sábado, 30 de enero de 2010

No se cómo nombrarte


Esta es una de esas noches en las cuales es imposible, a pesar del sueño, ir a la cama sin antes despojarse del sentido, de lo visto y vivido, de esos hallazgos de realidad que nos atropellan y evidencian aquello ya visto y vivido.

Estaba en uno de esos bares nuevos de la vieja alameda, escuchando a unos amigos tocar tango, una nueva y bella propuesta. Ejecutaron esos viejos tangos que traspasan un poco el tiempo y nos hermanan con su historia, fue un bello deleite el escucharlos interpretar a Piazzola y a otros grandes a los que no puedo nombrar, simplemente porque sus nombres se perdieron rápidamente en mi mente.

Pero si recuerdo otro nombre: Ismael. En el medio de esa nebulosa que nos protege y encierra cada vez que escuchamos a un músico en vivo, vi la silueta de este niño acercarse, y su carita maquillada comenzó a evidenciarse entre tanta gente, caminaba con sus tamborcitos y su valijita acostumbrado a esos pasos. Entró al bar como un trabajador más, luego de unos minutos volvió a salir para esperar paciente que los músicos terminaran la función y comenzar su show . Y llegó su turno, durante el receso llegó la hora de su función.

Ismael no tiene más de diez años, pero ya tiene sus propios números: títeres, malabares, canto, baile, y muchas sonrisas, sonrisas que desvelan. Durante casi media hora estuvo animando a los que estábamos allí. Lo vi hablar, como quien ya lo ha hecho cientos de veces, lo vi pedir participación y aplausos, lo escuche cantar mirando con sus ojitos de niño que buscaba saber quién lo escuchaba. Lo vi trabajar, sonreí con su inocencia, y me dolí con su niñez madura. ¿Cómo se puede uno alegrar por el trabajo de un niño? Me arrancó muchas sonrisas, pero en cada una de ellas habitaba el dolor por su vida de niño arrastrándose en la malaria de los adultos por unos pesos, que no debería estar ganando. No puedo dejarde pensar en como nos seguimos acostumbrando e incluso cómo nos maravillamos y aplaudimos la miseria de esta adultez dormida. No, ese adjetivo no es correcto, nuestra adultez no sólo esta dormida, sino indiferente y absolutmente inconmovible.

Mientras algunos compartíamos una noche de amigos, el con no más de once años, compartía la noche con sus pies de niño cansado, con su sonrisa de payaso triste, con sus ojitos de niño comerciante que necesita vender su alegría. ¿Hasta cuándo compraremos inmunes los productos de la miseria que nos rodea?

Podríamos realizar un largo y pormenorizado análisis sobre las razones de que este niño, y tantísimos otros, vaguen por las calles mientras debería dormir, jugar, soñar, o ser queridos y abrazados. Podríamos culpar a tantos que viven sin culpas la ineficacia de sus labores. Podríamos enumerar una gran lista de acciones a realizar, pero siempre nos quedamos en un podríamos.

Nos quedamos en denuncias, dolores, indignaciones. Que nunca están de mas, porque el día que nos parezca natural la miseria de algunos estaremos caminando la recta segura de la maldad asumida, de la bestialidad de la indiferencia, del dolor ignorado. Nunca debemos dejar de escandalizarnos, ya muchos grandes hombres santos, como San Alberto Hurtado nos lo enseñaron.

Pero también debemos despertar a un cambio mayor, debemos buscar la forma de hacer de nuestras vidas un recto camino hacia el destierro del horror de la miseria. Y negar de una buena vez por todas la atroz mentira de que nada tiene solución, de que sólo algunos pueden cambiar esta realidad.

Podemos hablar, podemos seguir evidenciando esta desigualdad como lo hizo Tejada Gómez cuando escribió aquellos duros versos " A esta hora, exactamente / hay un niño en la calle". Podemos girar nuestras vidas hacia el ejercicio de una profesión decente, para que por más alejada que esté de lidiar concretamente con estas realidades, nunca lo esté suficientemente como para no trabajar por ellas. Podemos gastar tiempo ocupándolo en conocer y buscar una forma de ayudar en estas realidad. Podemos usar nuestra vidas como esperanza de cambio. Podemos creer en el cambio. Podemos dejar de jugar con el verbo poder.

Realmente no se como nombrarte Ismael, te presentaste con otro nombre, tu nombre de pequeño cirquero que no recuerdo. Pero aunque se tu nombre, no se como nombrarte. Por que hay cosas que realmente no tienen nombre, y por más que realice una gran descripción, la más perfecta y acabada, no podre expresar lo que fue verte caminar arrastrando tu valijita y tus tamborcitos. No te puedo decir niño, pero tampoco puedo decirte hombre. No sé como nombrarte, pero si se que vos llevas el nombre de varios, y creo que podría aventurar y llamarte vida, llamarte esperanza,llamarte ganas... ganas de vivir y de luchar.

No dejemos que el dolor nos mate la esperanza. No dejemos que tantos niños sigan indefensos caminando nuestras calles sin que eso nos motive a cambiar, a luchar, a unirnos por ellos.

No se como nombrarte, pero te nombró. Y cuando te nombro nos nombro. Porque en cada uno de estos niños, en cada uno de esos Ismael que caminan nuestro pueblo, está cada uno de los nombres de aquellos que los vemos.No se como nombrarte sin nombrarnos.

Ya lo dijo Benedetti, y ojalá nunca olvidemos su voz ,"Quizás mi única noción de Patria sea esta urgencia de decir Nosotros"Y allí está, el tema es que no se como nombrarte sin decirte Nosotros. ¿Sabemos hablar con Nosotros? ¿Sabemos hablar de Nosotros?¿Queremos vivir por Nosotros?

Sí, se que sí, no nos durmamos en el egoísmo, y hablemos de Nosotros.

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