jueves, 9 de diciembre de 2010

Juan

         
Cuenta la historia que desde chiquito había sido distinto. Su madre, en un comienzo, no entendía la causa, y pasaba noches enteras llorando a lágrima viva  tanto desconsuelo. "¿Cómo puede ser?" se cuestionaba la madre, un crayón verde brillante,  "Toda una larga estirpe de colores, que inspiraron a los mas grandes artistas, que hicieron viva la ilusión de algún pintor, siete generaciones de colores iluminando pensamientos.. y eso sin tener en cuenta a nuestros primos lápices que fueron el consuelo de tantos escritores... ¿Cómo puede ser?". Pobre madre, dele que te dele, pensando y pensando, tratando de adivinar por qué su hijo, el crayón rojo bermellón más bello que había visto, y no porque fuera su  hijo, no podía escribir en el papel, en un pergamino, en la tela, ¡ni siquiera en la pared!. Buscaron todas las superficies, pero Juan no escribía en ninguna.
            El creía que no escribía simplemente porque no quería, creía que su vida era distinta porque, tal vez, él simplemente iba a ser la escritura de algún gran inventor, o tal vez de una obra que revolucionaría el arte, y eso cuando él mismo tomara la decisión. Pacientemente esperó para conocer cual sería el  lugar de su primera escritura, pero el tiempo pasó, las hojas pasaron y Juan no escribía. Su padre, paciente y sabio, recordó una antigua leyenda del mundo de los lápices, y le contó una historia que más que historia era una esperanza. "Cuando yo era chiquito, mi papá me contó algo- comenzó su padre-  me dijo que habían ciertos lapicitos que no iban a nacer para escribir como todos nosotros, sino que ellos iban a venir para escribir en un lugar mucho más  importante... en el corazón de las personas, iban a ser los lapicitos del alma, aquellos que iban a escribir los sentimientos más profundos de las personas. Son lapicitos que cambian vidas, abren corazones, renuevan la esperanza, porque son los lapicitos del amor, del amor que nos creo y nos dio vida, que de vez en cuando vuelve a darnos algunas señales para volver a su pureza... Son los lapicitos del amor de Dios" Cuando terminó de contarle esto, a Juan se le iluminó el corazón de esperanza, tal vez no había escrito porque no había encontrado su superficie correcta. Tal vez su superficie correcta fuera distinta, y eso la hacía hermosa.
             Pasaron los días, y Juan abandonó su casa  para comenzar su misión de crayón, terminó en una bella librería del centro, llena de lápices diversos que Juan nunca había visto. En esos días lo compraron, junto con once de sus hermanos, en una hermosa colección de colores para niños.  El dueño de los colores, se llamaba Iván,  y era un niño de ocho años. Una tarde, Iván  llegó a su casa muy pensativo, tenía que hacer la tarea y no sabía a quien dibujar. Pensó, pensó y decidió dibujar a su papá, así después su papá podía llevar el dibujo a su oficina y ponerlo en un marquito. Iván buscó una hermosa hoja blanca y  pensó en que color podía quedar mejor su papá, como no se ponía de acuerdo, comenzó a utilizar todos los colores, y con mucha imaginación  terminó el dibujo, pero no había utilizado Juan, y Juan estaba muy triste. Iván salió corriendo de la pieza a mostrarle el dibujo a su mamá, pero se volvió cuando se dio cuenta de algo importante. Un  poco apurado, tomó a Juan, al mejor color rojo bermellón que había visto, y con mucho cariño pensó en escribirle algo a su papá. Pasaron unos segundos, y escribió "Te quiero papá".
            A la noche, llegó el papá de Ivan, muy triste, porque había tenido un día muy duro en el trabajo, y los números no daban. Cuando Iván lo vio llegar sus ojitos se iluminaron, y salió corriendo a buscar el dibujo para su papá. Volvió con su dibujito en la mano y le dijo muy serio a su papá "Tengo algo que vas a tener que llevar todos los días al trabajo, para que todo esté bien", y con una gran sonrisa entregó el dibujo a su papá. Al papá se le llenaron los ojos de lágrimas, pensando en las palabritas de su hijo de apenas ocho años,  y con lágrimas en los ojos abrazó a su hijo, mientras le decía "Tenés mucha razón mi amor, tu amor es lo que me ayuda todos los días para que todo salga bien".
             Ese día no sólo el Iván y su papa durmieron con una gran sonrisa, también Juan se sintió por primera vez pleno de felicidad. Ese día, Juan comprendió, su vida era distinta, pero también más hermosa, él tenía que escribir, pero solo con amor, con esperanza, y con fe, y sólo así sería verdaderamente importante su presencia en el mundo de los lápices.. Sólo él escribía lo verdaderamente perdurable: el amor.  Ese día comprendió porque Dios lo había hecho distinto, no para que fuera el mejor, para que fuera importante, sino para que cambiara la historia más importante de todas, la historia de los corazones que aman, la historia de un amor sin fronteras. Sólo el que escribe con amor las letras del alma, merece ser un lapicito rojo bermellón como Juan.


Buscando otro texto me topé con este viejo escrito, que sin ser bueno, me pareció siempre simpático.