sábado, 25 de septiembre de 2010

ALEGRÍA


En los días previos a un examen el mundo se complejiza y desdibuja en grandes y rápidos flashback. Todo parece estar desenfocado, esto se acrecienta con tanta bibliografía que uno busca captar. A la vez, la vida diaria se ve un poco más nítida pues el constante salir de ella para sumirnos en el mundo de las ideas nos otorga mayor lucidez al volver.

Por otra parte las ansiedades ganan terreno ante la inminencia de la gran prueba que, lógicamente, uno no quiere afrontar al estar cada día más consciente de la carencia conceptual que  posee. También los reproches abundan, para ser sincera hace más de cuatro años que manifiesto la misma conducta: "Esto no me vuelve a pasar, la próxima estudio con más tiempo, me organizo y respeto los tiempos". Ironías de uno, jamás logro hacerlo.

Pero aún en esta vorágine conceptual que implica aprender contra todo horario, hay cosas que no dejan de estar presentes. Y ya entrando en la docencia hago gala del eterno mal docente: no dejar la escuela en la escuela. Siendo muy honesta, ahora comprendo porque sucede, no puedo dejar a algunos de mis alumnos, su soledad, sus ojos avejentados no me dejan.

Tengo una alumna que ha dejado de reír gracias a una sumatoria de realidades de las cuales no es responsable, su risa que era gruesa y fresca se ha ido apagando, y hoy tiene esa risa cansada de quien sólo esboza una mueca de lo que fue. Obviamente que no es responsable, pero no tiene la edad suficiente ni la contención afectiva como para advertirlo, y simplemente se declaró en huelga.¿Puedo culparla?

Y me tortura la pregunta :¿Quiénes somos para cansarle la risa a los pibes?

Me duelen sus ojos tristes, me duelen sus tristezas solitarias, sus soledades asumidas, y su desgano. Me duele porque se le está pasando la vida en tristezas que no debería conocer. Y ese es mi desafío, ante el cual no tengo más soluciones que seguir intentando.

Ahora, se sabe que uno siempre intentará, que siempre dolerá...Pero ¿cómo podemos en ocasiones sentirnos inmunes ante el dolor ajeno? ¿Cómo podemos acomodarnos ante la miseria de nuestra sociedad? Ojo, no nos confundamos, no hablo de lo material ahora, hablo de esa pobreza de risas, sueños, alegría, esperanza, motivación, ganas, deseos, ímpetu, hambre de vivir y tantos etcéteras que me faltan.
A nuestros chicos les falta hambre de vivir. ¿No será porque no los hemos tentado? ¿No será porque no hemos vivido frente a ellos?

Hay generaciones que han visto sólo sobrevivir a sus mayores. Se que es díficil plantear una postura resiliente ante dolores y angustias cotidiana, pero ¿si no nos queda la esperanza de un cambio, de un futuro mejor, del amor, de qué vale la vida?


"Profe hoy no queremos pensar" me decían los chicos el otro día. ¿De dónde se alimentan los jóvenes? Una primera lectura, la acostumbrada,  nos dice que los dejamos horas frente a la caja boba sin darles pautas, dejándolos que se aturdan y atosiguen con la mayoría de la basura que en ella circula. Los dejamos con todos los chiches tecnológicos a mano, con todo el internet que deseen...pero no les enseñamos a gozar una suave melodía, a gustar una charla con el abuelo. No nos gastamos en sentarnos al sol un rato. Nos olvidamos de abrazarnos, de reirnos, de querernos.

Nos olvidamos de nuestro accionar y luego nos sumamos rápidamente al grupo crítico de turno (¿cuántas veces yo lo habré hecho?) que menosprecia una juventud que cada día está "más desganada, más rebelde y violenta." ¿Acaso los pibes tienen la culpa?

Pero hay otro lugar donde los chicos se alimentan "en la casa". Si, en la primera sociedad, en su hogar. Hay muchos chicos que no conocen esa dinámica, hay muchos pibes sin padres, solitarios, criados por tíos o abuelos que aunque lo hacen con  todo su amor no pueden suplir el dolor  por un padre o madre ausente. Hay muchos pibes que sufren las carencias ajenas, los egoísmos ajenos, las ignorancias ajenas, producto de quienes las sufrieon a su vez... y sigue la cadena.

Hay lágrimas en nuestros chicos, lágrimas de indiferencia, lágrimas ante lo antinatural de la soledad. Hay lágrimas de desgano ante un cansancio prematuro. ¿Cómo puede cansarse de vivir un pibe que no tiene ni quince años?

¿Por qué no dejamos de lado todo sesudo planteo y asumimos nuestra tarea de enseñar a sonreír?¿Por qué no nos comprometemos con esta generación que nos urge?¿Hay algo más hermoso que ver a un chico sonreír?
No somos dignos del amor que podemos brindar, de las sonrisas que podemos regalar, de las riquezas que podemos sembrar. Es un trabajo arduo y  es urgente.
No tengo recetas, ojalá las tuviera. Sólo tengo una certeza: debo salir afuera a mostrar esa certeza que vive en mí,  ese amor que nunca pasará, la alegría, la dicha, el amor en el lado pequeño del mundo, la familia, la riqueza de los viejos, la importancia de la educación, el amor a los libros, el amor a la educación... Tengo el qué, no tengo el cómo, pero voy a buscarlo.
En la vida debemos ser buscadores de búsquedas planteaba un jesuita en un libro. BUENO...¡SALGAMOS A BUSCAR NUESTRA BÚSQUEDA! Hay sonrisas y vidas que dependen de ellos

Debemos mostar que vale la pena vivir, gastarse, sonreír pese a todo... Cantar como la cigarra díria Mercedes.

Dejemos de cansarle la sonrisa a los chicos, construyamos lo que ellos merecen. Saquemos fuerza así sea a ponchazos, reinventemos la alegría porque hay chicos que necesitan sonreír.


DEFENSA DE LA ALEGRÍA
          Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.
M Benedetti

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