domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Por qué te duele tanto la injusticia?


Estoy despierta desde las seis de la mañana, he dormido el tiempo justo que me permiten las pastillas para el insomnio. Me desperté con esa pregunta clavada en medio del corazón y la mente, pregunta que mi psicóloga me realizó en la última sesión de terapia. Voy a intentar darle una respuesta, a modo de catarsis personal, de reflexión, de grito y de una incesante búsqueda de descubrir que tengo escondido y atragantado.

Durante mucho tiempo he callado esto porque no soy analista política, no tengo la formación suficiente para hacer un análisis sesudo y coherente, menos que menos objetivo.

Lo primero que debo reconocer, es que no me duela una injusticia, me duelen muchas, me duele la constante y e incesante lista de injusticias que vemos a nuestro alrededor. Tal vez podría enumerarlas, no creo que sea capaz de describir todas, pero por lo menos trataré.

Me duele mi país, me duele un país sumido en el odio, en la lucha encarnizada de ideologías vetustas y mentirosas, que hacen del pueblo un leit motiv de campaña que luego olvidan a la primera de cambio en miras de la economía, a costa de lo que sea, de cómo y de quién sea.

Me duele haber creído en un “cambio”, que iba a ser para todos y no sólo para algunos, me duele la ingenuidad con la que caemos algunos en las promesas de campaña y a las que apelamos por miedo a continuar con una política populista que hacía temer por el futuro del país, y no por convicción plena en el liberalismo. Me duele ese voto que fue opositor y que no debí haber dado. Me duele que nadie sea capaz de llamar a la concordia y al diálogo, que el ajuste se dirija a trabajadores, pensadores, jubilados, docentes, y a todo aquel que piense distinto.  Eso último no solo me duele, me aterroriza, construyeron durante décadas el odio al que piensa distinto, y la imposición de un  discurso hegemónico ha sido la novedad de todos los gobiernos mesiánicos que tuvimos y tenemos.

Me duele ir a la farmacia y ver abuelos preguntando el valor de su medicación y darme cuenta luego de que en verdad no tenían dinero para comprarlos, me duele ver abuelos trabajando por la calle, a una edad en la que deberían por lo menos descansar en paz. Eso, me duele eso, la paz que le robaron a este país, no solo la esperanza sino la paz.

Me duele que el odio y la persecución nos haga descreer de todo, que nos anule la objetividad de visualizar datos certeros, que no comprendamos que tenemos presidente, ex presidente, vicepresidente y ex presidente procesados, que ninguno es un santo, pero menos que menos mártir.

En este país cambian los colores políticos, cambian las banderas y las marcas de los gobiernos, pero en el fondo todos se olvidan del pueblo al que representan. Pueblo que tiene cara, rostro, historia y vidas personales, personas que pelean por un trabajo, una vida digna, una atención sanitaria digna. Hay situaciones que solo tienen solución mediante la mediatización que implica una suerte de fervor popular y ayuda concreta que nos hace sentir solidarios y anestesia la realidad que es evidente. Estamos mal, muy mal, el estado es corrupto sí, pero lo peor de todo es que es necio y no entiende al pueblo que lo puso en la banca, no lo quiere escuchar, lo oye y trata de silenciarlo pero no lo quiere escuchar.

Me aterroriza pensar en que el tratamiento de una ley haya terminado en la militarización del congreso, en la represión a jubilados, a periodistas, a gente común que solo quería demostrar su oposición a una ley que hasta donde entiendo es injusta. Barbaridad jurídica, una ley injusta. Vivimos sumidos en una violencia institucional atroz, soy empleada pública y lo veo desde hace tiempo, no quiero imaginarme en otros sitios de poder cual será el desprecio.

Me duele que cada mes tengo que agradecer tener el dinero suficiente para comprar mi medicación y afrontar mi enfermedad sabiendo que muchas personas no tuvieron mi suerte, no tienen un trabajo estable que les permita darse el lujo de afrontar una enfermedad crónica con cierta tranquilidad. Me duele saber que otros viven con dolor y resignación enfermedades que no tienen cura pero si tratamiento para frenar su avance y otorgar calidad de vida, sólo porque no tienen la posibilidad de pagar un tratamiento y el estado es mediocre para atenderlos, y mentiroso.

Me duele el PAMI, casi no es necesario describirlo.

Me duelen las marchas, porque siempre tengo miedo a la represión, y tengo miedo de que les pase algo a mis amigas. Me duele tener miedo y callar porque tanto odio y violencia me aturde. Me siento aturdida, soy parte de una generación que vivió en crisis desde que egresó de la secundaria, con el falso mito de que la educación iba a ser motivo suficiente para conseguir un nivel de vida estándar.

Me duele mi gente cercana y no tan cercana, profesionales, con sueldos miserables, formados durante años para cobrar una mierda de sueldo, comunicadores, psicólogos, ingenieros, profesores, etc. Profesores y maestros puestos en la escena pública como los demonios que les roban al estado con su ausencia, producto del estrés, de las malas condiciones de trabajo, de la bajada de línea, de la falta de apoyo, del trabajo que es casi un voluntariado que no les permite a veces siquiera solventarse. Pero que son demonizados y enjuiciados por una sociedad que no se detiene a pensar que lee y comprende porque alguien se les puso enfrente y se tomó el trabajo de enseñarles.

Me duelen los chicos que hice pasar de año por el simple hecho de que no tenían las condiciones de vida que les permitieran superar su nivel de aprendizaje, pero sabiendo que sino los “ayudamos” están condenados a vivir trabajando en negro, con sueldos de hambre. Me duele la falta de opción que tienen los pibes hoy, la falta absoluta de esperanza que está justificada en esa maldita falta de opciones. Hay generaciones enteras a las que se les has robado la opción de trabajar, llevarse comida a la boca, sustento a sus hogares.

Me duelen los pibes que sueñan con ser Messi, Maradona, o algún personaje de la farándula para ganarle a la pobreza. Me duele que todavía creamos que todos los pobres que son pobres porque quieren, que todas las mujeres pobres son prolíficas para cobrar la AUH. Me duele que no vean que eso es una curita ante un cáncer, porque la falta de trabajo es el cáncer más atroz de este país.

Me duelen los altos índices de drogadicción y criminalización de la sociedad. Me duele que queramos ahorcar al que nos roba, porque a veces, no siempre pero a veces no han tenido opción. Me duele porque me han robado, porque unos motochorros me pusieron un arma en la cabeza y solo pude pensar que por un celular de mierda no la contaba más. Me duele porque los policías que vinieron ante mi llamado eran dos bicipolicías que estaban vigilando en cuatro barrios, porque no tenían forma de hacer su trabajo. No todos los empleados públicos somos la imagen del empleado publico de Gasalla, o del milico corrupto, pero los que tratamos de hacer la diferencia (que no somos mártires por ello porque simplemente nos pagan por hacer eso) a veces terminamos sobrecargados y explotado aguantando los cuatro desayunos de los compañeros, la llega a cualquier hora, el calentar la silla, el no responder a la gente y la falta absoluta de sanción a los eternos e ineficientes parásitos públicos que se multiplican en miles de oficinas.

Me duele la justicia lenta, me duele la justicia injusta, me duele la justicia que no es independiente de la política. No es necesario aclarar más.

Me duele la xenofobia que a veces los argentinos demostramos, me duele que nos olvidamos que la mayoría somos descendientes de pueblos que llegaron a este suelo buscando libertad y un medio de vida, como hacen muchos otros pueblos ahora.

Me duele el arte despreciado, la investigación que no tiene recursos, la cultura vilipendiada, me duelen los gastos superfluos en ciudades ricas en sus capitales y la falta de abastecimiento de las salitas, comedores, y la falta de ayuda a los sectores realmente carenciados, me duele que la caridad de muchos tenga que suplir la tarea de un Estado Ausente, que no es capaz de establecer un orden de prioridades donde sus ciudadanos estén a la cabeza. Me duele esta democracia joven y arrebatada con todos los vicios, impetuosa, rabiosa, justiciera y sanguinaria.

Me duele un mundo, pensando globalmente, asediado por el hambre, las guerras, las enfermedades, me duele la locura y el poder unidos en una persona al mando de miles de otros. Me duele el odio religioso y la carencia de diálogo. Me duele la demonización de personas por su creencia y forma de pensar, me duele mucho la falta de respeto. Me duele la riqueza acumulada en un mínimo porcentaje y la pobreza distribuida en millones de otros.

En fin, podría seguir enumerando, pero la realidad es que me duelen dolores que son iguales con todos los colores políticos, que no cambian, que están enquistados en un sistema corrupto, deficiente, poderoso y que parece un animal rabioso que se vuelve contra sus amos. Porque el pueblo, señores gobernantes, ese es su soberano, y lo olvidan.

Me duele pensar tanto, a veces querría ignorar un poco más,   pero también esa idea es jodida. Me duele la injusticia porque lucho cada día para no naturalizarla y esa lucha es angustiante, ronca y a veces muda. Porque en ocasiones ante el odio uno sólo puede callar para no entrar en el circulo vicioso de la violencia.


Me duele la injusticia porque nos roban la esperanza, porque nos violentan, porque nos llenan de odio. Me duele la injusticia porque no sé cómo luchar contra ella, porque es un gigante que no puede combatirse en soledad, porque es determinante en algunos sectores.  Necesitamos advertirla. Me duele porque es y seguirá siendo.

martes, 17 de enero de 2017

Hola angustia

 A veces uno cree que ya habiendo traspasado tres décadas algunas cosas deberían ser más simples, más jodidamente sencillas. Pero resulta que no, que claramente eso es una falacia enorme. Hubo un tiempo donde dormir no era un problema, el humor negro era desconocido, las sonrisas eran naturales y frescas. Hubo un tiempo donde la pelota negra y enorme que se me atraganta al comenzar a pensar no era diaria, no era tan grande y se iba escuchando música.
 Hoy eso no pasa, hoy eso crece.
Tener 32 y estar empastillada como mamá Cora no es nada divertido, pero tampoco es gravísimo. Pero molesta, y a veces duele, a veces cansa más el cansancio crónico que el propio dolor.
Duele la propia vida que no alcanzó a ser lo que quería, duele la distancia, duelen los sueños que no salieron, las decisiones erradas, el tiempo perdido, la gente perdida. Duele ese Dios al que ya no sabemos hablarle. Duele este mundo enfermo de odio y mal, duelen esas personas cercanas que dañan. Duele la propia envidia creciendo brutalmente en uno y que a veces impide disfrutar las alegrías de los uqe amamos. Duelen esos besos que no podemos dar todos los días, duelen esos sueños que hay que aplazar por la puta economía y la madre que lo parió. Duele, jodidamente duele.  A veces no dan ganas de que todo duela tanto.
Sucede que hoy estoy angustiada, sola, menstruando, y quise probar la catarsis bloguera un rato, y me importa poco desnudarme un poco ante quién sea, pues la madre del asunto es que debería haber dejado de hacerlo hace rato. No creo que para nadie sea sorpresa que no soy fuerte como creía, pues la única que lo creía era yo.
Hablando de falacias, eso de que no llorar es de personas fuertes es la mayor estupidez que he sostenido en mi vida, al igual que cuando creía que no era una minita clásica. Soy una sensiblona atroz, no puedo parar de pensar, no puedo evitar conmoverme con todo, querer controlar todo, arreglar todo.  Soy casi el prototipo de minita que siempre defenestré.  Advertir eso en el caos del mundo, de mi vida y de este sobrevir cotidiano, no sólo angustia, también duele.
Acabo de subir una nota cursi, plagada de cariño por cuatro amigos que se casaron. Cuando uno está viendo todo negro un pequeño fosforito que se enciende es terriblemente luminoso. Esos momentos fueron mucho más que eso. A veces la felicidad también quema y duele, porque en el fondo la miseria propia y los propios demonios nos enrostran todo aquello que no pudimos, no supimos, no nos animamos a conseguir.  El juego es armarse y desarmarse, pero claro, no en ese orden porque primero toca estrellarse contra el piso, ya no contra la pared, poder llorar tantos años reprimidos, tantos dolores escondidos, asumirse frágil, dejarse enseñar, combatir la propia paranoia del control obsesivo y permitirse llorar.
Cuesta mucho vivir la propia vida, asumir el propio caos de sueños y deseos, afrontar lo inconcluso y  buscar el jodido camino a seguir. Así que hoy no me toca otra que tratar de escudriñar este tiempo, dejar de sentir vergüenza por lo que uno es y siente y decirte Hola angustia, dale, hablemos que ya me estoy cansando.

Menudo tema para una obsesiva el tema de asumir que para dialogar hay que aprender a escuchar, menudo tema aprender a escucharse.

Dale, vení, hablemos un rato, que tengo ganas de mandarte un rato al carajo y pedirte que dejes que me abracen, que me dejés decir todo y aprender a vivir en este mundo que a veces es jodidamente malo pero también puede ser luminoso.

Dale, cortemos este histeriqueo, que tengo mucha mucha gente que me ha soportado y no quiero perderla.

Ah, casi me olvido, dejame decirles gracias a todos esos que estuvieron, que están y que siguen.
 Dale nena, hablemos, no nos queda otra.

Su amor nos salva


Amigos, queridos de mi corazón, mis bellos y adorados compañeros de risas, sueños alegrías y llantos. La cursilería propia de este tiempo no ha sido suficiente, es tanta la emoción y la alegría de verlos caminar juntos, no sólo aquel día de su casamiento, sino tantos años  es estremecedora. Su casamiento es el fruto propio del sueño que se animaron a vivir, ese sueño que a veces cuesta pero que alcanzar es una decisión diaria de amarse.
 Soy una Susanita clásica, y en sus casamientos las lágrimas ganaron terreno, en ambas no pude menos que sucumbir ante la entrada de mis amigas, bellas, radiantes, sonrientes y tan ellas, lejos de la frivolidad que a veces gana terreno, la belleza era símbolo de la unión, no un simple acto superfluo. Bellas  más que nunca, con una sonrisa y un brillo en los ojos que jamás olvidaré, simples, emocionadas, enamoradas y decididas.
Perdón chicos, no es que ustedes no estuvieran hermosos, pero Disney me cagó un poco la mente, y la novia es la novia. Ger, tu sonrisa esperando a la Pau, el brillo de tus ojos, no tengo palabras. Siempre desee que fueran felices. Leo,  verte agarrar fuerte la mano de la Romi  para  entrar juntos,  ver tu mirada, saber que siempre vas a sostener así de fuerte su mano, y verte más lindo que nunca fue belo.
 Hay algo que resuena fuerte, y que ha sido parte de mis pensamientos desde que supe que se casaban. Su amor  salva,  da esperanza, nos  regala alegría, y no podemos menos que agradecer que Dios, el destino, la casualidad o el simple capricho hiciera que sus caminos se cruzaran. Personalmente creo que el amor es el mimo de Dios, creo que ustedes se aman y se conocen , se eligen día a día por elección, si, pero se aman porque Dios quiso mimarlos.
Gracias por hacer de su amor una fiesta, por dejarnos compartir un poquito sus vidas y su amor.
Ustedes cuatro tienen un lugar muy importante en mi corazón, no ha sido un año fácil y no soy simple para estas cosas, muchas cosas resuenan en el corazón y vivir esto con ustedes fue uno de los momentos más felices.
Deseo que siempre se miren, se deseen, se amen, se rían y se abracen, que se cocinen, que siempre un abrazo selle el final del día y que su amor crezca.
Merecen su felicidad amigo, los quiero entrañablemente.
Ya pasó un tiempito... pero gracias.

#noestamossolos
#queseadivertidosiempre

viernes, 18 de marzo de 2016

Cata

             Otra vez, lo tendría que haber pensado y haberme acostado, pero me quedé por las dudas, yo no aprendo más, me dijo que no iba a volver a tomar. Piensa Cata, mientras cierra los ojos, aprieta los dientes y aguanta , seco, duro y en el medio del estómago. No es la primera vez, desde hace unos años  los golpes son una costumbre. Él dejó de ser el hombre bueno que le prometía cuidarla y amarla, se embruteció al ritmo del alcohol y la frustración.

            Cata  se acostumbró y recibía los golpes, no eran muchos porque al estar enceguecido de odio y  confuso por la ebriedad sus movimientos eran erráticos, pero cuando acertaba era fuerte. Casi le doblaba el tamaño, su puño iba siempre dirigido al cuerpo, nunca al rostro. Sabe dónde pegarme, pensaba Cata, no me marca. Uno más, ya pasa, cerrá los ojos Valen, ya pasá, papá ya se va a dormir. Desde que era una bebé le decía a su hija que cerrará los ojos y no viera las cosas malas,  sabía que no tenía dónde ir, su familia la despreció al embarazarse, la culpó y la echó del hogar. Su madre fue dura, si tuviste el coraje de embarazarte ahora vas a tener que tener el coraje de ser madre.
Los primeros tiempos fueron duros, mamá adolescente y sin  el apoyo de su propia madre, con los años la situación se diluyó, pero el abismo ya era algo instaurado, enorme y seco. La muralla de silencio y distancia había acorralado a Cata.

            Hugo la quería, pero sus sueños se habían frustrado, Arquitectura pasó de  posiblidad a utopía, tenía que mantener a Cata y a Valentina.  Él era el hombre y debía cargar con su papel.  Nunca le contó a Cata de la noche que asumió su derrota junto con su "hombría" y llorando renunció a dejar la facultad, a la ayuda de sus viejos y decidió mantenerlas. Me la mande, fuimos unos giles, pero yo voy a poder. Ella tampoco se frenó y ahora no queda otra que seguir adelante, no queda otra. Tal vez algún día retome, pensaba Hugo mientras bebía y acrecentaba con cada trago su angustia.

            A Cata le  dolía no sólo el cuerpo, sino la traición, de ese golpe y de los anteriores.  Un rato más y ya pasa, se va a dormir, pero si hago ruido Valentina se despierta. Yo no quiero más traumas para mi nena, tiene que terminar la escuela, por lo menos ella. Si nos vamos va a seguir como yo, de doméstica, ella no, ella es una flor buena.  Es uno más, ya no duele como antes. El  golpe que dolió más fue el primero, piensa Cata. El primero  fue el más doloroso, si, porque  fue él único que le marcó la cara, cuatro dedos marcados en la mejilla y la herida abierta en el corazón, la confianza destrozada, el miedo instaurado. Ella estaba de cinco meses, habían discutido porque la plata no alcanzaba, eran chicos, la bebé no era esperada y los planes habían cambiado, ella tuvo que dejar el colegio porque el embarazo era de riesgo, él sí terminó y consiguió el título de Maestro Mayor de Obra.  Ese golpe primero fue de día, ella le dijo que no era necesario que se juntaran, que cada uno podía seguir su vida y juntos criar a la bebé, su respuesta fue una cachetada dura, pero sus palabras peores. Vos sos mujer y vas a ocupar tu lugar, te quedas en la casa. Él tenía 18 y ella 16. Ambos tenían miedo, pero él se creía con derecho a dominar, se creía fuerte y valiente.  Alquilaron un monoambiente miserable y se comieron la juventud junto con el miedo tratando de ser familia sin siquiera conocer lo que seguía. Se querían pero hacía poquito que salían.  Hugo no le había parecido ser así de machista, simplemente era galante. Cata le había parecido más linda que inteligente.  Hugo aguantó, aguantó y aguantó,  comenzó a conseguir laburos en obras,  Cata se calló, por miedo y por desesperanza y de a poco se fueron acomodando, pero el cariño incipiente y la repentina realidad  no resistió el precio de la frustración y de las culpas. Él nunca dijo nada, ella tampoco y el silencio creció rápido y abrupto, la situación económica no era la mejor y Cata sólo conseguía trabajo de doméstica,  sin la secundaría nada más era posible.

            Sin embargo, esta noche fue fuerte, ya habían pasado varios años,  Debería haberme acostado, cuando duermo no me toca,  pero ya termina, debo aguantar, la gorda debe tener otra vida y yo no se la puedo dar, si él no nos banca no tenemos dónde ir . Hugo se había juntado con los compañeros de la secundaría, volvió alcoholizado, algo fumado y enceguecido por el dolor de los sueños perdidos. La vio a Cata, sentada en la mesa esperándolo, con miedo y tristeza, se vio reflejado en esa frustración y la golpeó con todas sus fuerzas, tratando de eliminar con cada golpe el vacío que sentía. Ese dolor que hacia años le pesaba en el pecho y se mezclaba con la risa de Valentina y el amor por sus mujeres. Odio y amor.
           Valentina despertó, Hugo estaba muy borracho y se cayó sobre una mesa, rompiendo vasos y algunos platos. Cuando consiguió, tambaleante, levantarse trató de mirar a Cata, pero su hija se había parado frente a él, con una sartén en la mano.  A la vieja no la tocás más porque te mato yo. Salí de acá cobarde, hijo de puta.  
             Él no resistió la afrenta, quiso gritando pegarle a su hija pero Valentina fue fuerte, por ella y por su madre, resistió, le pegó a su padre en una rodilla para poder dejarlo en el piso , armar unos bolsos mientras el gritaba, sacar los documentos, los remedios, lo urgente y salir. Hicieron denuncias y lograron que Hugo no pudiera acercarse más a Cata.
            Cata habló con su "señora" y consiguió trabajo cama adentro, con el permiso extra de que su hija pudiera vivir allí. Fueron tiempos duros, pero  Cata supo que podía, que resistía, que podía volver a sonreír y caminar sin miedo. Valentina aprendió que ser mujer no era tener miedo y aguantar, sino vivir y luchar

            Ellas salieron como muchas, con lo puesto, con miedo, de noche y a oscuras. Pero salieron, pudieron. Vivimos en una sociedad que perpetúa y anquilosa costumbres retrógradas y machistas, que perpetúa y naturaleza la violencia psicológica, físíca y económica. Todos podemos construir un mundo donde digamos NO.  Todos DEBEMOS CONSTRUIR UN MUNDO donde digamos NO. Donde la violencia no sea ejercida, donde hombres y mujeres sean libres.
          Durante mucho tiempo me pregunté  por qué  era necesario hablar  y distinguir la violencia hacía un género preciso, y la respuesta es simple, porque la mujer es víctima frecuente y habitual, porque seguimos siendo machistas.  Ambos sexos sufren esta ideología, pero las mujeres son las que mueren.  Son las que son cosificadas y manipuladas por la cultura y la moda, son las que son vilipendiadas en su intelecto por el solo hecho de ser mujer. Son las que son el formato de una publicidad de cualquier tipo de producto de limpieza donde el rol de la mujer se limite a limpiar y criar. Son las que son mujeres sólo si gestan y crían. Son las que deben aguantar y cobrar menos salario por ser mujer. Son las que deben pagar derecho de piso en un trabajo, aguantando chistes obscenos y de mal gusto, y en muchos casos atropellos mayores. Son las que a veces deben aguantar que un policía o empleado retrógrado les niegue ayuda aduciendo que "a su marido ya se le va a pasar"  o lo que es peor "vaya señora, eso lo debe arreglar en la cama". Son las que aguantan golpes pensando en un porvenir para sus hijos, porque el agresor las excluyó de todo tipo de realización personal, laboral y de progreso.  Son las que soportan burocracia y en ocasiones deben mendigar ayuda y asistencia.

            Nunca es tarde para decir que no. Todos podemos y debemos ayudar.   Enseñemos, guiemos, ayudemos, no naturalicemos. Digamos basta. Pero digamos basta en todo momento y siempre. Creo que nunca dejaremos de decir #niunamenos. Pero les debemos a todas ellas el intentar que sea posible dejar de decirlo. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Gracias

             A veces uno se olvida de agradecer, damos por supuesto que el otro sabe lo que uno quiere que sepa, que sabe lo que debe saber. Pero, en ocasiones, es lícito parar el carro y volver la vista atrás.
            Estos días han sido movilizadores, muchas fechas significando amenazadoramente algunos recuerdos. Muchos momentos de nostalgia y de esa morriña dulce que envuelve los tiempos viejos, los amigos queridos, los que estuvieron, los que están, los que se perdieron, los que se olvidaron, los viejos amores, los desengaños, las caídas, las tristezas, los errores... Cuántos errores que implicaron un quiebre en la vida.
            Hace un tiempo que tengo ganas de escribir sobre estos últimos años, para mí y para el que tenga ganas, porque cruzar la barrera de los treinta no es joda, reencontrarse con la adolescencia y sus sueños, asumir los fracasos, reconciliarse con los años y con la vida.
             Nunca fui una persona de grandes aspiraciones, pero sí de grandes sueños, es decir, no me importa mucho el esplendor, la fama  o el renombre. Sólo soñaba con ser escritora y tal vez buena,  con enamorarme y formar una familia, con ser buena y no perderme en el intento, con estar rodeada siempre de mi gente, de ese núcleo fundamental sin el que uno pierde las fuerzas. Pero uno se atolondra en el camino, y a veces elige mal, se pierde, se obsesiona y se equivoca.
              Ayer leía una carta de una piba, de 19 años, escribiéndole al padre de su hija un agradecimiento por hacerla madre y por borrarse a tiempo. Dura, emotiva, y franca. Y me puse a pensar en todas esas realidades que me dieron vuelta la vida, que me quebraron el alma pero que me hicieron ser lo que hoy soy. Hay que tener coraje, me pareció brillante y noble, hoy tengo ganas de hacer algo similar. Agradecer lo bueno y lo malo, lo triste y lo feliz. Siempre fui una mina sensible, no lo vamos a negar,  con los años fui aprendiendo a no mostar tanto la hilacha, eso si no lo voy a negar.
          Gracias a todos los que fueron parte de mi adolescencia, de tantos sueños, desvelos, amores y desamores, ilusiones, verdades, anhelos y búsquedas.  Fue un tiempo maravilloso, sin duda con errores y desaciertos, pero maravilloso e iluminador. 
          Gracias a esa gente que hace diez años atrás, sin saber quién era, ni qué sentía, ni qué buscaba, sin conocer qué dolía  me empujaron a volver la mirada hacia ese Dios que tanto me costaba encontrar. Gracias a mi querido Movimiento Peregrino, por tantos años, por tantas luchas, por tanta búsqueda de Cristo, por enseñarme a mirar más allá de mi ombligo y enseñarme que la vida del cristiano es la del que libremente elige amar. Aunque duela, aunque nos lastimen, aunque nos mientan. Gracias por enseñarme a mirar para arriba un rato.
           Hay una vieja canción de Serrat, que siempre me fascinó, recuerdo haberla utilizado en un retiro. Una estrofa sintetiza con belleza "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". Pero en ocasiones no es tan simple asumir la verdad, y uno se enrieda en las mentiras. Años atrás, me tocó asumir que había armado un sueño de vida con una persona deshonesta, oscura y profundamente mentirosa.  Luego de un caótico instante de revelación,  de desconcierto y de mentiras descubiertas, la cuestión acabo en medio de un día, planes de casamiento y vestida de novia de por medio. Sueños de niña y  de mujer profundamente heridos.   La mentira corroe, lastima, erosiona y deja un profundo silencio gris donde antes hubo risas. Despierta odio y rencor, y un profundo asco.  Fueron días de mucha oscuridad y dolor, de una ira irrefrenable corriendo por las venas, de mucho odio planeando crueldades, de una pena grande desarmando maldades, y de una profunda tristeza. Pero muchos me sostuvieron la mano, me prestaron su risa y  no me dejaron rendir.  Gracias, sería muy largo nombrarlos, cada uno sabe lo que fue en mi vida. Gracias. Tambien debo agradecerle a Dios que sacó de mi vida a una persona que estaba lastimando y corroyendome, no es este el lugar para hacerlo, pero no quiero dejar de obviarlo. Gracias porque lo hizo a tiempo. Y también, flaco, no me da ni para llamarte por el nombre, gracias por el dolor y la decepción. Por el asco y por las heridas. 
          ¿Por qué gracias?  Porque a veces algunos aprendemos a las trompadas,  y porque gracias a esa mierda pude reaprender, pude destruirme para volver a amarme. Porque gracias a eso, hoy doy gracias por el hombre bueno que tengo a mi lado, con quién el camino es maravilloso. Porque cuando me besa y me acaricia, hay verdad en su amor, porque me ama como soy, porque me ayuda a amarme, porque su risa ilumina mis días.  Porque a veces sólo en la oscuridad uno reconoce la maravilla de la luz. Eramos sólo piedras y tu luz nos convirtió en estrellas, dice una vieja canción de Pearl Jam que ahora no recuerdo, y que no googleo para no perder el hilo.  Gracias,  amor mío, porque con vos la vida es más linda, más feliz, más simple. Gracias por ayudarme a reír, estudiar, charlar, soñar, vivir y sentir. La vida a tu lado,no es un sueño, sino un camino que día a día recorró con felicidad.
          
          De pequeña fui amiguera, siempre me gustó compartir la vida y los sueños, pero al ir creciendo se van abriendo los caminos y los sueños, y las libertades y las verdades. Doy gracias a los que estuvieron, a los que se quedaron, a los que fueron leales, a los que me dejaron y fueron egoístas. Gracias a cada uno de ustedes crecí.  A mis hermanos de la vida, esos que  caminaron a mi lado en el tiempo en el que no tenía ganas de seguir, a los que me agarraron de la mano y en silencio lloraron conmigo, a los que me hiceron reír, me cocinaron, que respetaron el silencio y la apatía...A mis amigos, hombres y mujeres fuertes.  A los que rezaron conmigo y me ayudaron a levantar la mano, mostrandole a Dios que enojada y en silencio todavía estaba.  A los que a su forma me acompañaron. A los que se fueron, por hacerlo a tiempo, por no seguir mintiendo y no fingir.

          Gracias a los que me dieron ánimo y fuerzas para volver a estudiar. Gracias a los que me dan la posiblidad de aprender día a día, de ser mejor persona, de hacerme fuerte. Gracias a mis amigos por ser parte de mi vida, de mi día a día, porque sin sus luchas la vida no sería igual. Gracias a mis amigas madres, a las que parieron y las que no, porque sus pequeños fueron mi luz y mi fuerza. Gracias a los que están, pasen los años, pasen las luchas, pero siguen siendo parte de mi vida. Gracias a  todos mis compañeros de laburo,  por confiar en mí y hacerme feliz día a día, porque todos los días laburamos por otros.
         Gracias a mi amigo que me regaló su comunidad y sus catequistas para volver a las raíces. Gracias a mis amigos locos, a los soñadores, a los que abrazan y los que aman.
         Gracias a mi familia, a mis viejos, a los  amigos que son parte de mi familia. Ustedes me sostuvieron. Tengo un nudo en la garganta, sin duda querría decir algunas otras cosas, pero ya ha sido suficiente. Cada uno sabe. Es mi forma. Gracias.
        
     
        

       
      

    
        

sábado, 28 de febrero de 2015

Eternos

...mirarte a los ojos, y tal vez recordarte, 
que antes de rendirnos fuimos eternos... 
Ismael Serrano


                     Tal vez la frase sería correcta de otra forma, postular un nosotros es no sólo erróneo sino también injusto.  Porque fue hace demasiado tiempo, en aquel tiempo donde el contacto interpersonal era más puro, más errático y absolutamente limpio de esta era de comunicaciones y confusiones por las redes. 
                   Más de una década,en el tiempo en el que no había nada más que un teléfono, y esa esperanza ciega de verte y escucharte. Hubo una noche que sin embargo, pese a todo, fue eterna, una noche limpia de egoísmos, de maldades, dónde había simplemente una tierna imagen de dos personas sentadas mirando, conociéndose de a poco  con ese tierno lenguaje que poseíamos, queriendo quererse. Siendo honestos, porque todavía no conocían algunas mentiras.
                    Hay miradas, rostros, historias, fragancias, palabras, personas que salvan. Hay recuerdos que salvan. Porque hubo un tiempo donde todo fue más simple, donde querer no era una lucha sino una esperanza, donde la alegría no tenía tantos reparos, donde un instante se detenía en una sonrisa, en un beso.
                    Ese apretado y pequeño recuerdo fue la base de mi coraje, ese recuerdo, esa instancia.
                   Que difícil es, años mediante, asumir los errores y arrepentirse de algunas decisiones, que duro es soñar lo que hubiera sido, pero que gratificante es asumir la propia libertad ejercida.  Tal vez no fui lo que quise, sino lo que pude, pero una parte de mi se quedó en vos, y agradezco que ese recuerdo sea tuyo.
                   Siempre dude de las disculpas a destiempo, hasta que me tocó pedirlas, y llorarlas.  Pasaron varios años hasta que logré asumir  el coraje que había resignado y el dolor de lo que pudo haber sido. Pero aún en la distancia y en el tiempo, esa pequeña niña que fui, esa que temblaba de emoción al escucharte cantar se alegró por tu vida y tu esperanza.
                     No se si fuimos, pero yo fui eterna en ese tiempo. 

martes, 17 de febrero de 2015

Un par de medallitas


                            De vez en cuando, el caos de los cajones de chucherías me obliga a hacer una selección,  a imprimir cierto orden, y a atropellarme con los recuerdos. Un cajón suele tener muchas historias que contar y sonrisas que evocar, los recuerdos se desgranan de a poquito. No suelo fijarme en ellos, asumo que  son pocas las cosas que guardo, pues me parece que el día a día debe tener un presente limpio, y como buena sentimental sino  elimino me detengo irrevocablamente en los recuerdos. Pero hoy me topé con dos medallas, dos pavadas que, pese a serlo, los dispararon. Hacía tiempo que no me detenía a mirarla, a veces evocar es una  trampa, porque nos sumerge demasiado pronto en los sueños que tuvimos, en lo que quisimos, en los que fueron nuestros, en nuestros lugares y amores. Hoy decidí que era hora de dejar de jugar a las escondidas  y me deje chocar de lleno. Me permití un rato sumergirme en esa historia que es mía, en esa niña que era feliz, extremadamente feliz.
                         Siempre vuelvo a la infancia, aunque parezca increíble una de las medallas era de un torneo de voley que ganamos con el equipo del colegio. Y yo formé parte de ese equipo, incluso tuve el honor de ganar la medallita que atesoro. Una simple chapita que es mía, que gané y  significa muchos, muchos hechos. Recuerdo los nervios del partido, los pequeños detalles, los olores, la ansiedad. Recuerdo el temblo de mis manos cuando debía sacar. Cuando el mundo se medía en el día a día, cuando la felicidad era más simple y rotunda.  Cuando la yapa sabía mejor si te la regalaba tu madrina y te elegía los confites.  Cuando las monedas de oro eran el mimo del abuelo. 
                    Mis primos eran el centro de mi admiración, bellos, jóvenes, fuertes, bebiéndose la vida de un sólo tirón.  Uno de mis primos tocaba la guitarra, el día que lo vi por primera vez interpretar un tema, creo que era de Gieco, decidí que era el hombre más lindo el mundo, y que siempre iba a ser mi favorito.Palmira, Guaymallén, Godoy Cruz, La Libertad, San Martín, la familia inmensa y variopinta, sin límites, todos ruidosos y eternos
                     Rivadavia eran mis tías,los juegos, las uñas de pétalos de  malvón, el pasar una siesta entera lavando la camioneta de mi tío, el olor a levadura de la casa de mis tías, los cantos de mi tío festejando nuestra llegada, los gatos de mi tía, las risas de mis mayores, que eran fuertes, bellas y mías. Mi madrina, con sus chistes eternos, su desbordante forma de cocinar, de siempre querer alimentarnos, sus revistas de productos, el kiosco, su risa. Mis tías, mis hermosas tías, que hicieron de mi infancia un cuento, un eterno disfrutar.
                   Mi escuela, mi amiguita Angie, las tardes en su casa jugando al tetris, sus papás, la admiración por una familia feliz y buena. En el colegio no recuerdo si nos sentabamos juntas, pero todo se hacìa a la par, separarnos en séptimo fue uno de los primeros momentos donde supe que le había dado un pedacito de mi vida a alguien. El San Pedro Nolasco, la hermanita Encarnación  y el peluche que me tejió en mi internación, el patio del colegio, el miedo a la vicedirectora y a las matemáticas, el infierno de las tablas de multiplicar. Mi universo personal y feliz. Mi papá visitando mi grado y enseñándonos a lustrar nuestros zapatitos, yo estaba en primer grado y nunca estuve más orgullosa en mi vida. Mi vieja, siempre presente, en cada detalle, en cada momento, en todos los útiles, en cada acto donde hacía todo lo imposible porque fuéramos las más lindas. MI hermana, más grande y bonita, la mejor de todas.
                       Recordar mi infancia me lleva al este, no puedo evitar evocarlo. Una relación difícil que al día de hoy perdura, y que, pese a que intente eliminar, me llena la memoria de imágenes y momentos. El este tiene varios nombres, varios rostros, muchos olores, y sobre todo tiene a mis abuelos. El olor a colonia de mi abuelo que inundaba su negocio, que era  inmenso y  fascinante, donde él era el rey y yo lo admiraba. El pichón, que estaba justo frente a la heladería, el sueño cumplido. Mi abuelo riendo, jugando en la pileta, paseándome por su viñedo y explicándome dónde podía jugar en su bodega y dónde no, el olor dulzón del mosto.  El día que casí me caí al lagar, el estar con mis primos comiendo mosto de dónde fuera. El nombre de mi abuela pintado, reluciente, en el frente de la bodega. Mi abuelo, un petiso regordete y bonachón, me parecía el hombre más inmenso del mundo. Mi abuela tejiendo, sin descanso, con sus manos de pianista jugaba con las lanas, una muñeca de piel blanca y pelo negro, de rostro cansado, pero que cuando sonreía era la más linda del mundo. 
                     Todavía tengo el recuerdo del primer día que observé el camino a la bodega,  los árboles inmensos, frondosos dibujaban una imagen que yo desconocía, era el  otoño, y las calles de la finca eran un sueño. Ese día supe que nunca iba  a ver un paisaje que me conmoviera de ese modo. Acerté.
                     Dulce infancia, dichosa y afortunada infancia. 
                     La medalla que gane en mi adolescencia, creo que fue en 8º, en un concurso del colegio, del cual ni recuerdo como participe y menos como gane. Recuerdo que cuando me llamaron para entregarla, yo estaba despeinada, arrebatada de calor, porque habíamos estado jugando con mis compañeros al fútbol. Eramos niños tratando de entrar en la sintonía de una escuela secundaria. Mis amigos, la música, yo escuchaba cumbia y me creía rebelde, hasta que entendí que había algo que se llamaba rock y  que la rebeldía era un grito que todavía no entendía. Las salidas, los boliches, el primer beso, el primer amor, que uno creía eterno y absoluto. Los primeros llantos, los primeros sueños, el miedo a estudiar, el soñar la vida. Los amigos, los primeros hermanos, el desafío de saber que había que vivir por algo más superior a la mediocridad que habitaba mi mente. La primera discusión con un docente y yo tratando de entender qué era un comunista y porqué me llamaban tirabomba. El sentido de la justicia, mis profesores, mis clases, mis libros. 
                       Hace un par de días, a propósito de una despedida, le decía a un amigo que nosotros somos de los que nos despedimos. Siempre supe que mucho de lo que soy se lo debo a esos tiempos, a mis lugares, a mis familiares,  a la gracia que tuve de ser feliz, de tener qué y a quiénes despedir. Era muy chica cuando comencé a despedirme de la mayoría de ellos, durante mucho tiempo lo cuestioné, hoy con el peso de los años a cuestas, puedo comprender que Dios me enseñó a crecer cuando yo no tenía intenciones de hacerlo.  Que tengo mucho que agradecer. 
                        No puedo menos que dar gracias, por esa nostalgia que sacude la garganta, hace brotar lágrimas y enturbia la voz, porque esa nostalgia es la fuerza de tanta gente que amo y ame, de mi tierra,  de mi familia. Es mi base, es mi raíz. Por más que la historia y los enredos familiares han procurado ocultarla, la raíz perdura y está. 
                        La postal soñada de los caminos de San Martín en otoño, del sol inmenso y abrasador en los eneros mendocinos de Palmira, el olor a lluvia en las casas de mi gente, ese lugar feliz es mi infancia.  Fue cuando aprendí  y me animé a soñar, me soñe fuerte, buena, justa, bella, era una niña y me sabía desafiada... Y el tiempo me ha enseñado a aguzar la vista, y a entender que tal vez la vida no fue lo que esboce a los doce y soñé a los diecisiete pero si  ha sido un constante desafío a cumplir lo soñado y aún más.
                        Tener memoria nos hace resistir. Amar nuestros recuerdos, nuestras raíces, a pesar de todo, de los dolores y las traiciones es la garantía de sabernos amados. Dejarse ganar por un par de recuerdos, por dos chapitas, por varios segundos... evocar aquellos tiempos.