miércoles, 10 de marzo de 2010

Acuse de recibo


¡Cuántas gracias nos regala nuestro Padre, y no siempre nos detenemos a contemplarlas! ¡Cuánto amor nos rodea y acaricia en las personas que nos acompañan!
Cuántos milagros presenciamos con la naturalidad con la que llenamos un formulario...

Ya han pasado algunos días, y mi corazón pide una tregua, solicita algunas letras y se anima a decirse. Hoy me detengo a observar, a dejar de mirar y empezar a ver, a reconocer.

Hay que aprender a detenerse, a alejarse de esta imposición social del ritmo vertiginoso y perderse un rato observando el Amor.

Dos amigos ingresaron al seminario de Mendoza, soñando y amando por ser sacerdotes del Señor. Otro partió rumbo a experimentar la vida en comunidad en Salta.

Una pequeña amiga comienza su segundo año de formación.

La finalización del seminario llegó para otro amigo, y la ordenación sacerdotal es el sueño de otro caminante del amor.

Un padre que continúa caminando y llevando de la mano, una hermana que no agota sus gestos de amor y entrega...

Simples pastores que se extravían ante el milagro del amor de Belén y reconducen al verdadero Cristo, al verdadero Amor vivo, al único Santo, Justo, Bueno.

Vidas que se entregan a Cristo y acercan el Evangelio. Palabra que se anima a ser viva en los actos, en las miradas y sonrisas, en los dolores y frustraciones. Vidas que se animar a ser Palabra.

Iglesia caminante, Iglesia peregrina, Iglesia viva.

Ante tanto dolor que, a borbotones, escupe esta sociedad que parece empecinarse en atormentarnos con dolor y frustración, donde la mayor noticia y premisa es la violencia, donde la felicidad parece esconderse atrás del poder adquisitivo; en ésta sociedad, ellos son pobres, son últimos, son sencillos, son felices dando. Ello son simplemente verbo: permanecer, amar, dar.

Hubo un hombre santo, Alberto Hurtado, que supo enunciar, con grandísima sencillez, que el camino ante el dolor y la pobreza de nuestros hermanos es no dejar que nos parezca natural. Siempre nos queda escandalizarnos ante el dolor de los hermanos, dolernos con su dolor.

Hoy me atrevo a tomar sus palabras y decir: No dejemos de maravillarnos ante el Amor de Cristo que se manifiesta en nuestros hermanos, no aceptemos con simpleza medida, la desmesura del Amor de Cristo que invade las almas de aquellos a quiénes invita a su camino.

Maravillémonos con su amor, contemplemos el amor de Dios en esas vidas... Amemos esas pequeñas entregas, recemos por ellos, sepamos deiltarnos ante el Amor. Agradezcamos a Dios la bendición de ser testigos del amor personal que se encarna en cada miembro de Nuestra Iglesia.

Seamos felices, porque cuándo el mundo parece olvidar el Amor, siguen existiendo corazones que se animan a dar sin importar medidas, que no negocian, que sólo se quedan a amar. A darse.

Sepamos construir el amor de Cristo en nuestra vidas, aprendamos con Nuestra Iglesia, y no dejemos de extasiarnos de felicidad por cada uno de ellos.

Nuestra diócesis posee un corazón que se sigue agradando: el seminario. Disfrutemos la felicidad de ese corazón que se agranda para mantener vivo a Cristo.

A cada uno de ustedes los llevo en mi corazón, y tal cual reza aquella antigua bendición "Hasta tanto volvamos a encontrarnos, Dios los guarde en la palma de sus manos".

No hay comentarios:

Publicar un comentario