no lee... ya no sabe que puede pasar si no lee. Pero no quiere pensarlo, tal vez lo que no quiere es pensar que sería de su vida sin los libros. Sofía recoge un libro caído del suelo y lo hojea, pero no es nada nuevo para ella, ya lo ha leído muchas veces. Decide organizarse, después de todo, todavía no se corta la luz, y si alcanza puede bajarse algunos libros de internet, dado que salir de la casa es imposible, peligroso y  por otro lado se lo prometió a su mamá.
                Pensá pensá ¡¡pensá!!, musita Sofía. En sus veinte años, no ha pasado un sólo día sin leer, y la sola posibilidad de hacerlo la llena de temor, de inquietud, siente en ella despertar la amenaza de la incertidumbre. Incertidumbre que sólo sabe vivir si se trata de los libros.
                Está por encender la computadora, que compró con tanto esfuerzo, y se cortá la luz. La oscuridad invade todo, en una casa que todavía no está acostumbrada a su presencia. Sofía tiene miedo, pero no miedo a la tormenta, tiene miedo a pensar en algo que no sea ficticio, a enfrentarse con eso que la ficción trata inútilmente de perpetuar.
                Suena el teléfono, otra vez mamá, piensa Sofía esperanzada, pero la voz que responde no es de su madre, es una voz masculina que no escucha desde hace meses. Después de unos segundos, ella lo reconoce diciendo por fin simplemente su nombre: Pedro. Sofía, tal vez te sorprenda mi llamado, nunca te dije pero a los dos días que viniste a Buenos Aires, yo también vine, estoy estudiando literatura en la UBA, y vi el noticiero cuando llegué hoy al departamento que alquilo, y me sentí solo. Es muy manifiesta  soledad de la ciudad jaja estamos rodeados de soledad  mientras ella está atestada de gente. Pensé que daría lo que fuese por tener un rostro amigo al lado, y en cinco meses, no conseguí encontrar ninguno. Sofía escucha sorprendida, y en ese instante responde atenta Nosotros nunca fuimos amigos. El no se deja vencer, Tal vez nosotros no, pero nuestro libros si, y eso es algo que nos une después de todo. No seas  cerrada, se que nunca compartimos más de palabras sobre algunos libros que a vos te interesaban, pero ,Sofía, vos estás sola al igual que yo. Y no podés negarme que te sentís sola, lo único que te propongo es que nos juntemos a tomar unos mates, café lo que quieras y nos saquemos esta mufa gris que invade cada centímetro de Buenos Aires. Sofía se deja convencer, pero piensa rápido. Pedro, en parte tenés razón, pero si has visto el noticiero, has visto que estamos en alerta meteorológica aconsejan  no salir, no se en donde vivís, pero que salgas de tu casa es un riesgo.  Y te aseguro que yo no pienso salir de acá. Entonces es suficiente con lo que tengo ahora como para encima sentirme responsable de vos, responde esquiva Sofi. Pedro comienza a reír, fuerte y claro, con esa risa sana que empieza en uno y termina en el otro. Hace mucho que no escucho una risa así, piensa nostálgicamente Sofía. Sofi, te aclaro algo, en realidad es bastante irónico si lo pensás bien, pero yo vivo exactamente dos pisos arriba de tu departamento. Y cuelga el teléfono. Sofí no comprende si es un chiste, de muy mal gusto por cierto,  o si realmente el está allí, piensa  y ríe recordando que siempre le gusto escuchar esa risa fresca. Está tratando de prender una vela cuando golpean su puerta.
                Lentamente se acerca, y antes de abrir acaricia la puerta, como tratando de sentir esa presencia amiga antes de verla. Pedro se impaciente y llama débilmente ¡Sofi! estoy acá, traje un poco de café como soborno! agrega riendo. Sofi escucha esa risa, y advierte que la ha extrañado. Abre la puerta, Sofi y  Pedro, se observan como tratando de reconocerse, no por el tiempo sino por las distintas experiencias que los marcaron. Sofi no sabe que decir, desde que llegó no sabe lo que es tener una presencia querida, su timidez y su vida huraña le impidieron permitir la entrada en su vida de todos aquellos que se le acercaron. Pedro se da cuenta que Sofi sigue siendo la misma chica tímida, y sin esperar respuesta la abraza, la envuelve en esos brazos, que a Sofi de repente le parecen tan familiares.
                Luego de algunos minutos los vemos sentados, charlando de sus distintas llegadas, de cómo lograron instalarse, de tantas cosas distintas en esa gran vorágine que es Buenos Aires, ciudad del mundo, tierra de las no personas.
                Yo la verdad que me he sentido solo, admite Pedro, nunca fui muy familiero. Pero esos domingos en los que salía para tratar de olvidarme de mi  nostalgia, rodeado de tanta gente, te juro que me di cuenta de cuan necesario son los ojos de mi viejo, los abrazos de mi mamá, incluso las peleas con el pendejo, mi hermanito.
                Sofí escucha atenta, todo lo que Pedro le cuenta, escucha esa confesión que nunca espero, y que realmente no tiene ganas de escuchar, aparte nunca tuvieron la confianza suficiente. Se da cuenta, que no hay nada que hermane más como la distancia y el olvido en que nos sumimos.
                ¿Y vos?  No te sabría decir, responde Sofi, yo no me he sentido tan solo hasta hoy, tampoco me sentí mal, no te podría decir que bien. No se, supongo que el no saber que decirte, supone que estoy  tranquila. ¿Pero qué has hecho en este tiempo? pregunta inquieto Pedro. Sofi ríe, y responde como hizo desde chica Leer, ¿que más? Y comienza a detallarle cada uno de los libros que leyó, cada uno de los movimientos que estudió, cada uno de los libros que la conmovieron, todos esos personajes de los cuales se enamoró y todos los que no pudo mas que odiar, enumera uno  a uno todos las bellas metáforas y pensamientos que la conmovieron, aquellas que la extrañaron y todos aquellos que fueron un viaje.
                Pedro la escucha embobado, Sofi se ha metido tanto en si misma, que habla casi sin verlo, contando, narrando, exaltando todo aquello que leyó e internalizó como propio. Pedro advierte para sí, incómodo, que admira a Sofi por conocer todo lo que el, como estudiante de letras debería y desearía conocer todo lo que cómo persona debería cuestionarse. Pero algo más lo perturba, y con el mismo extraño sentimiento que siempre Sofía despertó en él. Ya no soporta escucharla hablar de todo lo que leyó en tantos días sin atreverse a vivir tan sólo uno. Toca su mano, para interrumpirla, y le habla, como siempre quiso hacer. Sofi, te voy a preguntar algo, y por favor no quiero que te enojes conmigo, hace solo unas horas que nos reencontramos, pero veo que sos la misma. Y no puedo dejar de decirte algo. Siempre creí que leías porque te pasaba lo mismo que a mí, que amabas ver como la vida tenía diferentes miradas, diferentes lecturas, que podías ver como cada persona enriquecía tu vida con un verso, con una novela, o tan sólo con alguna frase suelta, de esas que encontrás en libros que no te conmueven y que tan sólo en unas líneas valoras de nuevo. Que amabas leer, por el placer de encontrar que con unas cuantas letras podías expresar lo que tu alma te estaba gritando, que no hay una forma más bella de conocer al hombre. Pero no Sofí, vos no hacés eso, vos lees para evadirte, lees porque  te parece demasiado dura una vida real, y para no vivir esas amargura lees lo que querrías vivir, te quedaste, te inmortalizas, sos sólo capaz de sentir por medio de unas cuantas líneas lo que no te atreves a sentir por una persona real. Amás porque lees y solo porque lees no sos capaz de amar. No sos capaz de encontrar un punto medio.
                No sabés lo que decís ¡callate! Vos no tenés idea de lo que yo siento. Grita casi sin sentirlo Sofi, grita como tratando de imponerle fuerza a sus palabras que ella sabe son erróneas. Grita para no escuchar la verdad de Pedro. Pero el siempre la quisó, siempre deseó conocerla y estar a su lado, siempre quiso verla bien, y por más que ella no quiera volver a hablarle no va a desperdiciar esta oportunidad.
                Sofi... ¡no! yo si sé lo que sentís porque día a día te vi sufrir, llorar, reír y enamorarte por medio de los libros. Toda la secundaria deseé poder ser algún personaje para poder encontrarte en los libros. Y llegué a detestarte por no poder darme esa oportunidad  de conocerte. ¡Vos no sabés! Muchas veces siento que cualquiera puede conocerte más que vos misma,¡vos no te animas a vivir! ¡Sos demasiado cobarde! Has leído tanto que te olvidaste que la vida no es leer sino escribir, la vida es maravillosa, y dolorosa a la vez. Y en los dolores no das la fuerza para salir adelante. Te olvidaste quela vida es el color que vos decidas, vos sos la única capaz de ser feliz. Sos la única que puede provocar que tu vida sea un reflejo de tus sueños. Pero no entendés que vos sos la que tiene que soñar! ¿A que le tenés tanto miedo?
                Sofi llora, calladamente las lágrimas se deslizan en su cara, y siente que su cuerpo esta por explotar de tantos sentimientos acumulados que se están desbordando explotando en esas lágrimas. Pedro se enoja, comienza a creer que nada de lo que dice tiene alguna acción en ella. Pedro también siente que está a punto de que su pecho se quiebre en dos, pero no renuncia.
                Sofi, perdoname por ser yo el que te diga todo esto, no tengo ningún derecho, pero a veces el querer nos da derechos, ¿sabías? Vos sos hermosa, sos inteligente, cada día de la secundaría los profesores lo decían, vos no, porque nunca te animaste a demostrarlo. Y ese es el punto Sofi, en la vida no tenés que demostrar, en la vida tenés que vivir. No tenés que tener miedo, tenés que tener coraje de aprender. No tenés que tener miedo de sufrir, tenés que temer no amar. ¡No podés seguir permitiendo que la vida se te deslice en instantes que no significan más. No podes permitirte conmoverte con un verso y olvidar la sonrisa de los niños! No podés, porque estas simplificando la vida. Leer es bello, pero es bello porque habla de la vida, del amor, de la esperanza, del eterno buscar un cambio, de todo aquello que los hombres han querido decir, al leer perpetuarnos el arte de expresarnos. Porque la vida sólo vale cuando la vivimos, cuando la cambiamos, cuando la amamos.
                Sofí no soporta más, y simplemente, dice lo que no desea, pero lo que siempre fue su refugio. Andate Pedro, no tengo ganas de escuchar tus  juicios de buena persona, yo no te pedí  ni ayuda ni opinión. El se levanta, furioso, desesperado y vencido. ¡Andate! El se levanta tristemente, la abraza como pidiéndole perdón, mientras ella lo aparta con un empujón. El trata de  besar su frente y ella se escurre No entendés nada ¿no? ¡Andate!.
                Sofí, llora, enciende la hornalla y trata de hacer un café, desiste y se acerca a su cama llorando, se refugia entre las sábanas y deja pasar el tiempo durmiendo. Pasan dos días y se distrae con las mismas lecturas, fumando comiendo y durmiendo.
             Se termina la lluvia y vuelve la rutina, Sofi, se sumerge nuevamente en ella, pero algo cambió, ahora tiene una verdad que va horadando sus días, quietecita la perturba.
Han pasado algunos días, sigue trabajando en la librería, de vez en cuando se cruza con Pedro, ahora que se saben vecinos se rehuyen con intención pero se buscan con descuido. No ha dejado de pensar en Pedro, en su verdad de mierda, en su voz gruesa, en su risa fresca y en su compañía, dulce y fuerte. Estuvo bueno verlo de nuevo, pero no se quien se cree que es, venir a moralizarme a mí, que se quede con su teoría literaria en la Uba, pero a mi que no me juegue con la interpretación. Siempre fue un pendejo, yo vivo en Buenos Aires, si, él me ayudo, pero no le debo más que el contacto. Puede ser que algo me haya refugiado en la secundaria...pero también que querían? Yo leía a Shakespeare y ellos eran unos pendejos que de pedo sabían quién era. Bastante pelotudos fueron todos, Pedro no, pero igual,¿se aparece de imprevisto y uno tiene qué concederle la moralina barata con aire de ciencia sólo porque calló justo en los días que hasta el clima se complotó en contra de mi sensibilidad? No, no tengo por qué pensarlo. Y sigue, uno tras otros sus pensamientos atropellados se suceden, pero por más que lo intenta no deja de pensar en los dichos de Pedro, en sus palabras y en él mismo.
          Se harta de si misma, y con bronca por pensar lo que no debe pensar, porque no tiene por qué pensarlo se arrima a la improvisada cocina para prepararse un café. NO voy a pensar más, ya me tiene cansada, encima se instalan las palabras ¿ por qué uno siempre se acuerda de lo que quiere olvidar? Basta che, basta. Igual, Pedro no me lo dijo por ánimo de sentenciarme, siempre fue un sol conmigo. Algo de razón debo admitir que tiene. Este café es una reverenda porquería... por rata me pasa. En fin, café es café, y es así, yo que soy una insulsa compro café insulso y esa soy yo, una insulsa que busca libros para tener un  poco de gusto y aroma, sabor.... Sofi comienza a reírse, no se porqué me enoje con Pedro, me dijo lo mismo que ahora yo estoy pensando, que soy una sustancia débil, incolora, insulsa... y sin motivocomienza llorar, desesperadamente, con dolor, sintiendo que la vida se le está escapando. Y de pronto advierte que todavía tiene pocos años, y se ríe de si misma comenzar a comprender con una taza de café lo que Pedro le dijo, por media hora. Tal vez algo de razón tiene.. El día se pasa y Sofi sigue rumiando los mismos pensamientos. 

                 Llega al departamento agotada, y todavía confundida, su cabeza le pesa, se acuesta en la cama. Se duerme aferrada a la almohada, recordando el regazo de su madre, cuando ella recostada en él le contaba todos sus sueños para cuando creciera. Sofía duerme soñando lo que quiso ser, Sofi duerme soñando lo que vivirá.
                Amanece y el sol se escurre demostrándose en un brillante día. La terminal está atestada de gente. Sofi no está leyendo está escribiendo. Lo que escribe es corto, es algo que debe dejar antes de partir a su pueblo, para abrazar a su madre. Sofía  abraza a su jefe, ese viejito adorable que está descubriendo, ese ser especial que cuando ella pidió permiso para ir a ver a su madre, él sólo le respondió preguntándole si tenía cómo ir a la terminal. Sonríe y le entrega esa carta. Pasan algunos minutos se abrazan y el ómnibus parte. El viejito sube lentamente las escaleras, y cuando llegá al piso indicado, se agacha y simplemente tira el sobre por debajo de la puerta


                 Pedro llega a su casa encuentra una cartita e intrigado la abre. En una hoja de color verde, Sofi escribió: Perdón, alguna vez leí que las personas son un cruce de camino, que cada una nos lleva a cambiar la ruta, vos me mostraste una nueva dirección. Ahora estoy camino a los brazos de mi mamá, espero  que  los tuyos me esperen a mi regreso.

Pedro lee y sonríe, y de pronto una fuerte carcajada nace de los más profundo. Ríe largamente, con esa risa sana que empieza en uno y termina en el otro. Con esa risa que terminó en Sofí para nacer en ella. Pedro ríe y espera.